ÍNDICE DE ENSAYOS

-¿QUIÉN FUE BELGRANO?
-ELOGIO DE LA CLARIDAD
-CONTRA LA RELIGIÓN
-¿EL MISMO IDIOMA?
(UN DIÁLOGO ENTRE UN PORTEÑO Y UN MADRILEÑO
EN MADRID, AÑO 2005)
-GRANDES LETRAS DE TANGO COMENTADAS
-CRÍTICA A LA FILOSOFÍA
-DEL ARTE DE LA ACTUACIÓN
-EL REALISMO Y EL IDEALISMO FILOSÓFICOS
-SER Y PARECER

¿QUIÉN FUE BELGRANO?

¿Quién fue Belgrano?

Fue el joven hijo de un rico comerciante de Buenos Ares, que estudió en Salamanca y conoció los salones más elegantes de Europa.

Fue el abogado y funcionario del Consulado, desesperado por la mediocridad, la chatura  y la mezquindad de sus pares.

Fue el ideólogo político y económico del Virreinato del Río de la Plata y del nuevo país. Fue el propulsor de la educación, mucho antes que Sarmiento.

Fue el hombre que lamentó no saber ni los rudimentos de la milicia cuando las Invasiones Inglesas, y se propuso aprenderlos.

Fue el revolucionario de Mayo y el miembro de la Primera Junta de Gobierno.

Fue el militar improvisado que condujo pequeños ejércitos de zaparrastrosos, compuestos de indios, negros, gauchos y pobrerío, al Paraguay y al Alto Perú.

Fue el que creó y enarboló la Bandera de la Patria en Rosario y en el Norte, y tuvo que esconderla ante el severo reproche de Rivadavia.

Fue el general victorioso de Tucumán y Salta; fue el general derrotado y juzgado por Tacuarí, Vilcapugio y Ayohúma.

Fue el hombre que donó el cuantioso premio por las batallas ganadas para fundar escuelas, para las que él mismo redactó los reglamentos.

Fue el hombre de cuya voz aflautada se burlaba Dorrego.

Fue el apasionado amigo de San Martín, con quien compartió de todo (principios, proyectos, patriotismo, ideas, grandeza), menos tiempo.

Fue el obediente diplomático en busca de un rey para el Río de la Plata en Europa, junto con Rivadavia y Sarratea.

Fue quien propuso una monarquía incaica ante el Congreso de Tucumán, lo que le valió la burla del aristocrático Anchorena, quien dijo que quería imponernos un rey de la raza de los chocolates.

Fue el enfermo crónico. Fue el prisionero de los rebeldes del Ejército del Norte, cuando casi no podía caminar.

Fue quien debió aceptar el préstamo de su amigo Celedonio Balbín para poder volver a Buenos Aires, cuando ya sus días se habían ido.

Fue el puro, el abnegado, el valiente, el justo.

Fue el héroe conmovedor.

Fue uno de los Padres de la Patria, junto con San Martín, Artigas, Güemes, Brown, Saavedra, Juana Azurduy y otros.

Fue el hombre enamorado de mujeres con las que no podía casarse; fue el padre sin matrimonio, sin hogar y sin familia, de hijos que apenas conoció.

Fue el humilde, el generoso, el noble, el sacrificado.

Fue el que todo lo dio, todo lo dejó, todo lo hizo por su amor inmaculado por la Patria naciente.

Fue el pobre de toda pobreza que le pagó a su médico final con el único bien de valor que le quedaba, su reloj.

Fue el que fue muriendo lentamente en la casa paterna en el desdichado año 20.

Fue el que murió diciendo Ay, Patria mía en los días aciagos de la anarquía, en una ciudad que se olvidó de él, en una Patria que se olvidó de él.

Fue el hombre que soportó la ingratitud y la injusticia sin reproches, igual que San Martín.

Fue el más grande hombre de nuestra historia; el más grande junto con San Martín.

Fue el recordado por la Historia oficial por crear la Bandera, y olvidado por todo lo demás; olvidados su estoicismo, su inmensa humanidad, sus virtudes, sus impares valores humanos.

Parecen pensados para Belgrano estos versos del gran Homero Manzi en el tango Fuimos:

Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza, que no puede vislumbrar la tarde mansa; fuimos el viajero que no llora, que no reza, que no implora, que se echó a morir.

¿Quién fue Belgrano? Belgrano fue la Patria.

¿Quién es Belgrano? Belgrano es la Patria.

Martín López Olaciregui

ELOGIO DE LA CLARIDAD

La claridad en el lenguaje fue propiciada y valorada desde tiempos remotos. Esquilo, uno de los tres más grandes autores de tragedias de la Grecia antigua, decía que La palabra de la verdad es siempre sencilla; y Aristóteles, una de las figuras cumbres de la filosofía griega, que Lo que se escribe debe ser fácil de leer y de entender. Quintiliano (orador, abogado y educador romano del siglo I d.C.) aconsejaba lo siguiente: Al escribir, procura no que alguien te pueda entender, sino que nadie te pueda dejar de entender.

Pedro Abelardo, un destacado filósofo de la Edad Media, señalaba que sus alumnos querían argumentos inteligibles, y no palabrería, que estaban hartos de discursos incomprensibles, y que era ridículo enseñar cosas que ni el maestro ni sus discípulos podían concebir racionalmente; y a quienes hacían esto último los llamaba ciegos, guías de ciegos.

John Locke, notable filósofo inglés del siglo XVII, observaba que No hay mejor medio para poner de moda o defender doctrinas extrañas que abastecerlas de una legión de palabras oscuras, dudosas e indeterminadas (…) sólo la oscuridad puede servir de defensa a lo que es absurdo.

Y en el prólogo del Quijote, Cervantes recomendaba escribir con palabras significantes, honestas y bien colocadas, para transmitir los conceptos sin intrincarlos ni oscurecerlos.

Mucho más cerca en el tiempo, y entre nosotros, Arturo Jauretche solía decir que si le explicaban algo y no lo entendía, siendo él una persona inteligente y preparada, era porque su interlocutor estaba macaneando o lo quería engrupir.

Jorge Luis Borges, a su vez, declaraba que intentaba escribir de un modo comprensible, porque no creía que la confusión fuera un mérito; y en el prólogo a su obra Elogio de la sombra, agregó que el tiempo le había enseñado a preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas. Esta frase también es de Borges: ¡Qué bien me siento al hablar con gente que expresa con sencillez y claridad sus ideas, sin apelar a rebuscamientos abrumadores!

En uno de sus libros, el general Perón avisaba que iba a referirse a un determinado tema económico; y añadía que él podía explicarlo de manera que se entendiera, porque tenía la ventaja de no ser economista.

Ocurre que a los profesionales y a los especialistas en lo que sea (filósofos, abogados, jueces, médicos, contadores, economistas, arquitectos, psicólogos, etc.; y ni hablar de los mecánicos de automóviles y de los expertos en computación) les encanta emplear palabras raras y expresiones técnicas indescifrables. Sospecho que lo hacen para que los demás no tengan idea de lo que dicen, y crean, por eso, que ellos son individuos superiores, poseedores de una sabiduría que está fuera del alcance de los simples mortales. Vicente Muleiro alude a este tipo de personas cuando habla del engolado que exhibe códigos secretos más para frotar su imagen contra los otros que para comunicar su saber.

Refiriéndose a los jueces, Álex Grijelmo advierte que escriben mal y en forma enredada porque eso los distancia de los ciudadanos, les garantiza su propio rincón inaccesible. Y agrega: Todos los mundos excluyentes han inventado un lenguaje propio, para que quienes no pertenecen a él se sientan inferiores (…) el lenguaje así se convierte en un instrumento de poder.

En cuanto a los médicos, viene a cuento una anécdota personal. Cierta vez un endocrinólogo me dijo que tenía que hacerme una punción de tiroides. Como el término punción no parecía augurarme nada bueno, inmediatamente le pregunté si me iba a doler, a lo que me respondió: No es traumático. Como tampoco me quedaba claro el significado de traumático, repetí mi pregunta dos veces, y otras dos obtuve la misma respuesta. ¿Por qué no podía decirme si me iba a doler o no? Para los que tengan que hacerse ese estudio, les digo que no duele; pero es un buen ejemplo de lo que vengo sosteniendo.

Ivonne Bordelois transcribe el siguiente informe comercial: Ciertos antecedentes permiten detectar lineamientos capitalizables como ejes ideológicos para el posicionamiento del producto y para direccionar los mecanismos publicitarios operacionales en este sentido. E inmediatamente comenta: Esta ridícula jerga cunde (…). No se trata sólo de pretenciosos y prescindibles amaneramientos: también está patente la intención de intimidar al hablante ingenuo, que no posee “los mecanismos operacionales relevantes” para comprender este texto. El propósito de levantar barreras de comunicación y excluir a aquéllos que no han sido bendecidos con las revelaciones de la nueva semiótica es un factor decisivo en la política de marginación de una sociedad que sólo quiere preservar para un mínimo de aparentes privilegiados las seguridades de un dialecto que sirve de coraza a algunos y de confusión a los demás.

Un grupo de seudointelectuales de la política que en la era “cristinista” integraba una agrupación oficialista llamada Carta Abierta escribió esto: El actual Gobierno mantiene una diferencia que se hace notoria cuando crece la espesura de hechos que son portadores de cierta turbación y ambigüedad. Y ésta es sólo la primera frase de un documento que sigue con el mismo tono hasta el final. Evidentemente, estas personas creían que ser intelectual significa decir cosas herméticas y crípticas de este absurdo tenor, cuando es todo lo contrario -o debería serlo-, ya que escribir eso y escribir nada es exactamente lo mismo.

En verdad, parecería que si no se habla o se escribe “en difícil”, lo que se dice no es importante. Es cierto que los conocimientos científicos, técnicos y filosóficos son altamente complicados; pero tampoco pueden serlo tanto como se nos quiere hacer creer. Cierta vez escuché un reportaje radial que Héctor Larrea le hizo a una médica, quien explicó una cuestión compleja de su especialidad de una forma tan simple, que Larrea calificó su actitud como una cortesía de la inteligencia. Quizás tomó esta expresión del filósofo español José Ortega y Gasset, quien sostenía que La claridad es la cortesía del filósofo.

Se trata, entonces, de escribir o de hablar pensando en el que lee o escucha; es decir, teniendo en mira que esa persona pueda recibir sin dificultades lo que se le quiere comunicar. Es fácil darse cuenta de si esto se cumple o no: si uno lee o escucha algo, e inmediatamente intenta reproducirlo con sus propias palabras y no puede, es porque lo que leyó o escuchó es confuso.

En el ámbito de la filosofía, es opinión unánime que René Descartes, Emanuel Kant y Jorge Guillermo Federico Hegel son “monstruos” del pensamiento filosófico moderno. Pero hay una notable diferencia entre ellos: Descartes escribía con un estilo ameno, llano y llevadero; Kant y Hegel no sólo elaboraron teorías casi imposibles de comprender, sino que, además, las expusieron de una forma prácticamente imposible de leer.

Afortunadamente, no soy el único que piensa esto, que suena a herejía, sobre todo proviniendo de alguien que no es filósofo ni experto en filosofía. En efecto, el filósofo alemán Johann Herder consideraba que la principal obra de Kant, la Crítica de la razón pura, era una palabrería tan vana como oscura. Otro gran filósofo alemán, Arturo Schopenhauer, despotricaba violentamente contra las ideas de Hegel y de otros colegas de la misma nacionalidad y, fundamentalmente, contra su manera de transmitirlas. Y Miguel Betanzos, un conocedor de la filosofía y excelente escritor argentino, considera que la forma de redactar de Hegel es abstrusa y embrollada.

También en el terreno de la literatura hay autores ubicados en la galería de los genios cuyos libros no se pueden leer porque son ininteligibles o porque su extrema pesadez nos invita al sueño. ¿De qué nos sirve, entonces, su genialidad? Es más, da la impresión de que las grandes obras literarias no pueden ser entretenidas, como si ambas cosas fuesen incompatibles, y así se logra que la gente común no las lea. Como dice el escritor uruguayo Pablo Da Silveira, No es imprescindible ser aburrido para ser serio. Hasta mi admiradísimo Borges ha escrito ensayos cuyo sentido sólo puede captarlo alguien con su intelecto y su erudición; o sea, prácticamente, nadie.

No dudo del talento de autores como Samuel Beckett, James Joyce o, entre nosotros, Eduardo Mallea, por poner sólo algunos ejemplos. Pero cierta vez fui al teatro a ver Esperando a Godot, de Beckett. A los diez minutos ya quería irme (no lo hice porque estaba acompañado); poco después pensé en pedir que me devolvieran el precio de la entrada; más adelante, en silbar a los actores; y, finalmente, en quemar el teatro. Un poco de civilidad y mucho de cobardía me disuadieron de adoptar semejantes conductas, y terminé soportando estoicamente algo que me resultaba insufrible y disparatado.

Y en cuanto a Joyce, la lectura completa de su libro más famoso, el Ulises, es una proeza reservada a poquísimas mentes privilegiadas; aquéllos que no integramos esa ínfima minoría y lo intentamos, hemos abandonado la empresa en cuestión de minutos.

Soy consciente de que si estos muchachos tienen la fama que tienen, por algo será; pero, ¿qué hay del lector o del espectador?, ya que es evidente que comprenderlos excede las posibilidades del gran público e, incluso, de las personas medianamente cultas.

Por cierto, también hay magníficas obras literarias que, además, deleitan y apasionan. He aquí sólo un puñado de ejemplos: casi todos los libros de Gabriel García Márquez, Isabel Allende y Mario Vargas Llosa; los poemas y buena parte de los cuentos de Borges; los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer, Evaristo Carriego, Francisco Luis Bernárdez y Baldomero Fernández Moreno; Misteriosa Buenos Aires y Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez; Ceremonia secreta y Rosaura a las diez, de Marco Denevi; La insoportable levedad del ser y La vida está en otra parte, de Milan Kundera; El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago; La tregua, de Mario Benedetti; El Procurador de Judea y La isla de los pingüinos, de Anatole France; El túnel, de Ernesto Sabato; y las Crónicas del ángel gris, de Alejandro Dolina.

Escribir claramente también es un arte; y no fácil, ya que, como señala acertadamente Luis Alberto Moglia, la claridad es uno de los atributos principales de la inteligencia.

Debo admitir, sin embargo, aun corriendo el riesgo de ser incongruente, que a veces podemos acceder a textos densos cuando una persona versada nos los explica. Eso me pasó, por caso, con En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Cuando intenté leerlo por mi cuenta, no aguanté más allá de tres o cuatro páginas; pero, negándome tozudamente a aceptar mi incapacidad para acercarme a un escritor considerado extraordinario, acudí al taller literario de Alejandra Chiesa, quien supo hacerme ver que Proust había creado un edificio literario, político, filosófico, sociológico y psicológico monumental.

Algo parecido me ocurrió con la Divina comedia, de Dante Alighieri. También necesité el auxilio de Alejandra y, si bien tengo que confesar que me aburrió, pude darme cuenta de por qué es una de las más grandes obras de la literatura universal de todos los tiempos.

No obstante, yo prefiero lo que puedo entender y disfrutar por mí mismo, sin ayuda. Por eso, en materia de cine, amo a Woody Allen (ese mayúsculo genio contemporáneo, ese gran filósofo de la vida, ese porteño de Nueva York), cuyas películas tienen contenidos humanos tan hondos como las de, por ejemplo, Ingmar Bergman; pero la gran diferencia entre ambos radica en que todo lo de Woody resulta reconocible, mientras que las realizaciones de Bergman parecen libros de psicología llevados a la pantalla.

Siguiendo con las letras, el escritor uruguayo Eduardo Galeano observaba que Hay una proporción tan alta de gente que escribe de manera incomprensible que uno sospecha. ¿Será incomprensible porque es demasiado profundo lo que quiere decir? ¿Será que no puede ser dicho de otro modo y no puedo llegar a esas cumbres? ¿O será que todo ese palabrerío enmascara la nada, el vacío de decir? También en la literatura hay frondosidades en exceso. Una forma del enmascaramiento: ya que no podemos ser profundos, seamos complicados.

Es el caso de quienes escriben poemas de significado impenetrable, en los que uno no sabe si está ante un producto excelso del espíritu o si el autor ha juntado arbitrariamente palabras (usando todas las del diccionario, como decía Borges) para que los lectores piensen que ha creado algo sublime. Una buena demostración de esto son la mayoría de las poesías que se publican en los suplementos literarios de los principales diarios argentinos.

En el extremo opuesto se sitúan las letras de los buenos tangos, extraordinarias síntesis poéticas -cargadas de comparaciones, imágenes y metáforas subyugantes- y compendios maravillosos de filosofía de la vida, que, con un lenguaje fácil y cotidiano, nos regalan mensajes líricos y humanos que guardamos para siempre en el corazón. El periodista Jorge Göttling comentaba que Enrique Cadícamo, enorme poeta tanguero, tenía como uno de sus principios fundamentales que Lo que no se entiende no es poesía.

Cabe mencionar aquí otra experiencia propia. Hace ya unos cuantos años publiqué un pequeño libro de poemas, y le pedí a Horacio Ferrer (poeta mayor de Buenos Aires; autor, entre muchas otras realizaciones memorables, de la letras de los tangos Balada para un loco y Chiquilín de Bachín, y del poema Balada para mi muerte; lamentablemente, fallecido en diciembre de 2014) que me lo prologara, pero aclarándole que lo hiciera solamente si el libro le había gustado. Ferrer, un hombre de suma gentileza, generosidad y don de gentes, aceptó escribir el prólogo, no sin antes acotar que mi poesía le había parecido sencilla y directa. Creo que quiso decirme que era algo simple y elemental; pero, para mí, sencilla y directa fue el mejor elogio que pudo haberme hecho.

Si trasladamos estas reflexiones a la pintura y la escultura, veremos que existe un esnobismo según el cual las obras pictóricas y escultóricas son más valiosas cuanto más indescifrables, extrañas y desconcertantes. Creo que es una concepción elitista y restringida, limitada a un círculo selecto de expertos, que deja fuera del asunto al resto del mundo.

Por suerte, tampoco en esta opinión estoy solo. El ya citado Marco Denevi, un fantástico escritor y un hombre de gran inteligencia y cultura, le hace decir a uno de sus personajes de Ceremonia secreta que si un arte tiene que ser entendido sólo por los entendidos, no es arte, es la clave de una logia (…). Se olvidan del hombre. Se olvidan de una verdad tan elemental como ésta: que todo lo que el hombre hace debe tener por destinatario al hombre. Lo contrario de ese tipo de arte podemos ejemplificarlo con dos creaciones majestuosas: el Cristo de Velázquez y el Moisés de Miguel Ángel, que cualquiera puede valorar aunque no sepa nada de pintura o de escultura.

Sucede que las pinturas y las esculturas deben emocionar, conmover, maravillar; y, para que ello ocurra, hay que poder entenderlas o, cuando menos, intuirlas, porque lo que no se entiende o se intuye no puede generar sentimientos. No es verdad que la sensibilidad vaya por un lado y el pensamiento por otro, puesto que la psiquis humana es una unidad. Si bien es cierto, como decía Blaise Pascal (filósofo francés del siglo XVII), que El corazón tiene razones que la razón no entiende, la distinción entre pensar y sentir es sólo una construcción mental; en el interior del hombre ambas cosas se dan simultáneamente y, de hecho, es imposible dejar de pensar, aun en medio de la mayor emoción.

No se me oculta que todo lo que he dicho hasta aquí es opinable, y también puede ocurrir que, por facilitar la comprensión, se caiga en un trato superficial de temas sumamente arduos, como lo ejemplifica la conocida anécdota -no sé si verdadera o imaginaria- de aquel hombre que le pidió a un físico que le explicara la Teoría de la Relatividad de Einstein. Luego de varios intentos fallidos, en los que el científico iba simplificando cada vez más dicha teoría, finalmente el otro creyó entenderla, pero el explicador le dijo que, a esa altura de la simplificación, … ya no era la Teoría de la Relatividad.

Martín López Olaciregui

CONTRA LA RELIGIÓN

El hombre está rodeado de grandes misterios: el universo, el mundo, él mismo, su vida, su muerte, etcétera. Enfrentado a estos enigmas, se encuentra atrapado por una contradicción insoluble: su deseo de develarlos y la imposibilidad de hacerlo totalmente por la limitación de sus posibilidades de conocer y de entender.

Al respecto, Kant advirtió que La razón humana tiene el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por su propia naturaleza, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan sus facultades. En similar sentido, Carlos Pedro Blaquier ha señalado que El hombre es incapaz de lo definitivo. Sólo podemos lograr respuestas transitorias. Esto pone de manifiesto el carácter esencialmente menesteroso del espíritu humano. Es lo mismo que quiso expresar metafóricamente san Agustín cuando dijo que Los hombres sufren la enfermedad de tener más sed que capacidad de beber.

Emanuel Kant fue un filósofo prusiano (Prusia era un país que luego fue el núcleo de la actual Alemania) del siglo XVIII (1724-1804).
Carlos Pedro Blaquier es un empresario argentino nacido en 1927, autor de varios libros de Historia y de filosofía.
San Agustín (Agustín de Hipona) fue un obispo y filósofo cristiano de la Antigüedad, nacido en África, que vivió entre los siglos IV y V después de Cristo (354-430).

Pero el hombre, lejos de reconocer y aceptar este impedimento insalvable, le ha dado sus respuestas a esos arcanos mediante dos subterfugios: la religión y la filosofía.

De la filosofía me ocuparé brevemente al final de este modesto ensayo. En cuanto a la religión, tuvo su origen en los albores de la Humanidad, cuando los hombres primitivos de entonces tomaron conciencia de su pequeñez y de su impotencia ante la fuerza superior de ciertos fenómenos de la Naturaleza.

Estos últimos eran, en algunos casos, elementos violentos e incontrolables que los aterrorizaban -y, eventualmente, los dañaban-, como los truenos, los rayos, las erupciones volcánicas, los terremotos, los diluvios, las inundaciones, etcétera, ante los cuales se vieron indefensos e inermes. No se necesitó mucho para que los personalizaran y los endiosaran.

Lo mismo hicieron, aunque por motivos opuestos, con otras realidades que los beneficiaban, como, por ejemplo, el Sol, la Luna, las lluvias, los ríos, los mares, el fuego, la tierra, etcétera.

Fue así, pues, como “nacieron” los primeros seres superiores al hombre: los dioses. Y, junto con ellos, las construcciones mentales que los hombres pergeñaron a su respecto: las religiones.

Después, a lo largo de la Historia humana y en diversas geografías, los hombres fueron “creando” nuevos dioses y elaborando nuevas religiones, cada vez más abstractas, sofisticadas y complejas. Lo hicieron, claro está, dando rienda suelta a su imaginación y a su fantasía.

Sin embargo, y pese a que fueron concebidos hace ya muchos siglos, algunos de esos dioses y algunas de esas religiones aún están vigentes en la actualidad y tienen miles de millones de adherentes, pese a que estamos en el siglo XXI después de Cristo.

¿Por qué razón en esta época moderna tantas personas siguen creyendo en esas fabulaciones? Tal vez, como decía Homero, porque Los hombres necesitan a los dioses. ¿Y por qué los necesitan? Quizá porque no pueden aceptar que la muerte implique su desaparición y, consecuentemente, la finitud e intrascendencia de la especie humana; ni la idea de que el universo, el mundo y sus propias vidas carezcan de sentido y de finalidad y, por eso, les haga falta que un ser superior se los otorgue y, además, les brinde seguridad, amparo, protección y esperanza.

O, dicho de otra manera, para no caer en el vacío y la angustia existenciales (la insoportable levedad del ser, según Milan Kundera). O, como apuntó Sartre, porque Si Dios no existe, el hombre es una pasión inútil. O, como dijo Étienne Lamy, porque La mayor miseria del hombre (…) es la desgracia de ignorar por qué nace, sufre y muere.

Según se conjetura, Homero fue el más grande escritor y poeta de la Grecia antigua y el autor de dos grandes clásicos de la literatura universal: la Ilíada y la Odisea. También se supone que vivió en el siglo VIII antes de Cristo.
Milan Kundera es un escritor y novelista checo nacido en 1929.
Jean Paul Sartre fue un escritor y filósofo existencialista francés del siglo XX (1905-1980).
Étienne Lamy fue un político y ensayista francés que vivió entre 1845 y 1919.

Establecido, entonces, que los hombres inventan a los dioses porque los necesitan, resulta claro que esa necesidad no conlleva la existencia de aquéllos, puesto que, obviamente, el hecho de que se necesite algo no significa que ese algo sea real. Suponer lo contrario es tan absurdo como pueril (los niños suelen inventar seres imaginarios).

La cuestión es que mediante la “creación” de dioses y la concepción de religiones, los hombres “resolvieron” graciosamente los grandes secretos que los circundan; entre ellos, los de los orígenes del universo y de la especie humana, que también fueron “resueltos”, en la mayoría de los casos, atribuyéndoles su creación a los dioses.

Desde luego, no soy el primero en impugnar la religión, ya que desde tiempos remotos hubo quienes ironizaron sobre ella. En la Grecia antigua, por ejemplo, Platón decía que los relatos religiosos de su tiempo eran cuentos de viejas.

David Hume opinó que, aunque se aceptara, como hipótesis, que un dios creó el universo, éste sería una producción inconclusa y chapucera de un demiurgo de baja categoría, torpe y algo lelo: El mundo es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto.

Y nuestro genial Borges recordó, en uno de sus ensayos, que Basílides, heresiarca gnóstico del siglo II después de Cristo, estimaba que la creación del hombre había sido una temeraria o malvada improvisación por una divinidad deficiente, con material ingrato.

Platón fue, junto con Sócrates y Aristóteles, uno de los tres más grandes filósofos griegos. Vivió entre los siglos V y IV antes de Cristo (427-347).
David Hume fue un filósofo, historiador, economista y sociólogo escocés del siglo XVIII (1711-1776).
Jorge Luis Borges fue el más grande escritor argentino de todos los tiempos. Vivió casi toda su vida en el siglo XX (1899-1986).

Ahora bien, no quiero que se me malentienda. Yo no rechazo tajantemente la posibilidad de que haya un ser superior o varios seres superiores (sí niego categóricamente la existencia de todos y cada uno de los dioses ideados por los hombres a través de la Historia, desde el inicio de la religión hasta la actualidad). Todo puede ser; ¿por qué no? Pero, para afirmar con certeza que existen, es absolutamente indispensable demostrarlo. Y, hasta ahora y que yo sepa, nadie ha logrado tal cosa.

Más aún, pienso que la religión tiene algunas funciones sociales útiles, puesto que, por ejemplo, sirve para inhibir y contener la maldad de la naturaleza humana, cuyo despliegue sería aún peor de lo que ya es sin el freno que le pone la moral religiosa.

Aplaudo, asimismo, la preocupación de algunas religiones (entre ellas, la católica) por los pobres, y las acciones que realizan para ayudarlos. Lástima que nuestro “querido” papa Francisco (escribo “nuestro” porque es argentino, no porque yo sienta mío a papa alguno, y menos a éste; y lo de “querido” es una ironía) haya dicho, no bien asumió, Cómo me gustaría una Iglesia pobre para los pobres, frase esta que incluye, con gran poder de síntesis, dos notorias zonceras, a saber: a) Si te “gustaría”, hacelo, porque vos sos el jefe; b) una Iglesia pobre no puede ayudar a los pobres. Además, transcurridos cuatro años del pontificado de Francisco, de la Iglesia pobre para los pobres ni noticias.

Por otra parte, también es cierto que muchísimos de los peores crímenes de la Historia se han cometido en nombre de la religión. Baste con recordar los sacrificios humanos y de animales, o la tenebrosa Inquisición, o las innumerables guerras que la Humanidad ha padecido y aún padece por causa de los fundamentalismos y fanatismos religiosos (en El Evangelio según Jesucristo, el gran José Saramago ha escrito páginas memorables sobre este asunto).

José Saramago fue un escritor portugués que vivió entre los siglos XX y XXI (1922-2010).

Como ya lo he señalado, una de las causas que llevan a los seres humanos a concebir dioses y religiones es la muerte, esa realidad a cuya fatal inexorabilidad (todos moriremos, como ya murieron los que nos precedieron en el mundo) aludió poética y magistralmente Sófocles, en su tragedia Antígona, de esta manera: El hombre se enseñó a sí mismo el lenguaje y el alado pensamiento, así como las civilizadas maneras de comportarse, y también, fecundo en recursos, aprendió a esquivar bajo el cielo los dardos de los desapacibles hielos y los de las lluvias inclementes. Nada de lo por venir lo encuentra falto de recursos. Sólo del Hades no tendrá escapatoria (el Hades era, para los antiguos griegos, el inframundo al que iban a parar los muertos).

Sófocles fue uno de los tres más destacados autores de tragedias griegas (los otros dos fueron Esquilo y Eurípides). Vivió en el siglo V antes de Cristo (495-406).

Dado que la inevitabilidad de la muerte es imposible de negar, lo que preocupa a mucha gente es la posibilidad de que sea su extinción definitiva. Y, como no soportan semejante perspectiva, se aferran a las religiones que afirman que hay otra vida después de la muerte, o porque desean vivir eternamente (algo que, a mi juicio, debe de ser insoportable), o porque consideran que, de lo contrario, sus vidas carecen de sentido; o por ambas cosas.

En efecto, la mayoría de las religiones, históricas y actuales, han aseverado, en diferentes épocas y lugares, que los hombres, cuando mueren, no mueren totalmente (un claro oxímoron), sino que siguen viviendo en otra parte, en otro plano o de otra forma

Sobre esa base voluntarista, esas religiones han aportado múltiples variantes acerca de nuestro destino de ultratumba, de las cuales ahora mencionaré, a título de ejemplo, sólo estas dos, que aún mantienen su vigencia: la metempsícosis o reencarnación (sostenida, entre otros, por Pitágoras y Platón); y la de los cristianos, que son el Cielo, el Purgatorio o el Infierno (al Limbo, supuesto “lugar” al que irían los niños que fallecen antes de ser bautizados, por suerte, ya lo “derogaron”). Y digo que aún mantienen su vigencia, porque todavía hay mucha gente que postula la reencarnación, y millones de personas en todo el mundo que creen en los paraderos post mortem instituidos por el Cristianismo.

Pitágoras fue un filósofo griego “presocrático” (anterior a Sócrates) que vivió entre los siglos VI y V antes de Cristo (569-475).

Ahora bien, para sostener la continuidad de la vida posterior al fallecimiento, los autores de distintas doctrinas religiosas (y filosóficas), apelando nuevamente a su inagotable y admirable creatividad, inventaron el “alma” (una invención de larga data, ya que tuvo lugar hace unos cuantos siglos y en diferentes lugares del planeta, y no fueron pocos los pensadores que la sostuvieron; por ejemplo, casi todos los filósofos griegos).

Según esta teoría, cada hombre tiene, además de su cuerpo, que es mortal, otro componente inmaterial o incorpóreo, el alma, que es inmortal y, por tanto, sigue viviendo después de la muerte del cuerpo.

Por cierto, con el alma y su inmortalidad sucede lo mismo que con la existencia de los dioses: se trata solamente de una ingeniosa fantasía más, salvo que se demuestre lo contrario, lo que jamás ha sucedido; entre otras cosas, porque nadie ha vuelto de la muerte para contar su experiencia (aunque, según el Nuevo Testamento de la Biblia, Lázaro volvió, pero parece que a nadie se le ocurrió preguntarle cómo le había ido).

Sólo queda, entonces, la invención derivada de la necesidad y el deseo. Y si la necesidad humana de que haya dioses no implica su existencia, tampoco el deseo de vivir para siempre conlleva la certeza de la realidad del alma y de su sobrevivencia a la expiración del cuerpo.

En consecuencia, sólo cabe inferir que morir significa, como la misma palabra lo denota, dejar de vivir, dejar de existir, dejar de ser; y que, así como no estábamos vivos antes de nacer, tampoco lo estaremos después de morir. La muerte es, pues, como decía metafórica y burlonamente Monteagudo, un sueño eterno.

Bernardo de Monteagudo vivió entre los siglos XVIII y XIX (1789-1825). Nació en la actual provincia de Tucumán dela hoy República Argentina, y fue un importante protagonista de la independencia sudamericana.

Algo así pensaba el gran Epicuro, quien, haciendo alarde de lógica, cordura y sencillez, expuso lo siguiente: La muerte es la privación de la sensibilidad (…) nada es para nosotros, pues mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, nosotros ya no somos (…). Por lo cual, es un insensato quien dice temer a la muerte, ya que lo que le duele es preverla; pero lo que no duele cuando se hace presente, no puede doler en su espera. En otras palabras: el muerto no puede lamentarse de haber fallecido, por la sencilla razón de que ya no existe.

Epicuro fue un filósofo griego que vivió entre los siglos IV y III antes de Cristo (341-270).

Cabe añadir a lo dicho que el nacimiento, la vida y la muerte no son más que un ciclo mecánico de la Naturaleza, toda vez que todos los seres vivos nacen, viven y mueren constantemente. De allí que la cantidad de hombres muertos sea infinitamente superior a la de hombres vivos, y que, si bien la muerte es un hecho terminal para cada individuo, es una experiencia cotidiana para la Humanidad en su conjunto, ya que cada día mueren millones de personas en el mundo.

Por otra parte, a nadie se le pasa por la cabeza que a los animales los espere otra vida después de su muerte. Siendo así, ¿por qué habría de esperarnos a los hombres, puesto que también somos animales?; más precisamente, animales racionales, como decía Aristóteles. Se desprende de esto que lo único que nos diferencia de los otros animales -los irracionales- es que tenemos un cerebro más desarrollado, que nos permite pensar; y también poseemos la cualidad de hablar. (A mí me parece que algunos animales también piensan, aunque seguramente en forma mucho más elemental que los hombres; el problema es que no pueden hablar). ¿Sólo por esas diferencias cerebrales de grado y por la cualidad del habla los hombres viviremos después de la muerte, y los animales, no? La respuesta es obvia.

Aristóteles fue uno de los tres más grandes filósofos griegos de la Antigüedad, junto con Sócrates y Platón (yo considero que fue el mejor de los tres). Vivió en el siglo IV antes de Cristo (384-322).

Antes dije que uno de los motivos por el cual buena parte de la Humanidad cree en la prolongación de su existencia a posteriori de la muerte es que eso les daría sentido a su vida, lo que me obliga a repetir que la vida de cada ser humano se sitúa en el medio del brevísimo ciclo natural que comienza con el nacimiento y culmina con la muerte, y que no hay ninguna razón por la cual deba tener más sentido que la también brevísima existencia de cada animal.

En efecto, al igual que los animales, los hombres nacemos, vivimos y morimos; y eso es todo. Si la vida de los animales carece de sentido, ¿por qué habría de tenerlo la de los hombres, que también somos animales (racionales)? Lo reitero: ¿sólo porque tenemos un cerebro superior al de ellos y la capacidad de hablar? La respuesta negativa cae por su propio peso.

Lo que pasa es que como los animales no piensan -o eso suponemos-, no se plantean por qué y para qué viven. Muchas personas sí lo hacen, porque quieren y necesitan que su paso por el mundo posea una justificación y tenga una finalidad; empero -y lo diré una vez más-, el mero hecho de que se desee y necesite algo no hace que ese algo sea verdad. Ergo, la vida es sólo eso: vida; o sea, existencia que transcurre en el tiempo hasta que se termina. Y no tiene ninguna razón de ser; que la tenga es una exigencia humana, pero no algo que esté en la Naturaleza.

Por tanto, para quienes no creemos que haya otra vida después de la muerte, sólo cabe concluir -y lamento tener que decirlo así, crudamente- que la vida de cada uno de nosotros no tiene, objetivamente, propósito alguno.

Dado lo anterior, y teniendo en cuenta que la especie humana lleva cientos de miles de años sobre la Tierra, cabe señalar que, si nos ponemos pesimistas, la vida de cada uno de nosotros no es más que un ínfimo suspiro del tiempo, un algo infinitesimal entre dos nadas. Y si, además de pesimistas, nos ponemos poéticos y filosóficos, podríamos coincidir con Cátulo Castillo, quien, en su tango La última curda, definió soberbiamente a la vida como una herida absurda; o con Calderón de la Barca, que dijo que es una “ilusión”, un “sueño”.

Cátulo Castillo fue un músico y letrista argentino de tango, y un exquisito poeta y filósofo de la vida. Vivió entre 1906 y 1975.
Pedro Calderón de la Barca fue un escritor y dramaturgo barroco del Siglo de Oro Español (el XVII). Una de sus obras de teatro más notables es La vida es sueño.

Pero no hay que desesperarse ni rasgarse las vestiduras por esto, ya que nada obsta a que cada uno le dé a su vida la orientación, el sentido y el significado que más le plazca; y está muy bien que así sea, para sentir que nuestras vidas no son inútiles. No por ser subjetiva, esta actitud deja de ser válida. De hecho, muchos hombres y mujeres, a lo largo de la Historia y hasta los días que corren -algunos famosos y otros desconocidos-, han hecho y hacen cosas maravillosas en el tiempo que les tocó o les toca vivir.

Volviendo ahora al tema central de este trabajo -la religión-, me voy a referir de aquí en más a la que conozco mejor: el Cristianismo y, en particular, el Catolicismo, que es la expresión más aceptada y difundida del Cristianismo en nuestros días.

En algún momento de la historia de las religiones se pasó del politeísmo (varios dioses) al monoteísmo (un solo dios). En la actualidad hay tres grandes religiones monoteístas: la judía, la cristiana y la musulmana. Y también está el Budismo, que, gracias Dios, no tiene dioses.

Hace miles de años los judíos “crearon” a su dios -al cual, entre otros nombres, llamaron “Yavé”-, y le atribuyeron la creación del universo y de todos los seres -vivientes y no vivientes- que hay en él (creencias éstas que fueron mantenidas por el Cristianismo). No me voy a meter a analizar por qué, pero lo cierto es que el dios de los judíos es de terror: pesadísimo, insoportable, perverso, malvado, asesino, cruel, colérico, sádico, rencoroso, tiránico y vengativo, según surge claramente del Antiguo Testamento de la Biblia (recuérdese, por ejemplo, cuando le dice a Abraham que debe matar a su hijo y, cuando ya estaba por matarlo, le dice que no lo haga, que es una joda para Tinelli; una actitud de un sadismo que abochornaría al mismísimo marqués de Sade).

Pues bien, la religión cristiana es hija de la judía, de la que se desprendió hace más de dos mil años, cuando sus esforzados hacedores decidieron que el dios de los judíos se había hecho hombre y había bajado a la Tierra, encarnándose en un judío originariamente llamado Jesús, y luego, Jesucristo o Cristo.

Lo primero que diré del Cristianismo es que sus fieles (y también los de las demás religiones contemporáneas) consideran que su religión es la única verdadera, y que las religiones del pasado (egipcia, india, babilónica, asiria, persa, escandinava, griega, romana, etcétera) son mitologías (es decir, inventos). Por supuesto, el mero hecho de la vigencia no hace que el Cristianismo (ni las demás religiones actuales) sea menos histórico y mitológico (o sea, inventado) que las religiones pretéritas.

Por eso no sería de extrañar que, como cualquier otra religión histórica, dentro de cincuenta, cien, doscientos o quinientos años, el Cristianismo sea reemplazado por otro culto -o por ninguno, si la Humanidad evoluciona y madura, deja de necesitar dioses y acepta que la muerte es la extinción definitiva, que es lo que espero que ocurra-, y sea visto como hoy vemos a las religiones antiguas; esto es, como una mitología.

Al respecto, yo no encuentro razón alguna por la cual la Biblia merezca más credibilidad que, por poner un ejemplo, los libros de Homero y Hesíodo, o cualquier otro libro considerado sagrado de la Antigüedad, puesto que sus contenidos son igualmente ficticios.

Hesíodo fue un escritor y poeta griego del siglo VIII o VII antes de Cristo que puso por escrito buena parte de lo que hoy se llama “mitología griega”.

Adviértase, en tal sentido, que los cristianos, si bien aceptan la Biblia en su conjunto, adhieren especialmente al Nuevo Testamento, cuyo núcleo lo constituyen los cuatro Evangelios, que no son otra cosa que cuatro biografías de Jesucristo -escogidas entre muchas otras por la Iglesia Católica en un antiguo y famoso concilio-, escritas por cuatro sujetos que no lo conocieron (si es que Jesucristo realmente existió), ya que vivieron un siglo o más después de la muerte de su personaje (dificultad que los cristianos han salvado graciosamente con la teoría de que estos caballeros escribieron inspirados por Dios).

Lo cierto es que los cristianos creen sin cuestionamiento alguno en hechos no menos fabulosos y/o inaceptables que los de aquellas religiones de antaño a las que tachan de mitológicas. Veamos algunos ejemplos: que Caín se haya casado con una mujer que no se sabe de dónde salió; que José haya detenido el Sol; la inexplicable e inexplicada transformación del pérfido Yavé en un dios de amor en el Nuevo Testamento (sin que se haya “derogado” el Antiguo); el pecado con el que cada hombre nace (el llamado “pecado original”, carga de una culpa ajena y hereditaria que ningún sistema jurídico del mundo admitiría); que Dios haya decidido hacerse hombre y vivir en la Tierra hace apenas dos mil años (el hombre como tal lleva cientos de miles de años en este planeta); que Dios sea uno y tres al mismo tiempo; el sacrificio sórdido y sangriento que Jesucristo se autoinflige para que el Dios Padre nos perdone el pecado original; que Jesucristo haya hecho milagros (como hacer que Lázaro retorne de la muerte, multiplicar peces y panes, transformar agua en vino, curar enfermos, caminar sobre el agua, etc.); la resurrección de Jesucristo; que la Virgen María lo haya concebido sin perder su virginidad; que una hostia y un poco de vino se transformen en el cuerpo y la sangre de Jesucristo; etcétera, etcétera, etcétera. (En relación con los disparates de la Biblia, recomiendo ver la excelente película Heredarás el viento, en cuya primera versión actuaron Spencer Tracy, Fredric March y Gene Kelly; y, en dos posteriores, Jason Robards y Kirk Douglas, y Jack Lemmon y George C. Scott, respectivamente).

Me explayaré sobre algunos de estos asuntos. El motivo de la horrenda muerte por crucifixión de Jesucristo es aberrante. En la Antigüedad, la gente ofrecía sacrificios a los dioses para solicitar su favor o calmar sus iras; generalmente, de animales y, en algunos casos, de seres humanos. Los antiguos judíos no escapaban a esta costumbre (al contrario, se la pasaban matando animales para agradar al demandante e insaciable Yavé o para aplacar sus frecuentes ataques de furia); y, cuanto mayor era la ofensa a su dios, mayor debía ser la ofrenda.

Pues bien, resulta que Adán y Eva (el primer hombre y la primera mujer, creados por Dios según el libro del Génesis del Antiguo Testamento de la Biblia) habían cometido el “terrible” pecado de desobedecer a su creador al comer el fruto del “árbol del bien y del mal”, pretendiendo así nada menos que obtener la sabiduría de aquella deidad ególatra (Adán lo hizo a instancias de Eva, y para que dejara de insistirle y de molestarlo; parece ser que las mujeres siempre fueron, desde la primera, como son ahora).

Ante semejante delito, Dios los expulsó del Paraíso y los condenó: a ella, a parir con dolor; y a él, a ganarse el pan con el sudor de su frente. Desde entonces, todos los humanos, por el solo hecho de descender de la primera pareja, nacemos culpables de ese pecado (el ya mencionado “pecado original”).

Para perdonar a la especie humana, Dios exigía de ella un sacrificio de la misma magnitud que el pecado original. O sea, un sacrificio humano; pero no el de cualquier hombre, sino ¡el del mismísimo Dios hecho hombre! Así fue como Dios pasó a ser “Dios Padre”; y Jesucristo, el “Dios Hijo”, adoptó una forma humana y, como Dios y como hombre, debió morir cruenta, despiadada y bárbaramente en la cruz, con pavorosos sufrimientos, para “redimirnos” (a mí no me cabe duda de que Jesucristo, si es que existió y todo esto es cierto, estaba totalmente loco; y que al dejarse matar sin defenderse ni escapar, como podría haberlo hecho, se suicidó indirectamente). Un verdadero horror y una bestial salvajada; ¿eso era lo que quería el Dios Padre?. Para colmo, los cristianos ostentan como símbolo de su fe nada menos que al instrumento de tortura y muerte de Jesucristo: la cruz. Incomprensible. (Tan incomprensible como que los cristianos consideran que el sacrificio y el sufrimiento son méritos, y que a Dios hay que temerle).

¿Y qué decir respecto de que Dios es una sola naturaleza divina y tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? Parece que debían ser tres personas por no sé qué cuestión cabalística con ese número, lo que hizo necesario inventar al Espíritu Santo, que nadie sabe bien qué rayos es, y al que se representa con una paloma blanca (una elección poco feliz, ya que las palomas son sucias, molestas y desagradables).

Permítaseme aquí una digresión: cierta vez, el inefable y gatopardista papa Francisco, emisor serial de mensajes indescifrables (como, por ejemplo, “hagan lío”; ¿qué quiso decir con eso?), les dijo a sus seguidores que le pidieran al Espíritu Santo que los ayudara a encontrar a Cristo. ¿Cómo se hace tal cosa?; ¿dónde está el Espíritu Santo?; ¿cómo se le pide algo?; ¿Cristo se había perdido u ocultado, y había que encontrarlo?; ¿cómo puede un hombre grande decir semejante gansada? ¡Y este sujeto mediático (que pasó, insólita y repentinamente, de ser el flaco caracúlico Jorge Bergoglio a ser el gordo y sonriente papa Francisco, que, evidentemente, es un personaje creado por él mismo), que hace ostentación de austeridad (otro evidente oxímoron), es idolatrado por muchedumbres en todo el mundo! Como dijo Einstein: Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana; y del universo, no estoy seguro.

Albert Einstein fue el físico más eminente de la era moderna, autor, entre muchas otras producciones científicas, de la Teoría de la Relatividad. Nació en Alemania en 1879 y murió en los Estados Unidos en 1955.

Para cualquier persona con una pizca de sentido común y dos dedos de frente, salta a la vista que todos estos divagues (los que recordé antes de ceder a la tentación de criticar al papa Francisco, los del susodicho papa Francisco, y otros más que no añado en homenaje a la brevedad) no son más que imposturas y supersticiones que no resisten el menor análisis e insultan la inteligencia de los mínimamente inteligentes. Cuentos de viejas, como decía Platón; o cuentos para niños; o para la gente muy primitiva que vivió hace miles de años. Puro pensamiento mágico, si es que a eso puede llamársele “pensamiento”. (Sin perjuicio de lo antedicho, dejo a salvo que comparto totalmente la doctrina cristiana del amor al prójimo).

Esto tiene totalmente sin cuidado a la Iglesia Católica (un poder político mundial disfrazado de entidad religiosa y moral), que, sin que se le mueva un pelo, les ha otorgado a estas supercherías el carácter de dogmas -sí, dogmas; es decir, verdades inconcusas e indiscutibles-, al amparo de una fórmula mágica que todo lo justifica: la fe (tema al que voy a referirme a continuación).

Para hablar de la fe de los católicos, recurriré a mi experiencia personal. Yo soy argentino y porteño, y formo parte, por nacimiento, de la clase media alta de la Ciudad de Buenos Aires (con la que tengo algunas pocas coincidencias y muchas diferencias), para cuyos integrantes -o buena parte de ellos- el catolicismo a ultranza es un componente esencial de su pertenencia a dicha categoría social.

La cuestión es que estoy rodeado de católicos fervientes, por convicción o por conveniencia. Y cuando a estas personas uno les cuestiona su religiosidad, responden, invariablemente, con este argumento absurdo: Vos sos muy racionalista, vos no tenés fe (como si ser racional fuera algo malo o negativo; y como si la fe pudiera convalidar la veracidad de aquello en lo que se tiene fe).

Yo les contesto que se equivocan, que yo sí tengo fe, mucha fe, ya que creo en muchas cosas, a saber: creo en los dioses griegos; creo en la existencia real y actual de Papá Noel y de los Reyes Magos (después de todo, a Papá Noel y a los Reyes Magos los vi cuando era chico en la vieja tienda Harrod’s, en la calle Florida de la ciudad de Buenos Aires; a Dios, en cambio, jamás lo vi); creo en la existencia de seres extraterrestres y que Fabio Zerpa es un mediador entre ellos y nosotros; creo que el mago David Copperfield es el hijo de Dios, porque lo he visto hacer milagros. Y así puedo seguir un largo rato.

Fabio Zerpa nació en el Uruguay en 1928; en 1951 se radicó en la Argentina. Fue actor y luego estudioso de los seres extraterrestres, cuya existencia sostiene apasionadamente.
David Copperfield es un famoso mago e ilusionista estadounidense nacido en 1956.

Por supuesto que no creo en nada de eso, pero esas supuestas creencias mías no son menos infundadas que las de los católicos. Cualquier fe tiene, para ser válida, que basarse en algo conocido. Por ejemplo, yo puedo tener fe en que un joven estudiante va a ser un profesional destacado porque lo conozco y me constan su inteligencia, su perseverancia, su vocación, su contracción al estudio, etcétera. Sobre esas bases, le tengo fe a ese muchacho; es decir, supongo, con buenos fundamentos, que va a ocurrir algo que sería la lógica consecuencia de mis impresiones.

Pero no es éste el caso de los católicos, cuya fe no tiene sustento real alguno y, por lo tanto, es totalmente insuficiente para acreditar sus creencias religiosas, empezando por la existencia misma de su dios.

Considérese, al respecto, que en el mundo humano para todo se requieren pruebas: para lo que se afirma en los pleitos judiciales, para avalar las teorías y los descubrimientos científicos, para los hechos históricos, para la dilucidación de los crímenes, etcétera; para todo, menos para la existencia del dios judeocristiano (y, en general, para la existencia de todos los dioses).

Y, hasta ahora, nadie ha probado la existencia de dicho dios (aunque hubo filósofos -como, por ejemplo, santo Tomás de Aquino- que pretendieron hacerlo con pruebas que no prueban nada; y, como dijo Hume, Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias). Entre otras cosas, porque ese dios no se ha tomado el trabajo de presentarse ante los hombres (según la Biblia, Yavé sí lo hizo, y muchas veces; pero son macaneos de los autores del Antiguo Testamento; además, desde entonces no ha vuelto a aparecer).

Santo Tomás de Aquino fue un sacerdote, teólogo y filósofo católico de la Edad Media. Nació en Italia y vivió en el siglo XIII (entre 1224 o 1225 y 1274).

Con el mismo criterio con el que se sostiene sin verificación consistente alguna la existencia de ese dios (o de cualquier otro), yo podría declarar, sin sombra de duda, y también sin prueba alguna, que existen los seres extraterrestres. Pero lo cierto es que sólo puedo decir de estos hipotéticos seres -al igual que de los también hipotéticos seres superiores al hombre- que no descarto la posibilidad de su existencia, pero tampoco puedo asegurarla, puesto que, para hacerlo, sería preciso, cuando menos, ver, oír o tocar a uno (ET no cuenta, es una película de ciencia ficción).

Todos los católicos que conozco también piensan que la existencia de los extraterrestres no es más que una posibilidad que nunca ha sido verificada; lo notable es que no tienen el mismo sano juicio cuando se trata de su dios. Y yo no encuentro diferencia alguna entre creer en la existencia de los extraterrestres y creer en la de un ser superior absolutamente desconocido; más aún, la existencia de los extraterrestres me parece mucho más factible.

Pero no hay razonamiento lógico que logre apartar a los católicos de su fe ciega en su dios (el adjetivo ciega es muy apropiado en esta situación), a quien jamás han visto, oído o  tocado, ya que ese dios es invisible, inaudible, intangible, incoloro, inodoro e insípido; ¿cómo creer en un ser así?). Y hasta han elaborado una pretendida ciencia que se dedica al estudio de ese dios, a la que han llamado “teología”. Una vasta y complejísima ciencia (ya me he referido a algunos de sus contenidos), cuyo objeto de estudio es un ser ilusorio. Francamente, esto ya raya en la locura. Con el mismo criterio, ¿por qué no fundamos ciencias que estudien al Minotauro, a las sirenas, a los dragones o a los cíclopes?

Puedo entender la fe de las personas pobres, humildes y poco educadas y, más aún, a veces me conmueve; para ellos, la religión es, comprensiblemente, algo a lo que aferrarse en medio de sus tribulaciones y carencias. Pero lo que me resulta muy difícil de digerir es que personas de gran inteligencia y cultura (mis ultracatólicos padres, sin ir más lejos) crean a pie juntillas en los “dogmas” católicos.

Además, no satisfechos con adorar a su dios, los católicos también ¡hablan con él para agradecerle algunas cosas buenas que les han tocado en suerte y pedirle gracias y beneficios! Obviamente, no reciben respuesta alguna, ya que, como decía acertadamente Heráclito, orar a los dioses es lo mismo que hablar con una pared.

Heráclito fue un filósofo griego presocrático que vivió entre los siglos VI y V antes de Cristo.

No obstante, aquí debo conceder que, quien más quien menos, todos, en algún momento, necesitamos rezar (y yo también). Es decir, dirigirnos verbalmente a ese supuesto dios para buscar en él un consuelo a nuestras angustias y a nuestros sufrimientos (y concedo que éste es también un rasgo positivo de la religión). Por eso, hay que ser muy valiente para ser ateo; y, más aún, para decirlo. También entiendo perfectamente que muchas personas necesiten creer en algo, y no se los reprocho; pero, una vez más, la necesidad no puede hacer que exista lo que no está probado que exista.

Y ya que hablé de ateísmo, pido nuevamente licencia para referirme a mí mismo. Como ya dije, fui criado en un hogar sumamente católico de clase media alta de la Ciudad de Buenos Aires; además, fui al Colegio del Salvador, establecimiento católico de los jesuitas, y a la Universidad Católica. Con semejante bagaje a cuestas, no es difícil entender que haya sido un católico convencido y practicante hasta mi edad adulta, pese a que lo que me enseñaron en mi casa y en el colegio me llenó de miedos, remordimientos y culpas. Hasta que, poco a poco, fui poniendo en tela de juicio las enseñanzas recibidas. Empecé, hace unos cuantos años, con la siguiente reflexión: Dios tiene que existir, porque, si no, ¿quién creó el universo? Pero, como en el mundo suceden cosas espantosas, inmediatamente salté a esta otra conclusión: Dios existe, pero no es buen tipo. Le comenté estas elucubraciones al que por entonces era mi profesor de filosofía, Osvaldo Nejamis, quien me dio una respuesta irrefutable, en forma de pregunta: Y a Dios, ¿quién lo creó? Desde entonces, soy completamente ateo.

Pero sigamos con el Catolicismo. Según la teología católica, Dios gobierna el universo con su “Divina Providencia”. Dado que el mundo es un hervidero de tragedias y de horrores, se colige fácilmente que el gobierno de Dios es, en el mejor de los casos, negligente (y en el peor, directamente criminal), razón por la cual no cabe duda de que debería ser sometido a un juicio político por público y notorio mal desempeño de su cargo.

La Divina Providencia también importa que Dios, al crear al universo y a la especie humana, les otorgó determinadas finalidades, de acuerdo con un plan prefijado, al que están sujetos. Partiendo de esta premisa, nada de lo que acontece estaría librado al azar o a la casualidad, sino que responde al destino o causalidad preestablecidos por el “Creador”. Como yo no creo en este dios (ni en ningún otro), considero que no hay ni destino ni causalidad, sino que todo lo que pasa en el mundo humano sucede por azar o casualidad.

No obstante, como el mundo es, según los mismos católicos, “un valle de lágrimas”, era necesario añadir que Dios posee una sabiduría, una lógica y unas razones superiores que son inescrutables, incomprensibles y desconcertantes para los humanos -los católicos se refieren a esto cuando dicen que Los designios de Dios son insondables-, pero deben aceptarse con subordinación y valor. ¿Dios nos creó para jugar a las escondidas con nosotros?

Por eso, cuando los católicos sufren grandes desgracias (hablo de los católicos que no son pobres) -por ejemplo, enfermedades graves o la muerte de un hijo-, dicen que si Dios así lo ha dispuesto, hay que resignarse y someterse a su voluntad, ya que se  trata de un mal sólo aparente, detrás del cual hay un bien que sólo Dios conoce (este tema está muy bien tratado en la excelente película Tierra de sombras, protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger). Paradójicamente, es de no creer.

Y hay todavía más: de acuerdo con el Catolicismo, Dios es infinitamente bueno y justo. ¿Cómo se puede afirmar semejante cosa, si el mundo es un lugar terrible, plagado de padecimientos, atrocidades e injusticias, ante las que sólo cabe preguntarse, como el genial Discépolo, ¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?

Enrique Santos Discépolo fue un extraordinario poeta del tango y filósofo de la vida, además de músico, actor y dramaturgo. Nació en 1901 y murió en 1951.

En efecto, hay una flagrante y brutal contradicción entre la creencia en un dios infinitamente bueno y justo, y la indudable existencia del mal en la Tierra. La pregunta cae por su propio peso: ¿por qué si Dios es infinitamente bueno y justo permite el mal? No hay problema, los teólogos católicos no se amilanan ante nada, son especialistas en justificar lo injustificable y explicar lo inexplicable, y tienen respuestas para todo. En este caso, estos astutos muchachos han pretendido zanjar este intríngulis con argumentos que no pueden convencer a nadie que se precie de tener un cerebro con un normal funcionamiento. Dicen, por ejemplo, que Dios les ha dado a los hombres libertad, y que son éstos, con su libertad, los que hacen el mal, que Dios no puede evitar, porque, de hacerlo, coartaría el libre albedrío humano.

Una paparruchada más, y van. Si Dios no puede hacer el mal y el hombre sí, habría que concluir que el hombre es más poderoso que Dios. Además, no todo lo malo que pasa en el mundo es producto de la maldad de los hombres. ¿Y cuando, por ejemplo, muere un niño en un accidente en el que no tiene parte la maldad humana, ya que ha sido ocasionado por alguien que no quiso matarlo, pero que fue imprudente? ¿Dónde estaría ahí el mal del hombre?

Al respecto, yo no alcanzo a entender por qué se considera como un adelanto de la Humanidad el paso del politeísmo al monoteísmo, ya que con una pluralidad de dioses, no todos ellos buenos, resultaría mucho más fácil explicar el mal.

Quien mejor analizó este punto fue nuestro ya conocido Epicuro, quien, si bien no negaba la existencia de un ser superior, opinaba que no se ocupaba de los asuntos humanos, porque le eran indiferentes. En esa línea de pensamiento, Epicuro formuló este razonamiento tan sensato como lúcido:

La Divinidad, o bien quiere impedir los males y no puede, o puede y no quiere, o no quiere ni puede, o quiere y puede. Si quiere y no puede, es impotente, lo cual es imposible en la Divinidad. Si puede y no quiere, es malo, lo que, del mismo modo, es contrario a la Divinidad. Si ni quiere ni puede, es malo e impotente y, por lo tanto, ni siquiera es Divinidad. Si puede y quiere (lo único que es pensable de la Divinidad), ¿de dónde proviene, entonces, la existencia de los males, y por qué no los impide? Se concluye que la Divinidad no provee las cosas de este mundo.

Por otra parte, el Catolicismo (y muchas otras religiones, pasadas y presentes) sostiene que hay un bien y un mal absolutos y objetivos, establecidos como tales por Dios en sus leyes eternas, divinas o naturales. No hay tal cosa. El bien y el mal son categorías mentales pergeñadas por los hombres para que sea posible la vida en comunidad; nada es bueno o malo en sí, sino en relación con las necesidades de la convivencia en sociedad.

Y ya que hablamos del bien y del mal, los católicos creen que, al morir, las almas de los buenos irán al Cielo, un lugar maravilloso en el que vivirán por toda la eternidad en un estado de completa felicidad, consistente en la visión de Dios (?); la de los malos, al Infierno, donde morarán, también eternamente, sometidos a terribles tormentos por causa de sus vicios y maldades; y las de los ni buenos ni malos, al Purgatorio, del que emigrarán al Cielo una vez que hayan pagado por sus pecados con algunas dosis de sufrimiento.

Cierta vez Borges dijo, sin disimular su estupor, que ni las mejores obras de la literatura fantástica podían compararse con la ficción del engendramiento de los dioses por el hombre. Y agregó: también el Infierno y el Cielo (una remuneración inmortal, un castigo inmortal) son admirables y curiosos designios de la imaginación de los hombres. Y en otra ocasión razonó que un premio o un castigo eternos eran consecuencias totalmente desproporcionadas para una vida que sólo dura, en el mejor de los casos, unos cien años.

Pero hete aquí que todos los católicos que conozco creen que todos los católicos que mueren se van derechito al Cielo, y que ellos, cuando mueran, tendrán la misma suerte (vaya uno a saber por qué, ninguno piensa que puede ir a parar al Infierno o, ni siquiera, al Purgatorio). Y, sin embargo, ninguno quiere morir. Son geniales.

Por mi parte, yo prefiero toda la vida -perdón por la paradoja- estar seguro de que mi muerte será mi extinción absoluta y definitiva, ya que seguir viviendo después de morir y ser juzgado para toda la eternidad por ese dios cuyo criterio de evaluación de la conducta humana desconozco me parece algo así como un salto al vacío en la oscuridad; o algo peor, ya que ese dios me resulta altamente sospechoso de no ser ni bueno ni justo. ¿Y si juzga a los muertos como gobierna el mundo?

Además, como ya lo expresé anteriormente, la idea de una vida eterna me parece insoportable. Eso sí, cuando esté a punto de morir, por las dudas, voy a llamar a un cura para que me dé la extremaunción y me perdone mis pecados (sobre todo si Dios leyó este ensayo); no vaya a ser que estos chiflados tengan razón.

Por último, como ya lo anticipé al principio, me referiré sucintamente a la filosofía.

La filosofía occidental nació alrededor del siglo VI antes de Cristo en la Grecia antigua, como un intento exclusivamente racional -es decir, con prescindencia de las explicaciones religiosas- para desentrañar los misterios del universo, del mundo y de la existencia.

Sin embargo, los primeros filósofos se olvidaron rápidamente de su propósito inicial, y cayeron, casi siempre, en la misma fabulación antojadiza que las religiones. Posteriormente, muchos de los filósofos que los siguieron a lo largo de la Historia argumentaron hasta donde pudieron y, cuando ya era imposible obtener más conocimientos mediante la razón, imaginaron, inventaron y fantasearon tanto como los autores de las religiones, con lo que no hicieron otra cosa que crear nuevas “religiones”, enmascaradas bajo la forma de supuestas posturas filosóficas, de manera tal que terminaron desvirtuando y pervirtiendo los fines originales de la filosofía.

En efecto, muchos filósofos de todos los tiempos, al no poder superar el límite infranqueable que la impotencia de la mente opuso a sus empeños para develar los enigmas que nos rodean mediante la sola luz de la razón, lejos de reconocer esta insalvable restricción, elevaron a dogma irrefutable lo que no eran más que deducciones, conjeturas o expresiones de deseos.

Pero de este tema me ocuparé en otro trabajo.

Martín López Olaciregui

¿EL MISMO IDIOMA?

(Un diálogo entre un porteño y un madrileño en Madrid, año 2005)

En mi último viaje a Madrid, caminaba yo, porteño de ley, por la calle de Alcalá, en una linda y fresca tardecita primaveral de un día de semana, cuando, de repente, me topo con mi viejo amigo Paco.

-¡Paco, querido! ¡Tanto tiempo! ¿Cómo andás?

-¡Vaya, Martín, qué sorpresa, tú por aquí nuevamente!

-¿Qué hacés, campeón? ¿Qué es de tu vida, papá?

-Oye, que ni soy tu padre, ni soy campeón de nada. Vosotros, los argentinos, siempre hablando raro, ¡joder!

-¡Joder, joder! ¡Dejate de joder vos, Paquito! Si ya me conocés de sobra, viejo, y ya sabés que los argentinos hablamos así.

-No, hombre, que no lo sé. Y dime, ¿qué te trae por Madrid?

-Nada, Paquito, ando paseando nomás. Vos sabés que Madrid me encanta, y que cada tanto me hago una escapadita. Che, pero vos estás bárbaro, se te ve muy bien. Y muy bien empilchado; qué lindo saco (tocándole el saco).

-Pues que no estoy bárbaro, chaval, que los bárbaros hacen barbaridades. Y no sé qué coño es empilchado, y lo que llevo puesto no es un saco, como tú dices, sino una chaqueta, una americana.

-Dale, gayego, no seas cabrón, si vos me entendés.

-Pues no, hombre, que no te entiendo. ¡¿Cómo me dices cabrón, que yo no soy ningún hijo de puta?! ¡Además, tú bien sabes que yo no soy gallego, coño!

-No, Paquito, no te estoy diciendo hijo de puta; en la Argentina le decimos cabrón a alguien que tiene mal carácter, y gayegos a todos los españoles.

-¿Mal carácter? ¿Quieres decir mal genio?

-Sí, eso. Dale, vamos a tomar un feca y me contás de tus cosas. Vos no estás apurado, ¿no?

-No, hombre, que no tengo prisa. Venga, vamos. Que no sé qué es un feca, pero a mí me apetecerían una caña y unas tapas, que hoy he comido apenas unas patatas aliñadas y sólo he bebido un refresco.

Un feca es un café, Paco. Pero, ¿cómo te vas a tomar una caña? Son las cuatro de la tarde; no me digas que te estás volviendo curda. Una caña es una bebida muy fuerte para tomar a esta hora.

-¿De qué hablas, tío? Que una cerveza no es una bebida fuerte.

-¡Ah, una cerveza! Sí, disculpame, me había olvidado de que acá le dicen caña al vaso de cerveza. ’tá bien,  Paquito, vamos a tomarnos una birra.

-Vale, hombre, vamos, pues.

-Dale.

Paco y yo nos sentamos a la barra de un boliche.

-¿Tú quieres unas tapas?

-No, gracias, con la cerveza está bien. ¡Mozo!

-Calla, Martín, déjame a mí. Venga, camarero, ¿nos pones dos cañas y una  tapa de éstas que tienes aquí, por favor?

-Salud, amigo.

-Salud, amigo.

-Che, esta cerveza está espectacular. Por casualidad, ¿no tenés un faso, Paquito?

-¿Un qué?

-Un pucho, un cigarriyo.

-Ah, un cigarro. Sí, hombre, aquí tienes.

-¿Tenés un encendedor?

-Supongo que te refieres a un mechero. Ten.

-Me hiciste acordar de un viejo chiste de los argentinos sobre nosotros mismos. Un argentino llega a Madrid y va a comprar cigarriyos. Le dice al hombre que lo atiende: –¿Tiene cigarriyos? El quiosquero le contesta: –Aquí no se les llama cigarrillos, aquí se les llama cigarros. –Bueno, deme un paquete de cigarros. –Aquí no se le llama paquete, aquí se le llama cajetilla. –‘tá bien, deme una cajetiya de cigarros y una cajita de fósforos. –Aquí no les llamamos fósforos, aquí les llamamos cerillas. El argentino, cansado, le dice: –Y digamé, acá, a los boludos, ¿cómo los yaman? Y el gayego le responde: –Aquí no los llamamos, vienen solos.

-Vale, Martín, muy bueno, muy bueno.

-Bueno, Paco, contame algo de vos. ¿Cómo andás? En tu laburo, ¿todo bien? ¿Cómo hacés para andar paseando a esta hora un día de semana?

-Te olvidas de que yo trabajo autónomo, así que con mi tiempo hago lo que me viene en gana. ¿O es que no te acuerdas que soy abogado y tengo mi propio despacho?

-Sí, claro, tenés razón, no me acordaba que vos trabajás por tu cuenta en tu Estudio. Oíme, y la familia, ¿cómo anda? La bruja y los chicos, ¿bien?

-¿La bruja? Pues, si te refieres a la Pepa, está bien; algo tocapelotas, como siempre. Y la Carmencita y el Paquito ahí van, creciendo muy rápido los chavales; sobre todo, la pequeña.

-¡Qué bueno, gayego, cuánto me alegro!

-¿Y cómo está tu mujer?

-Mirá, igual que Pepa, siempre hinchapelotas. Las mujeres son todas hinchapelotas, pero mi jermu, últimamente, está peor que nunca. Anda medio colifa, rayada. O se la pasa retándome, o no me da ni cinco de bola.

-Pero, Martín, ¿qué diantres dices?

-Quiero decir que mi mujer, o me riñe constantemente, o no me presta atención, me ignora.

-Hombre, haberlo dicho así antes.

-Bueno, te voy a decir la verdá’, Paquito, vos sos un gomía, y no te voy a engrupir. Con Isabel nos peleamos mal todo el tiempo. Seguimos viviendo bajo el mismo techo, pero me parece que en cualquier momento nos vamos a separar. Con decirte que el otro día me llegó una carta de un boga. ¿Te das cuenta, Paco? ¡Fue a ver a un boga!

-¿Un qué?

-Un abogado, Paco, un colega tuyo y mío.

-Venga, hombre, qué coñazo, es que no me lo puedo creer, si vosotros os llevabais tan bien.

-Sí, Paco, pero qué se la va’cer. Estoy en medio de un quilombo, todo mal. Pero me importa un carajo, que haga lo que quiera. Si se quiere separar, nos separamos, y chau. Yo así no la aguanto más. Además, entre nosotros, conocí a una chica que me encanta.

-Hala, hombre, no me digas que te has liao con una perica. ¿Y cómo la has conocido?

-Mirá, gayego, a vos no te voy a macanear, te tengo que batir la justa: me la levanté en la yeca. Pero nada que ver, ¿eh?, es una mina relegal. La verdá’ es que me tiene muerto, me agarré un metejón de aqueyos, estoy reenganchado. Y me parece que la bruja se lo palpita, y por eso se puso loca.

-¡Leches, hombre, que no te entiendo! Pero, dime, ¿cómo es la tía? ¿Cómo se llama?

-Se yama Valeria. Es petisa y morocha, como me gustan a mí. Y está muy fuerte. Es un poco pendeja para mí, pero es muy piola.

-¿Petisa, morocha, muy fuerte, pendeja, piola? No te comprendo, chaval.

-Eh…, a ver, ¿cómo te lo explico? Quiero decir que es bajita de estatura,  que es morena, que tiene muy buen cuerpo, que es muy joven y que es muy maja.

-Ah, vale. Oye, ¿y cómo está tu hijo, Juan Martín?

-No me hablés del pibe, che, es un desastre. No sé qué le pasa. No quiere estudiar, no quiere laburar, y se la pasa haciendo fiaca. Está al pedo todo el santo día. Es un gil y se cree un vivo del año cero. Está en cancherito, el muy pavote. La verdá’ es que a veces me hace enojar. Lo único que me falta es que venga y me diga que es trolo o que le da a la falopa, y cartón yeno.

-¿Qué dices? ¡No te comprendo, hostia! ¿Te has enfadao con el crío?

-Que crío ni crío, si es un boludo grande. Lo que te digo es que no hace nada, no trabaja ni estudia, ¿me entendés ahora?

-Es que los chavales de ahora son bien difíciles. En la adolescencia se ponen muy gilipollas.

-Sí, un garrón; pero bueno, ya se le pasará. La cuestión es que entre los problemas que tengo con Isabel y las pelotudeces que hace el nabo de mi hijo, mi cabeza es un despelote. En parte, por eso me vine a Madrid; para despejarme y alejarme un poco de tanto quilombo. Pero te juro que en situaciones como ésta, a la edad que tengo, a veces extraño a mi viejo. Es increíble, che, ¡tengo cincuenta y cinco pirulos y extraño a mi viejo!

-Martín, ¿de qué hablas?

-Ah, sí, disculpame. Digo que pese a que tengo cincuenta y cinco años, todavía echo de menos a mi padre.

-Pues verás, yo tengo tu misma edad y también echo de menos a mi padre.

-Te cuento algo más, Paco. Para colmo, me peleé a muerte con mi cuñado. No sabés las cagadas que me hizo. Yo creía que era un buen tipo y resultó ser un chanta y un turro. Me propuso un negocio de exportación en el que yo tenía que poner la guita, y entré como un cabayo. Era todo un curro. ¿Podés creer que, además, la mercadería que quería exportar era reberreta? ¡Todo trucho! La cuestión es que el muy garca desapareció con mi plata y me dejó sin un mango. Años que lo conozco, y me vengo a enterar de que el tipo es un atorrante, un chorro; ¡es increíble, che, pero no se puede confiar en nadie! Y casi más voy en cana. Pero vos lo conociste al guacho éste, ¿no?

-Sí, y a decir verdad, a mí no me engañaba. Menudo bicho era.

-Lástima que no me lo dijiste antes, Paco.

-Oye, ¿estás seguro de que no te apetece comer algo? Una ración, un bocadillo, un montadito.

-No gracias, hace un rato me morfé un sanguchito por ahí, aunque acá no hay forma de que te den un sángüich de jamón y queso.

-Pero, hombre, ¿cómo vas a mezclar jamón con queso? ¿Quieres un café?

-Dale. Con crema, por favor.

-Venga, Manolo, ponnos dos cafés con nata montada.

-Como ves, últimamente no me ha ido muy bien que digamos. Pero alguna buena noticia tengo, aparte de lo de Valeria. Te cuento. Logré hacer echar a la administradora del consorcio del edificio donde vivo en Buenos Aires, que era un desastre. Me costó mucho tiempo y trabajo, pero al final lo conseguí.

-¿Qué es el consorcio?

-La comunidad, Paco, la comunidad.

-Ah, claro.

-Y decime, che, ¿cómo anda el Real Madrid? ¿Seguís siendo hincha del Real, no?

-Hostia, no me hables de esos tíos, que juegan cuando les viene en gana y cobran millones de euros. Tú eras del Boca, ¿no? Pues, ¿cómo le va al Boca?

-Últimamente está jugando muy mal. Pero al fútbol cada vez le doy menos pelota, salvo cuando juega la Selección. Oíme, cambiando de tema, ¿como anda España? Yo los veo muy bien.

-Sí, muy bien, de puta madre. Pero, ¿has visto los atascos que hay en Madrid? Es que ya no se puede circular, y menos conducir un coche, que no lo puedes aparcar en ningún lado. Por suerte, la gasolina no ha subido de precio.

-¿Sabés que tenés razón? Manejar acá es complicado, y estacionar parece imposible. Es mejor andar en bondi o en subte, aunque la nafta no sea muy cara. Pero, ¡qué lindo ispa tienen ustedes!

-¿Ispa?

País.

-Ah. Sí, hombre, súper, súper. Aunque todo está muy caro. Fíjate en los escaparates de las tiendas, lo que cuesta una chaqueta, una americana, un jersey. Y la Pepa me ha contao que las bragas, los tangas y los sujetadores también están carísimos.

-Sí, estuve viendo las vidrieras de los negocios. Si todas esas cosas salen carísimas para ustedes, imaginate para nosotros con lo que valen los euros en pesos.

-¿Salen?

Cuestan. Igual, compré un traje de baño para mí, y una bombacha y un corpiño para Valeria.

-¿Traje de baño? ¿Bombacha, corpiño?

-Un bañador, y lo mismo que acabás de decir vos: unas bragas y un sujetador. Hablando de otra cosa, vi que El hijo de la novia acá la está rompiendo, y que Ricardo Darín es un ídolo.

-Sí, es una película bien bonita, y ese tío, Darín, es un genio.

-La verdad es que El hijo de la novia es espectacular, un peliculón.

-Oye, mira esa perica que pasa por la acera. Venga, vale, ¡qué bonita! ¡Y qué culo! Aunque es un poco hortera.

-¿Qué es qué?

-Hortera, chaval; macarra. Mira cómo está vestida, con ese chándal que lleva puesto.

-Supongo que querés decir que es medio grasa. A ver, pará que me pongo los anteojos.

-Pues ponte las gafas y mírala, hombre, que se va.

-Tenés razón, ’tá buena la gayega. Mejor dicho, está fuertísima, es un minón infernal. Tiene una cola espectacular, y además es muy linda de cara. Pero es cierto que no está bien vestida, anda de yoguin; a mí me gustan las minas con poyeras.

-¿Con qué?

-Con poyeras, con faldas.

-Ah, con faldas. Y dime, Martín, ¿cómo van las cosas por la Argentina?

-Qué sé yo, más o menos, la economía está algo mejor. Pero hay problemas de fondo que, si no se resuelven alguna vez, nos van a lleva a un futuro peor que el presente. Es un tema muy largo, y no quiero aburrirte con eso. Voy a escribir un trabajo sobre esos problemas.

Qué sé yo, qué sé yo.

-Dale, Paco, no me cargues.

-¿Cómo voy a cargarte, hombre? Tú eres muy pesado como para que yo te cargue.

-No, Paco, cargar quiere decir tomar el pelo.

-Ah, bueno. Venga, que era broma. Pero es que a mí me da coraje que la Argentina esté mal.

-¿Que te da qué?

Coraje, hombre; bronca, rabia. Será como tú dices, pero vosotros tenéis un país bien bonito. Cuando yo estuve por allí me la pasé muy bien. Y el tango, eso sí que es acojonante.

-Sí, en eso tenés razón. Yo soy retanguero.

-Cuando estuve en la Argentina me he comprao muchos cedé de tango, sobre todo de Gardel. ¡Cómo cantaba ese tío, joder!

-Sí, el Mudo es cosa seria, cada día canta mejor.

-Pero, ¿qué dices? ¡Martín, por favor, si está muerto!; y de mudo, nada.

-Ya sé, ya sé; son dichos que tenemos en la Argentina, no me des boliya.

-Pero mira que habláis raro vosotros.

-Sí; bueno, no es para tanto.

-¡Atchís!

-¿Andás medio resfriado, vos?

-Sí, es que el invierno pasado ha sido terrible. He estado bastante malo hace algunos meses, anduve bastante pachucho, me he sentido fatal. Y ahora me he pillado un resfriado, y estoy acatarrao.

-Pero mirá vos, che, qué macana; cuidate.

-Gracias, hombre, me cuidaré.

-¿Sabés que noté en estos pocos días que estoy acá, Paco? Que las minas españolas están tremendas. Se coparon con el antimachismo. Cualquier cosa que hagas es machista.

-¿De qué minas me hablas?

-Las mujeres, Paco, las mujeres. Las gayegas están como amotinadas. No te dejan pasar una.

-Pues sí, hombre, aquí las tías son así. No te quieren ni planchar las camisas, y cualquier cosa que les pidas que hagan te acusan de machista. Mira nomás la Pepa, que ha cogido ahora esa costumbre, y quiere que la ayude a lavar los platos, y dice que las mujeres que atienden a sus maridos son suaves.

-¡Pero mirá vos, qué loco! ¡Adónde vamos a ir a parar, gayego!

-Sabes una cosa, Martín, que me cuesta mucho comprenderte. Pero tú, ¿en qué idioma hablas, coño?

-Pará, gayego, ¿qué decís? ¿En qué idioma voy a hablar? En español, igual que vos.

-Si tú lo dices.

-Te digo más, Paquito. ¿Sabés qué? Vos sos un tipo macanudo, y a mí me encanta charlar con vos, porque vos y yo tenemos muy buena onda. Quiero decir que nos entendemos, que hablamos el mismo idioma. ¿Vale, chaval?

-’ tá bien, pibe, ’tá bien.

Martín López Olaciregui

GRANDES LETRAS DE TANGO COMENTADAS

Cambalache

Volvió una noche

Esta noche me emborracho

Fuimos

Sus ojos se cerraron

CAMBALACHE

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé;

en el 506, y en el 2000 también.

Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos,

contentos y amargaos, valores y dublés.

Pero que el siglo XX es un despliegue de maldá insolente,

ya no hay quien lo niegue;

vivimos revolcaos en un merengue,

y en el mismo lodo, todos manoseaos.

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,

ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador;

todo es igual, nada es mejor,

lo mismo un burro que un gran profesor.

No hay aplazaos, ni escalafón;

los inmorales nos han igualao.

Si uno vive en la impostura,

y otro roba en su ambición,

da lo mismo que sea cura, colchonero,        

rey de bastos, caradura o polizón.

¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!;                            

cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón;

mezclao con Stavisky va Don Bosco y la mignon,

Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín.

Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches,

se ha mezclao la vida;

y herida por un sable sin remaches,

ves llorar la Biblia junto a un calefón.

Siglo XX, cambalache, problemático y febril;

el que no llora no mama, y el que no afana es un gil.

Dale nomás, dale que va,

que allá en el horno nos vamo’ a encontrar;

no pienses más, echate a un lao,

que a nadie importa si naciste honrao.

Si es lo mismo el que labura

noche y día como un buey,

que el que vive de los otros, que el que mata,

que el que cura, o está fuera de la ley.

Música y letra: Enrique Santos Discépolo. Escrito en 1935.

                

COMENTARIO

Cambalache es una obra maestra de filosofía de la vida, cuya vigencia es, fue y será universal y atemporal. En ella, el genial Enrique Santos Discépolo formula, con profunda amargura, una descarnada e impiadosa crítica moral al mundo de su época (en rigor, no al mundo en sí, sino a la gente que lo habita).

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé;

en el 506, y en el 2000 también.

Con esta primera frase, el autor ya nos introduce en el tema que va a abordar y nos adelanta su mirada escéptica, pesimista, desesperanzada      -tan propia de él y de sus obras- sobre “el mundo”, que, según él, siempre fue “una porquería”, y lo seguirá siendo (porque, al parecer, supone, probablemente con razón, que los hombres no cambiarán).

Las fechas que pone Enrique Santos son sólo una forma de decir que tanto en el pasado como en el futuro, “el mundo” (o sea, la Humanidad) fue y será aborrecible. El año 506 (o el 510, en la versión cantada por Julio Sosa) responde más que nada a una necesidad de rima y a designar un pasado remoto; y el  año 2000, a un futuro lejano, puesto que lo era en 1935, de modo que no implica un límite temporal estricto, sino una forma de decir “siempre”. Aunque, habiendo pasado mucho tiempo, ya en la segunda década del siglo XXI, convendría reescribir el número del año, y consignar “3000” en vez de “2000”.

 

 Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos,

 contentos y amargaos, valores y dublés.

Habiendo sentado, casi como un axioma, que “el mundo” fue y será horrible, a renglón seguido Discépolo amplía y explicita esta convicción afirmando que en todo tiempo pasado (“siempre”) hubo “chorros” -y sus correspondientes víctimas, los “estafaos”-, “maquiavelos”, “contentos y amargaos, valores y dublés”, con lo que, además, empieza a utilizar un recurso que se reiterará a lo largo de su monumental poema filosófico: las contraposiciones.

Analicemos las palabras que utiliza el autor en este fragmento. Chorro es una popular expresión lunfarda argentina que significa “ladrón, estafador”. Con estafaos y amargaos, ya comienza a emplear una forma típica del lenguaje porteño de aquella época -que también puede considerarse lunfardo-, consistente en omitir la letra d en palabras como ésas, con lo que muestra su preferencia y su respeto por el habla popular; esta particularidad se reiterará muchas veces a lo largo de Cambalache (así, más adelante nos encontraremos con “revolcaos”, “manoseaos”, “aplazaos”, “mezclao”, “lao” y “honrao”). El término dublés proviene del francés doublé, que significa “piedra preciosa falsa”, y que, en el contexto de la letra, podría traducirse como “falsedades”. Y en cuanto al neologismo maquiavelos, remite, inequívocamente, a Maquiavelo, a quien me referiré a continuación.

Nicolás Maquiavelo fue un escritor y político -práctico y teórico- italiano, que vivió entre los siglos XV y XVI. Nació en 1469 en Florencia -por entonces, una ciudad Estado-, y murió también allí en 1527, a los cincuenta y ocho años de edad. Figura relevante del Renacimiento italiano y hombre de una muy completa formación humanística, Maquiavelo fue funcionario en Florencia y diplomático de dicha república en otras ciudades Estado italianas, en Francia y en Alemania, cargos estos que le reportaron una gran experiencia en los asuntos públicos y le permitieron reflexionar profundamente sobre la realidad política de su tiempo.

En 1512, por un corto período, sufrió cárcel y torturas por razones políticas en su tierra natal. Un vez liberado, fue desterrado a una finca rural cercana a la ciudad, donde escribió varios libros, en los que vertió los conocimientos que había adquirido en su vida pública: El príncipe, Descripción de las cosas de Alemania, Descripción de las cosas de Francia, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, El arte de la guerra, Historias florentinas y La vida de Catruccio Castracanne; asimismo, fue autor de las comedias teatrales La mandrágora, Clizia, El asno, Andria y Belgafor archidiablo.

El príncipe  es la obra cumbre de Maquiavelo, y la que le dio fama universal e imperecedera. En dicho libro, concebido en 1513, Maquiavelo discurre, con descarnado realismo, sobre el arte de obtener y conservar el poder político. Haciendo gala de sus saberes sobre la naturaleza humana, la Historia y la política de su época, propone que los “príncipes” (es decir, los gobernantes) adopten toda clase de conductas y de acciones abiertamente reñidas con la moral (aunque también es cierto que más de una vez aclara que lo mejor y lo ideal sería que fueran buenos y probos).

Así, según Maquiavelo, los príncipes deben prometer y no cumplir, distraer y engañar al pueblo, gobernar por medio del miedo, fingir ser buenos y ser todo lo contrario, “vender” una imagen falsa de ellos mismos para sus súbditos, mentir descaradamente, provocar guerras para tapar sus maldades, emplear todo tipo de argucias, astucias y chantajes con los demás hombres poderosos, etc., etc.

En varios pasajes de El príncipe, su autor sustenta sus teorías en los gobiernos de varios líderes políticos -del pasado y de su tiempo- que triunfaron gracias a su absoluta falta de escrúpulos; así, pone como ejemplos, entre otros, a Hierón de Siracusa, a César Borgia y al “Rey Católico” Fernando de Aragón.

En resumen, Maquiavelo sostiene -y lo prueba con esos personajes- que la actividad política es incompatible con la ética, y que un gobierno es tanto más seguro, eficaz y exitoso cuanto más amoral sea el gobernante. Si bien es un lugar común decir que el lema de Maquiavelo era “El fin justifica los medios”, tal sentencia no figura en El príncipe, pero sintetiza acertadamente su contenido.

De esta manera, Maquiavelo se constituyó en el símbolo máximo de la amoralidad en la política, y de ahí que Discépolo hable en Cambalache de los “maquiavelos”, es decir, de quienes actúan como Maquiavelo aconsejaba que se comportaran los príncipes.   

                                  

Pero que el siglo XX es un despliegue de maldá insolente,

ya no hay quien lo niegue;

vivimos revolcaos en un merengue,

y en el mismo lodo, todos manoseaos.

Aquellas primeras premisas -“el mundo fue y será una porquería” y “siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublés”- le sirven a Enrique Santos de prólogo y de antecedente de lo que va a decir a continuación, puesto que el tema de Cambalache no es el mundo del pasado y del futuro, sino el del momento en que él escribe: el siglo XX (más precisamente, 1935, en plena “Década Infame” en la Argentina, lo que no es un dato menor).

Este siglo, dice Discépolo, es peor aún que los pretéritos, los ha superado en maldad y en ruindad, de suerte que aquellas lacras de épocas anteriores ahora se han incrementado y potenciado. Ésta es, pues, la tesis que ahora formula expresamente: siempre hubo mal en el mundo, pero ahora, en el siglo XX, hay mucho más.

Él plasma esta idea con un gran hallazgo literario cuando señala que “el siglo XX es un despliegue de maldá insolente”. Calificar a la maldad de “insolente” es, sin duda, una genialidad, ya que una maldad insolente no es una simple maldad, sino una maldad expuesta, descarada, desembozada, desafiante y prepotente, ejercida y exhibida sin disimulo, recato ni pudor; y es esa maldad insolente la que, según Enrique Santos, se ha adueñado innegablemente de la sociedad del siglo XX y se despliega en ella.

Inmediatamente después, Discépolo nos adelanta algo sobre lo que volverá más adelante con mayor detalle: “vivimos revolcaos en un merengue, y en el mismo lodo, todos manoseaos” (según el Novísimo diccionario lunfardo de José Gobello y Marcelo H, Oliveri -Corregidor, Buenos Aires, 2004-, el vocablo merengue significa “embrollo, enredo”, y proviene de la voz española merengue, que designa a un dulce hecho con claras de huevo y azúcar).

O sea, que todos estamos revolcaos, inmersos, confundidos y amontonados, juntos y amuchados, sin orden ni distinciones, en un merengue, en una masa informe, en el mismo barro o “lodo” de la maldad insolente.

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,

ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador;

todo es igual, nada es mejor,

lo mismo un burro que un gran profesor.

No hay aplazaos, ni escalafón;

los inmorales nos han igualao.

En este fragmento reaparecen los antagonismos: derecho y traidor; ignorante y sabio; chorro o estafador, y generoso; un burro y un gran profesor. Además, tengo para mí que aquí, si bien el autor habla de “los inmorales”, se está refiriendo a los amorales; la amoralidad es peor que la inmoralidad, ya que el inmoral sabe que transgrede la regla moral, mientras que el amoral, lisa y llanamente, ignora o desprecia su existencia.

Es en tal sentido que, conforme a mi interpretación, Enrique Santos remarca la ausencia de criterio y de conciencia morales y, por ende, de una escala de valores que permita distinguir al “derecho” del “traidor”, al “sabio” del “ignorante”, al “generoso” del “chorro” o del “estafador”, al “gran profesor” del “burro” e, implícitamente, al bueno del malo, al probo del deshonesto, al honrado del inescrupuloso, al recto del miserable.

En efecto, el mensaje es claro: no hay valores y disvalores, no hay mejor y peor desde el punto de vista ético. Consecuentemente, “No hay aplazaos” (no hay castigo para los ignorantes y los malos). Y tampoco hay jerarquías. No hay “escalafón”, dice Discepolín usando estupendamente esta palabra propia de la burocracia estatal como analogía o metáfora. De eso se trata la amoralidad, que, según el autor, el siglo XX ha aportado a la historia humana como un sello característico.

Por eso, a mi juicio, la idea clave de Cambalache está en esta frase memorable: “todo es igual, nada es mejor”. De eso, pues, se lamenta amargamente Enrique Santos: de que sea “lo mismo” la virtud que el vicio; de que no se advierta la diferencia entre ambos; de que ni los virtuosos reciban su recompensa, ni los viciosos su condena. Y puntualiza, lúcidamente, que eso ocurre porque no hay una vara moral de medida, de lo que resulta que no haya distinción alguna entre “los inmorales” (yo diría “los amorales”) y los morales (“los inmorales nos han igualao”).

En efecto, “todo es igual” es el leitmotiv que se repite a lo largo de la letra. Lo más grave del siglo XX no es tanto que haya traidores, ignorantes, chorros y estafadores -que siempre los hubo, como dijo al principio-, sino que sea “lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador”; y que también sea “lo mismo un burro que un gran profesor”. Es imposible expresar esta verdad con mayor belleza literaria, con mayor síntesis, con mayor precisión, con mayor riqueza conceptual. He aquí el altísimo talento discepoliano brillando en todo su esplendor.

        

Si uno vive en la impostura,

y otro roba en su ambición,

da lo mismo que sea cura, colchonero,        

rey de bastos, caradura o polizón.

Aquí Discépolo insiste con la inicua equivalencia entre los amorales -los impostores (mentirosos, farsantes) y los ladrones ambiciosos-, ya que tanto unos como los otros pueden ser curas, colchoneros, reyes de bastos, caraduras o polizones; nuevamente, “da lo mismo” que sean alguna de esas cosas. Debo señalar que esta segunda parte de la estrofa bajo comentario me resulta rara e incomprensible, pero, paradójicamente, eficaz, pegadiza y extraordinariamente creativa.

Por otra parte, cabe destacar que en la versión cantada por Julio Sosa se dice “afana” en vez de “roba”, término lunfardo argentino que significa lo mismo que roba, pero que, en tanto lunfardo, posee más fuerza y más matices.

                          

¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!;

cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón;

mezclao con Stavisky va Don Bosco y la mignon,

Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín.

                              

La exclamación “¡qué atropello a la razón!” me recuerda a los grandes filósofos griegos. A Sócrates, que equiparaba a la virtud con el conocimiento y al vicio con la ignorancia. Y a Aristóteles, que, si bien no comulgaba con ese pensamiento, afirmaba que la virtud era la consecuencia de un razonamiento previo que nos indica lo que está bien y lo que está mal. Es una “falta de respeto” y se opone a la razón el hecho de que “cualquiera” sea “un señor” y “cualquiera” sea “un ladrón”; y así volvemos a que “todo es igual, nada es mejor”.

A continuación, Enrique Santos retorna a los contrastes, al ejemplificar su tremenda crítica con una serie de personajes que aparecen mezclados; es decir, moralmente indistintos. Nombra, en primer lugar, a Stavisky. En la versión cantada por Julio Sosa este nombre ha sido reemplazado por el de Toscanini (Arturo Toscanini fue un notable director de orquesta italiano que vivió entre 1867 y 1957), probablemente por una confusión entre Stavisky y Stravinsky (Ígor Stravinsky fue un destacado músico clásico ruso que vivió entre 1882 y 1971).

Sergei Alexander Stavisky fue un famoso estafador internacional nacido en Rusia que se suicidó en la cárcel de Bayona, Francia, en 1934. Nuestro autor dice que este renombrado delincuente estaba en el mismo nivel que Don Bosco, sacerdote fundador de la orden católica de los salesianos, canonizado por el papa Pío XI, también en 1934. Y a esos dos hombres que están éticamente en las antípodas, les agrega a “la mignon, expresión que, según la mayoría de los entendidos, sería, en aquella época, la forma en que usualmente se empleaba la voz francesa mignone, que significa “querida o mantenida”.

Luego compara a Don Chicho con Napoleón. Don Chicho era el apodo de Juan Galiffi, jefe de la mafia ítalo-argentina que actuaba en Rosario en los años 20, detenido y procesado en 1932. Este siniestro individuo aparece en la película La Mafia, protagonizada por José Slavin (Don Chicho), Alfredo Alcón (Chicho Chico), Thelma Biral (la hija de Don Chicho), Héctor Alterio y China Zorrilla (la mujer de Don Chicho).

Debo decir que, según mi criterio, esta nueva dupla de nombres, supuestamente antagónicos, moralmente hablando, es poco afortunada, ya que si bien Napoleón Bonaparte fue un gran genio político y militar, también fue un gran inescrupuloso y un exponente notable, y consciente, de la práctica política desvinculada de la ética. Tanto es así que, cuando leyó El príncipe de Maquiavelo, Napoleón le agregó notas y comentarios en los que más una vez acusa al escritor florentino de ser demasiado complaciente y de hacer demasiadas concesiones a la moral. Vaya uno a saber por qué Discépolo incluyó a Bonaparte como contracara de Don Chicho, ya que no era mucho mejor que éste en punto a honradez y decencia.

Luego, Enrique Santos incluye en su listado de figuras antitéticas a Carnera y San Martín, en otro juego de extremos que, desde mi punto de vista, tampoco es feliz, ya que Primo Carnera no era un ejemplo de mala conducta, sino un boxeador italiano que retuvo el título de campeón mundial de peso completo en 1933 y 1934. Y José de San Martín, como se sabe, es nuestro máximo héroe nacional, uno de los Padres de nuestra Patria, el autor de imponentes hazañas militares y, junto con el gran Simón Bolívar, el libertador de la América del Sur; y, sobre todo, un hombre de nobleza y rectitud acrisoladas, de profundas convicciones éticas y de extraordinaria grandeza de espíritu.

Como no hay razón alguna para pensar que Primo Carnera haya sido un sinvergüenza, el hecho de que Discépolo lo haya colocado como contrapartida de San Martín parecería referirse más a la enorme diferencia que hay entre un campeón de boxeo y el principal prócer argentino, que a la oposición entre un canalla y un virtuoso. En tal sentido, se ha opinado, para explicar esta comparación, que a San Martín se lo había ubicado en el mismo escalón de méritos que a los “héroes” deportivos ensalzados por el periodismo sensacionalista de la época -como Carnera-, cuyo principal exponente era el diario Crítica.

 

Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches,

se ha mezclao la vida;

y herida por un sable sin remaches,

ves llorar la Biblia junto a un calefón.

Con este pasaje, nuestro letrista alcanza su mayor altura creativa. Con suprema inspiración, compara a la sociedad de su tiempo con la vidriera de los cambalaches, término que, en singular, le da título a su obra, lo que revela que este fragmento es el corazón de su poema filosófico. Y, no contento con esta brillante analogía, a aquella vidriera la califica de “irrespetuosa”, otra soberbia adjetivación que, por otra parte, reitera aquello de la “falta de respeto” que impera en el siglo XX.

En su Diccionario etimológico del lunfardo (Taurus, Buenos Aires, 2004) Oscar Conde define así la voz cambalache: “Tienda en que se compran y venden prendas, alhajas, muebles u otros objetos usados de poco valor” (el Diccionario de la Real Academia Española le otorga otros significados a esta palabra; de ahí que cabe considerarla como perteneciente al lunfardo argentino). Se trata, pues, de esos negocios a la calle de artículos viejos y deteriorados, en cuyos escaparates pueden verse toda clase de cosas en una conjunción heterogénea e indiscriminada. Por ejemplo, un “sable sin remaches” (los remaches son clavos que se remachan, o sea, se machacan, para obtener una mayor firmeza) -es decir, añoso, gastado, defectuoso, ya inútil-, una Biblia y un calefón.

Así, las Sagradas Escrituras -la mitología y la ética judeocristianas, y una monumental obra literaria clásica-, la espada cachuza e inservible y el prosaico y pedestre calefón, conviven en alegre montón, equivalentes e indiscernidos, en la ventana del cambalache imaginado o visto por el autor, sin que nada indique que haya alguna diferencia de rango o de importancia entre ellos. (De acuerdo con el Novísimo diccionario lunfardo de Gobello y Oliveri, el adjetivo cachuzo significa “averiado, deteriorado, envejecido”). Para colmo, el vetusto sable “hiere” a la Biblia, y ésta, como si comprendiera su degradación, llora al verse en semejante compañía.

Además, la extraordinaria alegoría discepoliana se explicita cuando en el texto se afirma que, “igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches, se ha mezclao la vida”. O sea, que así como el sable estropeado, la Biblia y el calefón aparecen juntos y asimilados en la vidriera del cambalache, también en “la vida” (en el mundo, en la sociedad) están igualados y se confunden lo sublime y lo banal, lo bueno y lo malo, la virtud y el vicio, la sabiduría y la ignorancia, la honradez y la deshonestidad.

 

Siglo XX, cambalache, problemático y febril;

el que no llora no mama, y el que no afana es un gil.

El siglo XX es, en suma, como un gran un cambalache; y es, además, “problemático y febril”, dos adjetivos calificativos elegidos con singular inventiva y riqueza léxica por Enrique Santos.

En cuanto a la frase “el que no llora no mama”, alude, aparentemente, tanto a los niños como a los animales pequeños, que, para poder comer, tienen que llorar: si lloran, sus madres los alimentarán; si no lloran, no lo harán. Trasladado esto a los seres humanos adultos, parecería referirse a quienes mienten o simulan sufrimientos, necesidades o desgracias para obtener ventajas que no lograrían por sus méritos o por su trabajo. Es dable, pues, interpretar este aserto -que, por otra parte, ha pasado a ser un dicho popular- en el sentido de que para conseguir algo hay que lamentarse y fingir falsas penurias; o sea, hay que “llorar”.

Respecto de “el que no afana es un gil”, es otra perla, por su concisión y precisión, y por el más que correcto uso de dos palabras lunfardas argentinas (afana y gil), que, como casi todos los términos de esa índole, le añaden un plus de significado a sus sinónimos cultos, ya que, en verdad, y como ya lo he señalado, no es lo mismo decir afana que roba; y, menos aún, es decir gil en vez de su significado, que es “tonto”.

Por otra parte, aquí Discépolo añade que ése es el principio que predomina en el siglo XX: robar no sólo no está mal, sino que, además, es propio de los vivos; quien no roba, quien se aferra a su rectitud, quien se niega a actuar moralmente mal, es un bobo, un pobre tipo, un infeliz -un gil, bah-, por quien los vivos, los que afanan, sienten una mezcla de desprecio y lástima, y a quien, por ende, miran con una sonrisa desdeñosa y sobradora.

                      

Dale nomás, dale que va,

que allá en el horno nos vamo’ a encontrar;

no pienses más, echate a un lao,

que a nadie importa si naciste honrao.

“Dale nomás, dale que va”, dice Enrique Santos, apelando a una expresión coloquial argentina, que podría traducirse como “sigan (o sigamos) así, total, qué más da”. Y el “horno” del que habla -en el que “nos vamo’ a encontrar”- se refiere, obviamente, al Infierno, ese lugar de sufrimiento eterno que el Cristianismo ha inventado como destino de los pecadores después de la muerte, amenazando y atormentando así a tanta buena gente con la perspectiva de enfrentarse en el “Más Allá” al juicio impredecible de un dios insondable. De otro lado, no se alcanza a comprender por qué en este texto Discépolo parece destinar al Infierno tanto a los malos como a los buenos. En cuanto a la omisión de la letra ese final en vamo’, refleja un modismo del habla popular porteña.

Lo siguiente es más interesante: “no pienses más, echate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao”. Aquí, el poeta filósofo les dice a los buenos y justos que no analicen más por qué las cosas son como son, que se aparten, que se resignen, que se olviden, que nada puede hacerse contra algo inevitable e irremediable. Les aconseja que no sigan luchando contra la injusticia y contra los amorales -ni, y esto lo agrego yo, contra los mediocres, los estúpidos, los ignorantes y los necios-, porque son invencibles, porque es un combate inútil e infructuoso, desigual y perdido de antemano, porque siempre nos ganarán. Y siempre nos ganarán porque son más, son más fuertes, son más poderosos, pelean con armas sucias, les importa absolutamente nada que seamos honrados; más aún, los honrados somos giles, tontos, perdedores.

          

Si es lo mismo el que labura

noche y día como un buey,

que el que vive de los otros, que el que mata,

que el que cura, o está fuera de la ley.

           

Enrique Santos finaliza su magna obra reiterando el esquema de una estrofa anterior (“Si uno vive en la impostura”, etc.), y repitiendo, una vez más, que todo es “lo mismo”.

En efecto, si antes había dicho que si uno era un impostor y otro un ladrón, daba “lo mismo” que fuera “cura, colchonero, rey de bastos, caradura o  polizón”, ahora es más claro y contundente cuando proclama, indignado, que es “lo mismo el que labura (laburar es un término lunfardo, proveniente del idioma italiano, que significa “trabajar”) noche y día como un buey”, “el que vive de los otros” (a mí me gusta más “el que vive de las minas” -“mujeres”, en el lunfardo argentino-, como lo cantaba Julio Sosa), “el que mata”, “el que cura” (digamos, un asesino y un buen médico) y el que está “fuera de la ley” (o sea, el delincuente). En suma, el patrón de la moral ha desaparecido.

Habiendo finalizado el comentario a esta creación gloriosa, diré que, para mi gusto, nadie interpretó tan bien Cambalache como Julio Sosa (aunque también es muy buena la versión de Roberto Goyeneche), quien, ciertamente, lo popularizó.

Al respecto, cabe agregar esta otra observación: hay tangos que tienen  versiones insuperables y consagratorias. Por ejemplo: Mi Buenos Aires querido, por Carlos Gardel (y muchos más cantados por Gardel); Cambalache, por Julio Sosa; Sur, por Edmundo Rivero; y Garúa y La última curda, por Roberto  Goyeneche; entre otros.

Para concluir, transcribiré a continuación un poema lunfardo de mi autoría, al que titulé Discepolín, publicado en mi libro El hombre va. Veintitrés poemas, tres reflexiones y un cuento (pág. 21, Biblos, Buenos Aires, 2002).

Yiraste la naesqui del hondo de la vida,

gastando la yeca de la filosofía;

te creció un rechiflo en tu alma contraída,

y en tu deschave amargo piantaste la alegría.

Pequeño gran Enrique, tu triste poesía

la embroco bien debute, sin grupo ni falsía;

te fuiste ya cansado de tanta hipocresía,

tu grito desgarrado se fue con tu agonía.

Yo siento tus angustias y siento tu fatiga,

tu antiguo dolor, tu voz herida;

dejá que muera el cuore, dejá que el mundo siga;

total, ya me batistes el cuento de la vida.

 

Traducciones:

De acuerdo con el ya citado Novísimo diccionario lunfardo de Gobello y Oliveri, los significados de las voces lunfardas empleadas en mi poema son los siguientes:

Yiraste: Forma verbal de yirar, que significa “callejear, andar vagando de calle en calle”, entre otras acepciones.

Naesqui: “Esquina”, según la modalidad lunfarda de decir o escribir palabras al revés o “vesre”.

Yeca: “Calle”, según la modalidad lunfarda de decir o escribir palabras al revés o “vesre”.

Rechiflo: Sustantivo proveniente del verbo rechiflar(se), que significa “Tener sorbido el seso por una persona o cosa”, entre otras denotaciones.

Piantaste: Forma verbal de piantar, que significa “escapar, huir de prisa” y “despedir, expulsar”, entre otras acepciones.

Embroco: Forma verbal de embrocar, que significa “percibir, comprender o conocer una cosa”, entre otras denotaciones.

Grupo: “Engaño, mentira”.

Cuore: “Corazón”.

Batistes: Deformación, por razones de rima, de batiste, forma verbal de batir, que significa “decir” y “delatar”.

 

VOLVIÓ UNA NOCHE

Volvió una noche, no la esperaba;

había en su rostro tanta ansiedad,

que tuve pena de recordarle

su felonía y su crueldad.

Me dijo, humilde: Si me perdonas,

el tiempo viejo otra vez vendrá;

la primavera es nuestra vida,

verás que todo nos sonreirá.

¡Mentira, mentira!, yo quise decirle,

las horas que pasan ya no vuelven más;

y así mi cariño al tuyo enlazado

es sólo un fantasma del viejo pasado,

que ya no se puede resucitar.

Callé mi amargura, y tuve piedad.

Sus ojos azules muy grandes se abrieron;

mi pena inaudita pronto comprendieron,

y con una mueca de mujer vencida,

me dijo: Es la vida. Y no la vi más.

Volvió una noche, nunca la olvido,

con la mirada triste y sin luz;

y tuve miedo de aquel espectro

que fue locura en mi juventud.

Se fue en silencio, sin un reproche.

Busqué un espejo y me quise mirar:

había en mi frente tantos inviernos,

que también ella tuvo piedad.

Música: Carlos Gardel. Letra: Alfredo Le Pera. Escrito en 1935

 

COMENTARIO

Afredo Le Pera, el letrista de muchos tangos y canciones famosos musicalizados y cantados por Carlos Gardel, era, curiosamente, brasileño (nació incidentalmente en San Pablo en 1900, pero a los dos meses de edad ya vivía con sus padres en Buenos Aires; murió, junto con Gardel, en Medellín, Colombia, el 24 de junio de 1935). Y era un poeta mayúsculo, que, si bien no ha caído en el olvido, no ha sido reconocido como merecía. Su asociación con Gardel dio a luz melodías y letras bellísimas, inigualablemente interpretadas por el Zorzal Criollo. ¡Y vivió tan sólo treinta y cinco años!

Como tantos otros grandes textos de tangos, Volvió una noche bien puede calificarse de “clásico”. Sobre este tipo de manifestaciones artísticas, tengo dicho lo siguiente:

Las obras literarias adquieren el rango de “clásicos” cuando se conjugan en ellas la excelencia en el arte de escribir con el tratamiento de las cuestiones más profundas de la naturaleza humana, esencialmente iguales en todo tiempo y lugar; es sobre todo esto último lo que les otorga perdurabilidad, vigencia y actualidad.

Así, en los personajes de la literatura clásica aparecen las pasiones, los sentimientos, las emociones, las grandezas, las miserias y la vicisitudes de los hombres: el amor y el odio; la lujuria, la infidelidad, los celos y el adulterio; la virtud, el honor, la nobleza, el altruismo, la ruindad y la vileza; la sensatez y la locura; la búsqueda de la felicidad, la esperanza y la desolación; el deseo, la frustración y la insatisfacción; el Destino y el Azar; la ambición y el desinterés; la envidia, el crimen, la venganza y el remordimiento; la pequeñez y la mediocridad; la soledad y el miedo; el desaliento, la duda, la angustia y el horror; etc. La vida, en suma (López Olaciregui, Martín: La Grecia antigua. Historia y filosofía al alcance de todos; págs. 325-326, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2010).

En similar sentido, Enrique Espina Rawson sostiene lo siguiente:

No digo nada nuevo al decir que lo que podríamos llamar la “letrística” del tango, desde ya que en referencia a los tangos consagrados por el tiempo, no tiene comparación con la de otros géneros musicales. Las muchas veces complejas cuestiones abordadas y resueltas en menos de tres minutos, desarrollando argumentos y reflexiones filosóficas sobre el transcurrir del tiempo, el amor, la soledad y temas que desde siempre constituyen las preocupaciones humanas, integradas a líneas melódicas de alto valor musical, conforman una vasta, singularísima y homogénea realización artística que no reconoce antecedentes en los cancioneros de ninguna época de ningún otro país (Espina Rawson, Enrique: El tango le dice a Borges; pág. 79, Proa, Buenos Aires, 2011).

Pues bien, dentro de ese universo, Volvió una noche es una historia de amor y desamor, de soledad, de frustración, de fracaso, de desencanto, de desengaño y de desencuentro; y una profunda cavilación sobre el transcurso (destructor) del tiempo (el mismo tema de Esta noche me emborracho, de Discépolo, como veremos luego), puesto que el núcleo de su trama es un gran amor que fue, y que, dolorosamente, no pudo volver a ser.

Volvió una noche, no la esperaba;

Este inicio es una maravilla más de la síntesis y la concisión características de los grandes tangos. En efecto, en apenas seis palabras, Le Pera ya nos introduce de lleno en la historia que nos va a contar. Así, al decir “Volvió una noche, no la esperaba”, va de suyo que la que volvió una noche era una mujer (porque “no la esperaba”). Igualmente obvio es que la que regresó de forma imprevista e intempestiva (“no la esperaba”) había tenido una importante relación sentimental con el narrador, ya que resulta evidente que no se trataba de su madre o de su hermana.

Otras magníficas muestras de aquel poder de síntesis que se me vienen ahora a la memoria son “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando” (frase inicial del tango Sus ojos se cerraron) y la “mujer que al jurar, sonriendo, el amor que está mintiendo” (fragmento de Por una cabeza). Por cierto, ambos textos también le pertenecen a Le Pera.

 

había en su rostro tanta ansiedad,

que tuve pena de recordarle

su felonía y su crueldad.

 

Estos versos nos enteran de nuevos y decisivos datos de la repentina situación vivida por el hombre que relata, transmitidos, también, en poquísimas palabras. La mujer, el antiguo amor del protagonista, estaba muy ansiosa, y él lo advirtió rápidamente con sólo verla (“en su rostro”).

Además, inmediatamente se nos anoticia de que ella había herido profundamente al narrador, ya que, pese a que no se explicita en qué habían consistido “su felonía” (estupendo sustantivo) “y su crueldad”, estos términos denotan inequívocamente que su mala conducta respecto del hombre había sido muy grave.

La cuestión es que esa mujer que tiempo atrás (hasta aquí no se sabe exactamente cuánto tiempo atrás, pero más adelante nos enteraremos de que era mucho) había sido amada por este hombre y, aparentemente, lo había amado (aunque también lo había maltratado emocionalmente), reapareció una noche, abruptamente, en su casa y en su vida -sin duda, cosas como ésta deben ocurrir de noche-, probablemente como consecuencia de un arrebato que la impulsó a volver a ver a su enamorado de antaño en busca de una segunda oportunidad.

Ante esta insólita e impetuosa visita, él, que no había olvidado cuánto lo había hecho sufrir esa mujer, superada la sorpresa inicial, la notó tan entusiasmada y esperanzada con el reencuentro, que -salta a la vista que es un hombre sumamente bondadoso- le dio “pena” “recordarle su felonía y su crueldad”. Es decir, que decidió, por compasión, no echarle en cara su maldad pasada. ¡Todo esto nos comunica Le Pera en tan sólo dieciséis palabras!

Pero hay aún más. Desde “Volvió una noche, no la esperaba” hasta “su felonía y su crueldad” se nos presenta un cuadro que nos genera automáticamente un buen número de imágenes visuales. Así, “vemos” a la mujer, anhelante y excitada; “vemos” al hombre, pasmado y desconcertado, abriéndole la puerta de su casa, y lo “vemos” pensar velozmente y resolver callar los agravios del pasado. “Vemos”, pues, toda la escena que se nos describe, casi como si estuviéramos presenciando una obra de teatro.            

 

Me dijo, humilde: Si me perdonas,

el tiempo viejo otra vez vendrá;

la primavera es nuestra vida,

verás que todo nos sonreirá.

Ella se había hecho unilateralmente “la película”: estaba contenta y exultante, y creía, con una confianza tan absoluta como carente de fundamento, que bastaba con pedir humildemente perdón para que todo volviera a ser como antes. ¿Se sentía muy sola? ¿Había idealizado aquella antigua relación? (algo que es tan común en los seres humanos: idealizar el pasado). ¿Quería reparar un error? ¿Fue en pos de una felicidad perdida y también idealizada? Todas esas posibilidades, y otras, están implícitas en esta parte del poema. (La historia es muy similar a la de otro tango soberbio de otro gran poeta: Como dos extraños, de José María Contursi; y en ambos casos, el intento termina mal).

Fue así que ella, muy convencida de una respuesta positiva por parte del hombre, afirmó, sin vacilaciones, que era perfectamente posible reanudar el vínculo amoroso, mediante un discurso que a mí me deja la sensación de haber sido preparado de antemano y descerrajado raudamente y de corrido. Una vez más: todo esto nos comunica Le Pera en tan sólo cuatro líneas.

 

¡Mentira, mentira!, yo quise decirle,

las horas que pasan ya no vuelven más;

y así mi cariño al tuyo enlazado

es sólo un fantasma del viejo pasado,

que ya no se puede resucitar.

 

Pero hete aquí que ella no había sopesado las mutaciones que produce el paso del tiempo, ni había meditado en que, consecuentemente, la situación no podía ser la misma de antes. Había congelado el ayer, y había creído, a puro voluntarismo, que si le pedía perdón a él y le proponía volver a los años dichosos, ¿cómo la iba a rechazar? Sin embargo, como lo sabremos enseguida, le pasará algo parecido a lo que le ocurrió a la protagonista del ya mencionado Como dos extraños: “Y ahora que estoy frente a ti, parecemos, ya ves, dos extraños. Lección que por fin aprendí: ¡cómo cambian las cosas los años!”.

En efecto, las circunstancias actuales no eran las que la arrepentida había forjado en su cabecita alocada. Y resulta que él es un hombre sensible y bueno, pero, también, realista y racional; y que, en ese momento, tenía los pies bien sobre la tierra; y que se daba cuenta, con gran lucidez, de que el “viejo pasado” era eso, viejo y pasado, no podía retornar, no se lo podía recrear, porque “las horas que pasan ya no vuelven más”.

También estaba muy consciente de que el amor que alguna vez los había unido era sólo un espejismo, “un fantasma”, ya había muerto y, por ende, no se lo podía “resucitar”. Él vio claro todo esto; él pensó, no se confundió, no se “enganchó” en el optimismo sin bases ciertas de ella; de ahí que, para él, lo que ella le dijo era “mentira”, era falso e ilusorio, era una mera fabulación.

Ahora bien, lo más llamativo e interesante de este episodio dramático y teatral es que, después de la perorata inicial de ella, sobreviene un asombroso e impagable diálogo mudo. Él quiso decirle lo que estaba pensando, pero, como veremos a continuación, no se lo dijo, porque continuaba sintiendo lástima por ella, porque no quiso hacerla sufrir, pese a lo que ella le había hecho sufrir a él; no aprovechó la situación para vengarse. Él es, sin duda, un alma noble.

 

Callé mi amargura, y tuve piedad.

Sus ojos azules muy grandes se abrieron;

mi pena inaudita pronto comprendieron,

y con una mueca de mujer vencida,

me dijo: Es la vida. Y no la vi más.

 

Lo dicho: el atribulado narrador calló -calló su “amargura”- por “piedad”, por conmiseración, porque es un buen tipo. No habló, pero su semblante le “dijo” a ella -probablemente en forma involuntaria- que todo lo que ella había supuesto -y expresado- no era más que una quimera autogestionada.

Y, oh sorpresa, ella, hasta entonces presa de su fantasía de colores, “leyó” el oscuro silencio de él; “leyó”, en la evidentemente indisimulada actitud del hombre, su mente y su corazón. Y, así, cayó violentamente en la cuenta de su autoengaño, se percató de su error y, en un santiamén, con la velocidad del rayo, se bajó de su frenesí y de su optimismo, y recobró el buen sentido.

Y en este increíble coloquio no verbalizado, le “contestó” a él lo que él no había dicho; le “contestó” de la misma manera, sin emitir sonido alguno, sólo abriendo “muy grandes” “sus ojos azules”, revelando así que había comprendido lo que él sentía y pensaba, y que había captado su “pena inaudita”. En verdad, Le Pera no dice que ella comprendió su “pena inaudita”, sino que “sus ojos azules” “comprendieron” su “pena inaudita”, regalándonos así un precioso giro poético.

Él, a su vez, comprendió que ella había comprendido. Y ella terminó esta peculiar conversación de mímicas y sobrentendidos “con una mueca de mujer vencida” -una espléndida frase-, que exhibió a las claras la aceptación de su derrota y precedió a su conclusión final, expuesta en forma brevísima y tajante con las únicas palabras que interrumpieron y clausuraron el diálogo gestual (en el que él en ningún momento abrió la boca): las tres palabras que ella empleó para anunciar, con filosófica resignación (y, por cierto, con enorme dignidad) su retirada: “Es la vida”. O sea, ya está, ya entendí, la vida es así, estas cosas pasan, me equivoqué, no sigamos con esto que no conduce a nada.

Este melancólico desenlace demuestra que ella también es muy inteligente y perceptiva, y que había adquirido la sabiduría que da la experiencia bien aprovechada. Y, también, que es brutalmente decidida. Tanto, que desapareció para siempre de la vida de él (“Y no la vi más”). No hubo discusiones, no hubo insistencias, no hubo argumentaciones. Y, como él contará más adelante, tampoco hubo reproches (una actitud muy poco común de parte de una mujer).

Aquí, otra vez, “vemos” la escena teatral y a sus protagonistas: “vemos” la expresión facial de él, seria, triste, apesadumbrada, que contenía una palmaria respuesta negativa a la propuesta emocionada de ella. Y “vemos” la mirada de ella, que trasuntó su despertar a la realidad; “vemos”, también, su “mueca de mujer vencida”. Y, finalmente, la “vemos” y la “oímos” pronunciar, con helada parquedad, aquellas tres palabras definitivas y definitorias que quebraron el mutismo y cerraron el caso con autoridad de cosa juzgada.

          

Volvió una noche, nunca la olvido,

con la mirada triste y sin luz;

y tuve miedo de aquel espectro

que fue locura en mi juventud.

 

Ha transcurrido algún tiempo de aquel regreso inoportuno y desafortunado (circunstancia que Le Pera logra, magistralmente, que surja en forma implícita de la letra), y ahora el hombre evoca aquel momento (“un momento atroz”, como dice Homero Manzi en otro gran tango, Fruta amarga), aquella noche aciaga que no puede extirpar de su memoria (“nunca la olvido”).

Recuerda la mirada de ella, “triste y sin luz”. Seguramente, la mirada final de ella, la que tenía cuando se fue, después de convencerse de que ya estaba todo “dicho”, pese a que él no había dicho absolutamente nada.

Entonces, el hombre trata nuevamente de explicar, o de explicarse, su propia conducta: por qué actuó como actuó, por qué hizo lo que hizo y no hizo lo que no hizo ni dijo lo que no dijo. Pero ahora no insiste con la imposibilidad de regresar al pasado, sino que agrega otra causa de su comportamiento. Ahora confiesa que tuvo “miedo de aquel espectro que fue locura en” su “juventud” (obsérvese que antes Le Pera había calificado al cariño pretérito entre ellos de “fantasma”, voz que, como veremos, es sinónimo de espectro).

Analicemos esta frase por partes. En primer lugar, se deduce que si ella había sido “locura” en la “juventud” de él, es porque él ya no era joven cuando ella volvió; y es dable suponer que ella tampoco. En aquella oportunidad, ambos ya eran viejos, o casi, para la época (como Volvió una noche fue escrito en 1935, cabría conjeturar que tenían entre cuarenta y cinco y cincuenta años). O sea que, cuando ella volvió, había pasado mucho tiempo desde que se habían amado.

En segundo término, es menester precisar el significado de la palabra espectro. El Diccionario de la Real Academia Española la define así: “fantasma (imagen de una persona muerta)”. Para este caso, más exacto, imposible.

En suma: cuando ella volvió, ambos ya eran viejos, o casi, y, para él, ella se había convertido en un fantasma, un “espectro”, un reflejo, una pálida sombra de la mujer que lo había enloquecido cuando ambos eran jóvenes; el devenir y la vida habían producido en ella una transformación sustancial.

Por último, queda flotando esta pregunta: ¿por qué tuvo miedo de ella? Para ser franco, por más que pienso, no le encuentro una respuesta clara a este interrogante.

 

Se fue en silencio, sin un reproche.

Busqué un espejo y me quise mirar:

había en mi frente tantos inviernos,

que también ella tuvo piedad.

 

El hombre sigue meditando sobre aquella infausta noche. Y acota algo que ya sabemos: que ella “Se fue en silencio, sin un reproche”. Lo de “sin un reproche” ya lo he comentado. En cuanto a “Se fue en silencio”, parece reafirmar y enfatizar aquel diálogo igualmente silencioso anterior a la sentencia final e inapelable de ella (“Es la vida”).

Y ahora, él cuenta lo que hizo inmediatamente después: quizás para entender mejor la partida de ella, tan súbita y brusca como su llegada, quiso verse en un espejo para ver qué había visto ella en él, cómo lo había visto ella.

Y al verse en el espejo descubre algo terrible, aunque es probable que lo sospechara. Descubre que también él era un “espectro”, un fantasma, una sombra; que también a él le habían pasado los años y los pesares de la existencia, y que eso había quedado grabado en su rostro (en su “frente”); que ella había sentido al verlo lo mismo que él al verla a ella; que ella había visto a un hombre mayor transido, golpeado y cansado; que, quizás, él estaba “acobardado como un pájaro sin luz”, como el protagonista de Naranjo en flor, del colosal Homero Expósito; que, por eso, “también ella tuvo piedad” (y, tal vez, también miedo), porque el tiempo, que degrada, también había dejado su despiadada huella en él. El tiempo y esa “herida absurda” que es la vida, según la antológica definición del inmenso Cátulo Castillo en su tango La última curda.

Pero, para decir todo esto, el autor de Volvió una noche no escribió “había en mi cara (o en mi aspecto) tantos años y tantas penas”, sino “había en mi frente tantos inviernos”. ¡Qué metáfora deslumbrante! No voy a decir nada para explicarla, habla por sí sola y es una genialidad literaria, que pone, literalmente, la piel de gallina. Así, el gran Le Pera nos transmite -una vez más, con admirable economía de términos- que había en el semblante de aquel hombre ambas cosas -años y pesadumbres- o, para decirlo de otra forma, envejecimiento, fatiga vital, esplín (bella españolización del vocablo inglés spleen, que significa “melancolía, tedio de la vida”, usado también por otro eximio poeta, Horacio Ferrer, en Balada para mi muerte: “Moriré en Buenos Aires, será de madrugada; guardaré mansamente las cosas de vivir: mi pequeña poseía de adioses y de balas, mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín”).

ESTA NOCHE ME EMBORRACHO

Sola, fané y descangallada,

la vi esta madrugada

salir de un cabaré;

flaca, dos cuartas de cogote

y una percha en el escote

bajo la nuez;

chueca, vestida de pebeta,

teñida, y coqueteando su desnudez.

¡Parecía un gallo desplumao,

mostrando al compadrear

el cuero picoteao!

Y yo que sé cuándo no aguanto más,

al verla así, rajé,

pa’ no llorar.

¡Y pensar que hace diez años

fue mi locura,

que llegué hasta la traición

por su hermosura!

¡Que esto que hoy es un cascajo

fue la dulce metedura

donde yo perdí el honor;

que, chiflao por su belleza,

le quité el pan a la vieja,

me hice ruin y pechador!

¡Que quedé sin un amigo,

que viví de mala fe,

que me tuvo de rodillas,

sin moral, hecho un mendigo,

cuando se fue!

Nunca pensé que la vería

en un requiescaimpache

tan cruel como el de hoy.

¡Miren si no es pa’ suicidarse

que por ese cachivache

sea lo que soy!

Fiera venganza la del tiempo,

que le hace ver deshecho

lo que uno amó.

¡Y este encuentro me ha hecho tanto mal,

que si lo pienso más

termino envenenao!

¡Y esta noche me emborracho bien,

me mamo bien mamao,

pa’ no pensar!  

 

Música y letra: Enrique Santos Discépolo. Escrito en 1928

 

COMENTARIO

Esta noche me emborracho es otra realización monumental de Enrique Santos Discépolo, en la que, nuevamente, su incomparable genio brilla en todo su esplendor.

Al igual que Le Pera en Volvió una noche, aunque con mayor énfasis aún, en Esta noche me emborracho Discépolo aborda el tema filosófico y clásico del inexorable paso del tiempo y sus devastadores efectos. En este caso, sobre el físico de una mujer que, como se verá más adelante, diez años atrás “fue (…) locura” del protagonista, como la que “Volvió una noche” lo fue en la juventud del narrador de este último tango. La idea es la misma, y en ambas piezas está expresada con palabras similares.

 

Sola, fané y descangallada,

la vi esta madrugada

salir de un cabaré;

En este fragmento inicial, el relator nos cuenta que en la pasada madrugada ha visto a una mujer -a la que, evidentemente, conocía- salir, extemporáneamente, de un “cabaré”.

Antes de continuar, consignemos que el Diccionario de la Real Academia Española define al término cabaré como “Local nocturno donde se bebe y se baila y en el que se ofrecen espectáculos de variedades”. Además, aclara que cabaré proviene de la palabra francesa cabaret (es decir, que cabaré es la españolización de cabaret), aunque cabaret también figura en el mismo Diccionario como sinónimo de cabaré. Como la acepción antes transcripta está en la voz cabaré, es dable inferir que la Real Academia Española acepta ambos términos (cabaré y cabaret), pero prefiere el españolizado, cabaré.

Hecha esta digresión lingüística, digamos que lo primero que el narrador de Esta noche me emborracho nos informa no es sólo que vio a una conocida salir de madrugada de un cabaré, sino que la mujer en cuestión estaba “Sola, fané y descangallada”. Tan sólo cuatro palabras con las que comienza una descripción antológica de la susodicha, como veremos luego.

Esas primeras cuatro palabras son una proeza más de la síntesis poética característica de los grandes tangos, sobre la que ya he hecho abundante hincapié en los comentarios anteriores, ya que con semejante grado de brevedad y concisión se nos hace saber que la observada es una mujer (puesto que está “sola” y “descangallada”) -lo que también nos indica, con casi total seguridad, que quien la ha visto es un hombre- y se nos pone ampliamente en autos de su calamitoso estado.

Más aún -y al igual que en Volvió una noche-, esas primeras cuatro palabras, sumadas a las que siguen (“la vi esta madrugara salir de un cabaré”), ya generan en nuestra mente una escena teatral o cinematográfica, puesto que al leerlas o escucharlas, también nosotros “vemos” a una mujer sin compañía y físicamente arruinada saliendo de madrugada de un cabaré.

Haré aquí otro alto para referirme a los pintorescos adjetivos fané y descangallada, pertenecientes al más rancio lenguaje lunfardo porteño. De acuerdo con el Novísimo diccionario lunfardo de José Gobello y Marcelo H. Oliveri (Corregidor, Buenos Aires, 2004), el término fané proviene del francés se faner -que significa “perder la propia belleza” (como, efectivamente, le había pasado a la “Sola, fané y descangallada”)-, y denota “desgastado, deteriorado, venido a menos”. Y, según el mismo diccionario, la voz descangallado deriva del término portugués escangalhado, que quiere decir “quebrantado, roto” y, además, algo muy parecido a fané: “deteriorado, estropeado, menoscabado”.

flaca, dos cuartas de cogote

y una percha en el escote

bajo la nuez;

chueca, vestida de pebeta,

teñida, y coqueteando su desnudez.

¡Parecía un gallo desplumao,

mostrando al compadrear

el cuero picoteao!

Pues bien, con “Sola, fané y descangayada, la vi esta madrugada salir de un cabaré” ya tenemos un anticipo y una clara introducción al asunto de esta historia. Pero sólo un anticipo y una introducción, porque la notable riqueza expresiva de esta primera frase no le basta al horrorizado testigo para transmitirnos cabalmente la impresión que había recibido ante tan bochornosa aparición, razón por la cual necesita enterarnos de la forma más vívida, cruda, enfática y detallada posible el cuadro deplorable que se había presentado ante sus ojos aquella madrugada y, así, hacernos partícipes de su conmoción y su consternación.

Entonces, arranca su feroz descripción de la funambulesca y dantesca criatura que se ha cruzado inesperadamente en su camino. Comienza resaltando la flacura de la mujer -una flacura que, como sabremos luego, estaba asociada a la vejez-, que, así desprovista de carnes, puro hueso, muestra un cuello delgado y largo (“dos cuartas de cogote”, consigna Discépolo, en una frase tan gráfica como feliz), debajo del cual, en el “escote”, hay… ¡“una percha”! (sensacional comparación). Y, para colmo, ¡tiene “nuez”!

Pero eso no es todo, y el hombre sigue adelante con su cruel descripción, como si quisiera regodearse en el aspecto de aquel mamarracho. Por eso, agrega que era “chueca”, que estaba disfrazada de “pebeta”, que estaba “teñida”, y que ¡coqueteaba “su desnudez”! (Con “su desnudez” se nos notifica -una vez más, con magnífica parquedad- de que el esperpento dejaba ver bastante de su piel).

En cuanto al término chueco -y su femenino-, figura en el Diccionario de la Real Academia Española, en el cual se dice que es un americanismo y que quiere decir “estevado”, adjetivo al que, en el mismo Diccionario, se le adjudica el siguiente significado: “Que tiene las piernas arqueadas a semejanza de la esteva, de tal modo que, con los pies juntos, quedan separadas las rodillas”. Respecto de pebeta, si bien es un lunfardismo bastante conocido, no está de más aclarar que es una deformación de piba, y que, como esta última palabra, se refiere a una niña o a una mujer joven.

Prosigamos con la letra. No contento con todo lo anterior, el espantado protagonista quiere aventar toda duda sobre el estado terminal del bagayo (“mujer fea”, en el lunfardo argentino) en cuestión, razón por la cual a continuación se va a ocupar de su actitud, para lo cual añade otro brutal parangón, por si acaso no hayamos comprendido bien de qué se trata. Así, compara al adefesio con “un gallo desplumao” (la figura es tan buena como dura), que -o inconsciente de su desagradable exterior o con un nulo sentido del ridículo- compadrea; es decir, se pavonea, exhibe y ostenta seductoramente su horrible figura y su vieja piel, que semeja “el cuero picoteao” de “un gallo desplumao”. Ahora sí tenemos la imagen completa, y nos queda más que claro que la mujer es -al menos, a los ojos de su observador- feísima, grotesca, patética y decadente, y que actúa de una forma totalmente desubicada.

Aquí corresponde hacer otro breve paréntesis para referirnos al verbo lunfardo compadrear. En su ya mencionado diccionario, Gobello y Oliveri dicen que compadrear es “Hacer ostentación de las propias cualidades”. En otro orden, cabe apuntar que Discépolo -como lo reiterará más adelante en este mismo tango y, también, en Cambalache– gusta de deformar ciertas palabras para adaptarlas al uso popular de su tiempo, como es el caso, en el pasaje bajo comentario, de desplumao y picoteao, en las que omite la letra d.

En suma, en esta primera parte de Esta noche me emborracho el autor ha hecho una descripción literariamente superior e inolvidable de aquella mujer, con la cual ha producido en nuestra mente una imagen visual inmediata y perfecta.

 

Y yo que sé cuándo no aguanto más,

al verla así, rajé,

pa’ no llorar.

                                           

Bien, ahora ya sabemos lo que antes sospechábamos sin mayor dificultad: el hombre ha contemplado, estupefacto y aterrado, la increíble degradación física y moral de esta fémina, a la que vuelve a ver después de diez años. Y luego de contarnos lo que ha contemplado, nos comunica que se sintió incapaz de seguir presenciando semejante espectáculo, que no pudo soportarlo y, consecuentemente, que huyó despavorido para no ponerse a llorar.

Claro que no lo dice así, sino en lunfardo. Por tanto, no dice “huí” o “escapé”, sino “rajé”; y tampoco dice “para no llorar”, sino “pa’ no llorar”. En la voz rajar, el Diccionario de la Real Academia Española incluye, entra otras, la siguiente acepción (no sin antes aclarar que se trata de una expresión coloquial que se usa en la Argentina, Bolivia, el Paraguay y el Uruguay): “Irse de un lugar precipitadamente y sin que nadie lo advierta”. En cuanto a pa’, Enrique Santos vuelve a echar mano del lenguaje popular y, para ello, apocopa de esa manera la preposición para.

¡Y pensar que hace diez años

fue mi locura,

que llegué hasta la traición

por su hermosura!

¡Que esto que hoy es un cascajo

fue la dulce metedura

donde yo perdí el honor;

que, chiflao por su belleza,

le quité el pan a la vieja,

me hice ruin y pechador!

¡Que quedé sin un amigo,

que viví de mala fe,

que me tuvo de rodillas,

sin moral, hecho un mendigo,

cuando se fue!

                                              

Después de contarnos que se rajó para no llorar, nuestro acongojado amigo empieza, atravesado por un hondo dolor, una honda amargura y una honda desolación, a recordar, y a explicarnos el porqué de su estado de ánimo.

Así, nos entera de que ese “monstruo” que ha visto la madrugada pasada al salir de un cabaré fue, diez años atrás, una mujer hermosísima, por cuya belleza él había enloquecido de deseo y de amor, lo que le había hecho perder el juicio e incurrir en las peores estupideces y bajezas en las que pueden caer quienes se enamoran sin medida de la persona equivocada (es un gravísimo error amar a quien no nos ama, pero son muy pocos los que logran no cometerlo).

Su angustia deviene, pues, de comprobar que aquella beldad que trastornó su vida entera se había convertido, apenas diez años después, en este “cascajo”. Pero él no dice “este cascajo”, sino “esto que hoy es un cascajo”, acentuando así su desprecio y repulsión: ya no es una mujer; ya no es, ni siquiera, una persona; es una ruina; es un “esto”, una cosa.

Creo que cualquiera capta el sentido básico de la palaba cascajo; pero, ¿qué es, exactamente, un cascajo? El término figura en el Diccionario de la Real Academia Española, en el cual se le otorgan, entre otros, estos dos significados, que convienen al de la letra que estamos analizando: “trasto o mueble viejo” y “decrépito”. Por su parte, en su Diccionario del lunfardo (Planeta, Buenos Aires, 2002), Athos Espíndola plasma estas acepciones: “Artefacto o vehículo viejo en mal estado” y, por extensión, “persona vieja, achacosa” y “persona arruinada físicamente”; y aclara que proviene del español, “Vasija, trasto o mueble roto o inútil”.

La cuestión es que “esto que hoy es un cascajo” y hace diez años fue una mujer despampanante le había provocado a nuestro hombre, en aquella época pasada, una “dulce metedura. Nos encontramos aquí con otro distinguido vocablo lunfardo. Según Gobello y Oliveri, meterse es “Enamorarse de alguien”; y, para Athos Espíndola, metedura -y sus sinónimos metejón y metida– denotan “Apasionamiento amoroso”.

También nos dice el narrador que estuvo “chiflao” por la belleza del actual espantajo. Nuevamente, Discépolo adopta el modo popular porteño de omitir la letra d en determinadas palabras; así, escribe “chiflao” en vez de chiflado y, más adelante, reiterará el recurso con “envenenao” y “mamao”. Chiflao es, entonces, chiflado, voz a la que el Diccionario de la Real Academia Española le asigna estos dos significados, no sin antes aclarar que se trata, en ambos casos, de un término coloquial: “Dicho de una persona: Que tiene algo perturbada la razón” y “Dicho de una persona: Que siente atracción exagerada por algo o por alguien” (aquí se pone el siguiente ejemplo: “Es un chiflado de la música”). Me parece que ambos sentidos son aplicables al uso que le da Enrique Santos a esta palabra, aunque el más apropiado, en el contexto de su tango, es el segundo.

Volviendo a Esta noche me emborracho, vemos que nuestro hombre rememora las barbaridades y tropelías que perpetró por su irracional y descontrolada metedura, su locura y su chifladura, por haber estado descontrolada y desorbitadamente prendado de la pasada hermosura del hoy cascajo.

Sin embargo, no refiere hechos concretos, sino, en términos generales, conductas despreciables y abyectas. Nos informa, en tal sentido, que traicionó (no se sabe a quién), que perdió “el honor”, que se hizo “ruin y pechador”, que se quedó sin amigos, que vivió “de mala fe”; o sea, que se transformó en un miserable, un canalla.

Y, además, que, en el colmo de los colmos, ¡le quitó “el pan a la vieja”!; es decir, que ¡le sacó la comida a su madre! Esto es lo peor de todo, es imperdonable, es un pecado mortal para cualquier tanguero de ley de aquella época, ya que “la vieja” es sagrada. “La vieja” es, justamente, la mujer buena, contrapuesta a las mujeres malas, las que nos hacen traicionar, perder el honor, etc.

Encima, hace diez años, “esto que hoy es un cascajo” lo humilló -y él se autohumilló- de la peor manera. Evidentemente, lo dejó; y, cuando le comunicó que lo dejaba, él cayó en la peor de las vergüenzas: suplicó “de rodillas”, rogó como “un mendigo”, perdió la poca “moral” que le quedaba.

Antes de continuar, detengámonos un momento en el lunfardismo pechador. Para Athos Espíndola, pechar es “pedir dinero”. Para Gobello y Oliveri, denota “Pedir, solicitar algo gratuitamente”, y pechador es el “Habituado a pechar”.

 

Nunca pensé que la vería

en un requiescaimpache

tan cruel como el de hoy.

¡Miren si no es pa’ suicidarse

que por ese cachivache

sea lo que soy!

Después de este recuento de las calamidades sufridas a causa de su metejón con la deslumbrante malvada de otrora, el hombre vuelve al momento actual, a lo que ha presenciado. Y dice que nunca pensó que “la vería en un requiescaimpache tan cruel como el de hoy”. Y concluye, con toda lógica, que es “pa’ suicidarse que por ese cachivache” él se haya convertido en una piltrafa.

Athos Espíndola dice que requiescaimpache “Es un fonetismo de la expresión latina requiescat in pace (‘descanza en paz’), que se aplica en la liturgia como despedida a los muertos”. Yo agrego que requiescat in pace es una leyenda que suele inscribirse en las tumbas o sepulcros, generalmente escrita con el acrónimo RIP, al igual que QEPD. ¿Y qué es un fonetismo? Según el Diccionario de la Real Academia Española, es una “Adaptación de la escritura a la más exacta representación de los sonidos de un idioma”.

Sigue explicando Espíndola que requiescaimpache significa “Hallarse alguien en un estado físico deplorable, como próximo a la muerte”, definición perfectamente ajustada al sentido con el que Discépolo emplea esta singular e ingeniosa expresión.

En cuanto a cachivache, figura en el Diccionario de la Real Academia, en el cual se leen estas dos definiciones: la primera, despectiva, “Cosa rota o inservible”; la segunda, coloquial, “Persona grotesca, embustera e inútil”. Athos Espíndola, por su parte, le atribuye estas otras: “Dícese de lo que es ordinario, que no sirve o que funciona mal”; por extensión, “Cosa desvencijada, dañada por el tiempo o por el uso, estropeada; extensivo a personas, muy venido a menos”; y aclara que proviene del español, cachivache, “Vasija, utensilio, trebejo roto o arrinconado por inútil”. Es evidente que “extensivo a personas: muy venido a menos” es la acepción que mejor se aviene al uso de esta palabra en Esta noche me emborracho                                       

Fiera venganza la del tiempo,

que le hace ver deshecho

lo que uno amó.

  

Esta inspirada frase poética contiene, en forma tan sintética como precisa, la honda reflexión filosófica que constituye el asunto central de este tango. Reitero, entonces, que, como en Volvió una noche, también aquí los temas -clásicos- son el amor y la destrucción que ocasiona el impiadoso paso del tiempo; en este caso, en la hermosura femenina (y en el amor).

Como años después lo hará en Cambalache, Enrique Santos encuentra un adjetivo tan inusual como certero, original y creativo, apuntándose así una deliciosa perla literaria. En efecto, si en Cambalache calificará a la “maldad” de “insolente”, aquí dice que la “venganza” del “tiempo” es “fiera”. Una soberbia combinación de sustantivo y adjetivo. Fiera es, a mi juicio, “feroz, terrible, brutal”. Y la venganza del tiempo es fiera porque deshace los cuerpos, deshace “lo que uno amó”. Y podríamos conjeturar que el tiempo odia a la belleza y, por eso, la destruye, se venga de ella.

La moraleja de este tango me recuerda aquella vieja reflexión de la sabiduría popular según la cual antes de unirse a una mujer con perspectivas de pareja estable y duradera, hay que mirar bien a su madre.   

 ¡Y este encuentro me ha hecho tanto mal,

 que si lo pienso más

 termino envenenao!

 ¡Y esta noche me emborracho bien,

 me mamo bien mamao,

 pa’ no pensar!  

 

No hay mucho que decir sobre esta estrofa final. El pobre hombre, conmovido y destrozado por lo que ha visto, decide que lo único que puede hacer para calmar su angustia es ahogar su pena en el alcohol -emborracharse, bah- para tratar de olvidar, para no seguir pensando en la sórdida revelación recibida en aquella nefasta madrugada, para no terminar “envenenao”.

En cuanto al verbo mamar, Gobello y Oliveri dicen que es una “Voz de origen campesino, que asimila la acción de mamar el niño con la de beber directamente de la botella”. Para la Real Academia Española es, entre otras acepciones, un término coloquial que denota “Emborracharse, beber hasta trastornarse los sentidos” (una definición muy apropiada para lo que quiere decir Discépolo); y mamado, en el lenguaje vulgar, “ebrio, borracho”.

 

FUIMOS

Fui como una lluvia de cenizas y fatiga

en las horas resignadas de tu vida;

gota de vinagre derramada,

fatalmente derramada,

sobre todas tus heridas.

Fuiste, por mi culpa,

golondrina entre la nieve,

rosa marchitada por la nube que no llueve.

Fuimos la esperanza que no llega,

que no alcanza,

que no puede vislumbrar su tarde mansa.

Fuimos el viajero que no implora, que no reza,

que no llora; que se echó a morir.

Vete. ¿No comprendes que te estás matando?

¿No comprendes que te estoy llamando?

Vete. No me beses, que te estoy llorando,

y quisiera no llorarte más.

¿No ves que es mejor que mi dolor quede tirado

con tu amor, librado de mi amor final?

Vete. ¿No comprendes que te estoy salvando?

¿No comprendes que te estoy amando?

No me sigas, ni me llames, ni me beses,

ni me llores, ni me quieras más.

Fuimos abrazados a la angustia de un presagio

por la noche de un camino sin salida;

pálidos despojos de un naufragio

sacudidos por las olas del amor y de la vida.

Fuimos empujados por un viento desolado,

sombras de una sombra que volvía del pasado.

Fuimos la esperanza que no llega,

que no alcanza,

que no puede vislumbrar su tarde mansa.

Fuimos el viajero que no implora, que no reza,

que no llora; que se echó a morir.

 

Música: José Dames. Letra: Homero Manzi. Escrito en 1945.

 

COMENTARIO

Homero Manzi fue un poeta colosal. Sus letras de tango son poesía de alto vuelo, y era un maestro de la metáfora y la comparación. Por ejemplo, la inolvidable “el alma está en orsái”, de Che, bandoneón. Por otra parte, no sólo escribió grandes poemas; también hizo muchas e importantes cosas más en su cortísima y fructífera vida (militancia política en FORJA, guiones de películas, etc.). Y digo “cortísima”, porque murió a los cuarenta y tres años.

Fuimos es una obra literaria de excepcional calidad y un festival de alegorías originalísimas. Y es, además, uno de los varios tangos que Homero Manzi le dedicó a la cantante Nelly Omar (no públicamente), pero esto último requiere de una aclaración.

Resulta que Homero y Nelly fueron amantes, y estuvieron profunda y mutuamente enamorados. Ambos estaban casados cuando se conocieron y flecharon. Nelly, mucho más resuelta y audaz, se separó de su marido; Manzi, en cambio, nunca se decidió a dejar a su mujer por Nelly, causándole a ésta un prolongado tiempo de sufrimiento y frustración (esta historia está muy bien contada en la obra de teatro Manzi, la vida en orsái, protagonizada por Jorge Suárez -un formidable actor- y Julia Calvo).

Plenamente consciente de ello, Homero vertió en varias de sus creaciones tangueras su culpa, su arrepentimiento, su remordimiento y su ruego de perdón por el daño que le ocasionaba a su amada. Y expresó estos fortísimos sentimientos de una forma tan poética, que parece imposible hacerlo mejor.

 

Fui como una lluvia de cenizas y fatiga

en las horas resignadas de tu vida;

gota de vinagre derramada,

fatalmente derramada,

sobre todas tus heridas.

 

 En Fuimos, Homero Manzi “habla” con Nelly Omar; le cuenta lo que pasó entre ellos y lo que le pasó a él. Empieza reconociéndole que él fue para ella algo así como una catástrofe natural. ¡Y cómo lo hace! Le dice “fui como una lluvia”; o sea, como un fenómeno de la Naturaleza -y, como tal, incontrolable e inevitable- que se descargó sobre Nelly lastimándola y dañándola.

¿Qué tipo de lluvia fue la que Homero desencadenó sobre Nelly? No de agua, no; fue, dice él, de “cenizas y fatiga”. La palabra cenizas queda poéticamente perfecta, aunque a mí no me queda claro lo que Manzi quiso decir con ella (a veces no se puede decodificar intelectualmente la poesía, y sólo cabe sentirla, como en este caso). Lo de “fatiga” parece más sencillo de comprender: entiendo que Homero quiso significar con esa palabra que le produjo a Nelly cansancio y agotamiento nervioso por una expectativa siempre desbaratada, por una situación de infelicidad que nunca se resolvía.

Luego de admitir que para Nelly él fue “como una lluvia de cenizas y fatiga”, Manzi agrega que lo fue “en las horas resignadas” de su “vida”. ¿Qué sentido cabe darle aquí al adjetivo resignadas? Para el Diccionario de la Real Academia Española, resignar significa tanto “Someterse, entregarse a la voluntad de alguien”, como “Conformarse con las adversidades”. Creo que la primera denotación resulta la más apropiada para la letra de Fuimos, porque pienso que Nelly nunca se conformó con ser “la otra”, la amante, ni con la imposibilidad de estar y de vivir junto a su amado abiertamente, no clandestinamente, no a escondidas, no ocultamente, no en los términos de un amor prohibido; pero sí se sometió, al menos por un tiempo, a esa relación irregular y frustrante determinada por la voluntad indecisa de Homero.

Pero el autor no quiere quedarse corto en su confesión (en otro de los tangos dedicados a Nelly, Fruta amarga, le dice: “en un instante atroz te hice llorar”). Para transmitir mejor el sufrimiento que le causó a su querida, recurre a una fantástica comparación: dice que él fue como una “gota de vinagre derramada” -y enfatiza: “fatalmente derramada”- “sobre todas” sus “heridas”. ¡Qué expresión extraordinaria! Aquí, Manzi se acusa a sí mismo de una crueldad imperdonable, porque, no contento con haber herido a Nelly, ¡derramó vinagre sobre sus heridas!; es decir, le añadió más dolor al dolor, agravó el tormento de su amada (no es necesario aclarar lo que produce una gota de vinagre sobre una herida).

 

Fuiste, por mi culpa,

golondrina entre la nieve,

rosa marchitada por la nube que no llueve.

 

Ahora, Homero admite aún más explícita y expresamente su responsabilidad: dice que por su “culpa” Nelly fue como una “golondrina entre la nieve”. ¡Por Dios, qué imagen! Como todos sabemos, las golondrinas migran huyendo de los lugares fríos para buscar los cálidos. Para una golondrina, entonces, la nieve es agonía y muerte. Esta expresión, “golondrina entre la nieve”, sugiere, entonces, un ave bella y grácil atrapada por otro fenómeno natural del que no puede defenderse, la nieve, el mayor frío posible, que le impide volar y que, helada e inerme, la hará sucumbir.

Y agrega Manzi, durísimamente autocrítico, que, también por su “culpa”, Nelly fue como una “rosa marchitada por la nube que no llueve”. Esto es poesía muy difícil de empardar. Nelly era una rosa, es decir, una flor hermosa y espléndida, que, como toda flor, necesita de la lluvia, porque, si no recibe agua, se marchita, se extingue. Y la “nube que no llueve” es él, Homero, que no le dio el amor que ella necesitaba, que la privó de la vida feliz juntos que él nunca se animó a llevar con ella.

Otra vez, el autor equipara su conducta respecto de Nelly a episodios climáticos a los que no se puede combatir: antes fue la “lluvia”; luego, “la nieve”; y ahora, nuevamente la lluvia. Pero si antes Nelly era víctima de “una lluvia de cenizas y fatiga”, ahora lo es -en una curiosa contraposición, quizás no deliberada- de la falta de lluvia, de “la nube que no llueve”, que, así, le niega a la rosa el agua que necesita imprescindiblemente para subsistir. En suma, así, como una rosa que se marchita porque no llueve, dice Manzi que por su “culpa” se “marchitó” Nelly esperando paciente e infructuosamente que él “blanqueara” su relación.     

 

Fuimos la esperanza que no llega,

que no alcanza,

que no puede vislumbrar su tarde mansa.

Fuimos el viajero que no implora, que no reza,

que no llora; que se echó a morir.

 

Estos párrafos de Fuimos son alucinantes. Cuenta Homero que él y Nelly no tuvieron una “esperanza”, sino que fueron una “esperanza”. Una “esperanza”, que, por obra y gracia del mismo Manzi, no se concretó nunca, se quedó en “esperanza”; una “esperanza” trunca, que no llegó, que no alcanzó. Que no pudo “vislumbrar su tarde mansa”. Exquisita manera de decir que “la esperanza” que ellos fueron ni siquiera pudo arrimarse a esa meta tan ansiada que era el amor sin obstáculos y a la luz del día, y la consiguiente paz; o sea, “su tarde mansa” (bellísima metáfora para mencionar esa paz). ¡Qué maravillosa frase! Querido Homero Manzi, le hayas hecho lo que le hayas hecho a la pobre Nelly, tu genialidad literaria está fuera de toda discusión.

Tras cartón, el poeta acude a una nueva comparación, que grafica y resalta aún más el trágico fin de “la esperanza”. Compara su situación y la de Nelly a la de un “viajero” que ya ha perdido definitivamente su fe en la posibilidad de llegar a su destino y de salvarse, que se ha rendido porque sus fuerzas lo han abandonado y, por tanto, ya “no implora”, ni “reza”, ni “llora”, sino que, simplemente, se echa “a morir” (como en tantos otros grandes tangos que nos generan imágenes visuales, esta figura me trae inmediatamente a la mente a un hombre que camina por un desierto y, ya agotado en cuerpo y espíritu, incapaz de seguir luchando por su vida, se tira al suelo para dejarse morir).

Como la del “viajero”, Homero dice que “la esperanza” que fueron él y Nelly sucumbió ante factores externos que la tornaron irrealizable. O sea, que, según Manzi, su relación clandestina nunca dejaría de serlo, su mutuo amor nunca llegaría a buen puerto, puesto que ese final dichoso era imposible.

Ahora bien, adviértase que en estas estrofas Homero cambia inesperadamente de parecer y se contradice con las anteriores. En efecto, ahora afirma que “la esperanza” había muerto, pero ya no por su “culpa”, sino porque cualquier esfuerzo era inútil en virtud de que “la esperanza” ya estaba sentenciada de antemano por una predestinación invencible. Y, en consecuencia con este nuevo punto de vista, dice que decidieron (o decidió él) dejar de implorar, de rezar, de llorar y de luchar contra ese final irremediable e inexorable.

Dicho en otras palabras, ahora Manzi le atribuye el fracaso de su relación con Nelly a una fatalidad ingobernable, y considera que esa desventura (“la dura desventura de los dos”, como dice el gran Cátulo Castillo en otro tango sensacional, Una canción) se debió a poderes ajenos a ellos e insuperables. Más delante volveré sobre esta cuestión.

Vete. ¿No comprendes que te estás matando?

¿No comprendes que te estoy llamando?

Vete. No me beses, que te estoy llorando,

y quisiera no llorarte más.

   

Terminada la explicación anterior sobre lo ocurrido en su relación con Nelly, Homero vuelve al presente y se dirige a ella con la clara intención de cortar por lo sano y terminar con este suplicio. Ya sea porque no quiere o no puede dejar a su mujer, ya sea porque fuerzas superiores lo han sentenciado a priori, lo cierto es que considera que concretar su mutuo amor con Nelly sin trabas ni tapujos es una misión imposible. Ésa es la triste realidad, y no tiene solución. Por tanto, decide que es preciso terminar con este estado de cosas: ya basta, exterminemos definitivamente “la esperanza” y dejemos de sufrir inútilmente.

En consecuencia, Manzi le pide a Nelly que se vaya, que no insista, que no padezca más, que se resigne (en el sentido de que se conforme), porque es evidente que la batalla está irremisiblemente perdida, porque seguir así es peor para ella, porque la situación la está “matando”; porque ella misma se está “matando”.

Sin embargo, a renglón seguido, Homero pierde la coherencia de su discurso y la fortaleza de su voluntad. Inesperadamente, deja de tener las cosas tan claras y se confunde. Su razón le dice que hay que terminar ya, pero su corazón flaquea y no lo deja actuar tan fríamente (“El corazón tiene razones que la razón no entiende”, decía el filósofo francés Blaise Pascal).

Por eso, de repente parece no saber lo que quiere, e incurre en una flagrante contradicción: por un lado, le pide a Nelly que, por su propio bien, se aleje, y que no se dañe más a sí misma; y, por el otro, le dice que la está “llamando”. En ese trance de duda, quiere y no quiere poner fin a la relación. Tiene una gran lucha interna: la razón lo impulsa a hacerlo, pero el corazón le nubla la mente. Rechaza a Nelly y, al mismo tiempo, la llama. En su interior, el sentimiento y la lógica libran un duro combate. Andate, pero quedate. Con lo cual aumenta también el desconcierto de la pobre Nelly.

Pero, inmediatamente después, se recompone y vuelve a pedirle a Nelly que se vaya. También le pide que no lo bese (al parecer, Nelly lo estaba besando), porque quiere, con su mente, separarse de ella, y ya está “llorando” por esa terrible determinación. Y quiere no llorarla más; o sea, olvidarla, enviarla al pasado, no penar más por no ser capaz de corresponder al deseo de ella.

 

¿No ves que es mejor que mi dolor quede tirado

con tu amor, librado de mi amor final?

Vete. ¿No comprendes que te estoy salvando?;

¿no comprendes que te estoy amando?

No me sigas, ni me llames, ni me beses,

ni me llores, ni me quieras más.

 

Pasado el lapsus de debilidad, Manzi vuelve a argumentar ante Nelly acerca de la conveniencia de la ruptura; ahora, ya sin el contrapeso del corazón, al que, aparentemente, ha logrado acallar. Quiere convencerla de que cortar de cuajo su vínculo sentimental es lo mejor que ambos pueden hacer en su propio beneficio. Aunque, francamente, no alcanzo a comprender la primera parte de la primera pregunta de este fragmento (“¿No ves que es mejor que mi dolor quede tirado con tu amor…?”).

En cuanto a lo que sigue -“librado de mi amor final”-, me voy a tomar la licencia de interpretar libre y subjetivamente los dichos de Homero. Creo que, así diciendo, añade un nuevo motivo para fundar su postura: no sólo es en vano continuar persiguiendo algo ilusorio, sino que, aun cuando fuera posible, aun cuando, por milagro, se materializara, tendríamos otro problema: no funcionaría, porque “mi amor final” también te haría mal. Algo así como reconocer su ineptitud para responder con equivalencia al amor de Nelly, como si estuviera convencido de que el amor de Nelly es muy superior al suyo.

A mi juicio, esta suposición se refuerza con la exhortación “¿No comprendes que te estoy salvando?”, mediante la cual parecería que lo que Manzi quiere decirle a Nelly es lo siguiente: pensá, date cuenta de que nuestra separación es el mal menor, con el paso del tiempo lo verás; date cuenta de que “te estoy salvando” de algo más grave que este angustioso presente, ya que, aun en el supuesto caso de que lográramos formar una pareja socialmente aceptada, también voy a hacerte sufrir, porque mi amor nunca será tan grande como el tuyo, y porque, si nuestra relación dejara de ser ilícita, se aburguesaría, sería presa de la costumbre y de la monotonía, ya que es lo que es ahora justamente porque es prohibida y, sin ese miedo, sin esa emoción, sin el peligro, sin la excitación que le da su carácter furtivo, perderá todo su encanto y su gracia, y será, como cualquier otro matrimonio, rutinario, tedioso, opaco y denso.

Barrunto, entonces, que, por eso, inmediatamente después, cuando le dice “¿No comprendes que te estoy amando?”, quiere significarle esto: lo que estoy haciendo ahora, al pedirte que te vayas, es amarte; porque te amo     -no tanto como vos a mí, pero te amo-, voy a decidir lo que es mejor para vos.

Y, finalmente, Homero se pone firme, tajante y algo impiadoso, y formula estas órdenes demoledoras: “No me sigas, ni me llames, ni me beses, ni me llores, ni me quieras más”. ¡Durísimo! O sea, basta, ya está, ya te expliqué todo lo que había que explicar, lo hayas comprendido o no; mi resolución es definitiva, así que entrá en razones, abandoná, desprendete, “No me sigas”, no “me llames”, no “me beses” (tal parece que Nelly seguía besándolo), no me “llores”. Y termina con esta conclusión brutal: no “me quieras más”.

Fuimos abrazados a la angustia de un presagio

por la noche de un camino sin salida;

pálidos despojos de un naufragio

sacudidos por las olas del amor y de la vida.

Fuimos empujados por un viento desolado,

sombras de una sombra que volvía del pasado.

Fuimos la esperanza que no llega,

que no alcanza,

que no puede vislumbrar su tarde mansa.

Fuimos el viajero que no implora, que no reza,

que no llora; que se echó a morir.

 

Culminada la dramática escena anterior, Manzi retorna al pasado y vuelve a reflexionar sobre las causas del amor frustrado, pero con otras palabras, otras comparaciones, otras metáforas, otras imágenes; y así añade más poesía a la poesía, casi podría decirse que haciendo alarde de su inspiración.

Pero, además de eso -y como ya lo he adelantado-, insiste en su segunda versión sobre los móviles de aquella desgracia, puesto que mantiene y ratifica que se debe a fuerzas superiores y ajenas a su voluntad. Entonces, reitera su contradicción con sus primeros dichos, dado que deja de echarse la culpa y le atribuye el fracaso al sino, al hado, a designios cósmicos irresistibles e inmodificables.

En efecto, dice que Nelly y él fueron “abrazados a la angustia de un presagio”. El “presagio” era la inviabilidad de su amor, la conciencia de que ese amor no tenía futuro. Por tanto, ese amor estaba teñido y contaminado por ese “presagio”, angustiado por ese “presagio”. Y, para que no queden dudas, agrega que se trataba de “un camino sin salida”; más aún, que fueron “por la noche de un camino sin salida”, como para que quede bien en claro que ese amor era irrealizable.

Luego añade que Nelly y él habían sido víctimas de una catástrofe, de un desastre, de “un naufragio”. Su relación naufragó, y ellos no fueron más que los “pálidos despojos” (¡que soberbia expresión!) de ese “naufragio”, que los dejó al garete, a merced de elementos naturales contra los cuales ellos no habían podido hacer nada (como la “lluvia” y “la nieve”). Habían sido, según esta nueva y distinta explicación de Homero, sólo títeres de circunstancias indomables, librados a su suerte sin poder torcer un final prefijado, juguetes del oleaje de un mar encrespado, el mar “del amor y de la vida”.

Y no sólo fueron “sacudidos” por ese mar, sino, además, “empujados” por el “viento” (nuevamente, con “las olas” y el “viento”, Manzi compara los avatares de su relación con Nelly con elementos de la Naturaleza contra los cuales es imposible luchar); y no cualquier “viento”, sino “un viento desolado” (como desolada fue su historia de amor). Y agrega que Nelly y él fueron “sombras”; más aún, “sombras de una sombra que volvía del pasado”. Bellísima expresión poética, aunque yo no alcanzo a comprenderla racionalmente.

Reitero, entonces, que aquí Homero desarrolla y profundiza la visión distinta de los hechos que ya había anticipado con la metáfora del “viajero”: deja de lado su mea culpa, ya no se hace cargo de que no podía o no quería abandonar a su esposa por la sufrida Nelly, y le adjudica la inviabilidad de un final feliz a un destino adverso e invencible.

Finalmente, repite lo de “la esperanza” y lo del “viajero”, para culminar un poema memorable.

 

SUS OJOS SE CERRARON

Sus ojos se cerraron, y el mundo sigue andando.

Su boca, que era mía, ya no me besa más.

Se apagaron los ecos de su reír sonoro,

y es cruel este silencio que me hace tanto mal.

Fue mía la piadosa dulzura de sus manos,

que dieron a mis penas caricias de bondad.

Y ahora que la evoco, hundido en mi quebranto,

las lágrimas trenzadas se niegan a brotar,

y no tengo el consuelo de poder llorar.

¿Por qué sus alas, tan cruel, quebró la Vida?

¿Por qué esta mueca siniestra de la Suerte?

Quise abrigarla, y más pudo la muerte.

¡Cómo me duele y se ahonda mi herida!

Yo sé que ahora vendrán caras extrañas

con su limosna de alivio a mi tormento.

¡Todo es mentira, mentira es el lamento,

hoy está solo mi corazón!

Como perros de presa, las penas traicioneras,

celando mi cariño, galopaban detrás;

y escondida en las aguas de su mirada buena,

la Suerte, agazapada, marcaba su compás.

En vano yo alentaba, febril, una esperanza.

Clavó en mi carne viva sus garras el dolor.

Y mientras en las calles, en loca algarabía,

el carnaval del mundo gozaba y se reía,

burlándose, el Destino me robó su amor.

 

Música: Carlos Gardel. Letra: Alfredo Le Pera. Escrito en 1935.     

COMENTARIO

Ya he hablado de Alfredo Le Pera en el análisis de Volvió una noche. Ahora diré algo de Carlos Gardel, el autor de las melodías que acompañan las extraordinarias letras de Le Pera. En concreto, me voy a referir a la excelente interpretación que hace Gardel de Sus ojos se cerraron en la película El día que me quieras.

El personaje que él representa llega su casa, donde lo esperan tres amigos -entre los cuales está el gran Tito Lusiardo, el mejor bailarín de tango que vi en mi vida-, que le anuncian que su mujer ha muerto.

Luego de ver el cuerpo sin vida de la difunta en la cama del dormitorio, y totalmente abatido por la pena, Gardel se sienta en un sillón del salón y, rodeado por sus amigos, que están de pie junto a él, comienza a cantar Sus ojos se cerraron. Desde luego, lo canta, como siempre, maravillosa e insuperablemente; pero, además, lo actúa de una forma notable, pues, mientras canta, sus posturas, sus gestos y sus expresiones transmiten un dolor infinito.

Es un magnífico desempeño de Gardel como actor, rubro en el que generalmente no se destacaba. Pero, en este caso, sí; y su estupenda labor dramática resalta aún más si se tiene en cuenta que la lleva a cabo al mismo tiempo que canta.

Sus ojos se cerraron, y el mundo sigue andando.

Lo primero que cabe admirar de este primer verso de Sus ojos se cerraron es, justamente, el empleo de esa frase para decir que alguien se murió; es poesía en estado puro.

Por otra parte, “Sus ojos se cerraron, y el mundo sigue andando” es otro prodigio más, propio de las grandes letras de tango, de síntesis y concisión. Sólo un genio como Le Pera pudo haber expresado cabalmente, con apenas nueve palabras, lo que siente alguien a quien se le ha muerto un ser amado.

En efecto, el devastado viudo experimenta y comprende algo terrible: que su inmensa pena contrasta con la ignorancia o la indiferencia de la gente, del “mundo”. Para él, “el mundo” debería detenerse y solidarizarse. Pero no, “el mundo sigue andando”; es decir, los demás siguen en lo suyo, no saben de su infinito pesar y, probablemente, si lo supieran, no les importaría.

El pobre hombre no sólo está destrozado; también siente que está solo con su congoja y su desconsuelo -pese a la presencia de los buenos amigos que lo acompañan en ese momento-, ya que, mientras él vive una tragedia irreparable, “el mundo” sigue imperturbablemente su curso. Mientras él sufre una indecible tortura moral, se da cuenta de que su drama personal no existe para la sociedad; mientras su vida pierde sentido abruptamente, los otros continúan con sus ocupaciones y trajines, totalmente ajenos a su padecimiento terminal.

Su boca, que era mía, ya no me besa más.

Se apagaron los ecos de su reír sonoro,

y es cruel este silencio que me hace tanto mal.

Fue mía la piadosa dulzura de sus manos,

que dieron a mis penas caricias de bondad.

Ahora, el protagonista, abrumado por la tristeza, enumera lo que tenía y ha perdido: la boca de ella ya no volverá a besarlo; ya no oirá su risa, ahora hay silencio, porque “los ecos de su reír sonoro” se han apagado para siempre.

La frase siguiente es perfecta: ella lo había acariciado con manos dulces y piadosas, con manos bondadosas, llenas de amor, que mitigaban las penas de él. Esas manos ya nunca más lo tocarán.

                                  

Y ahora que la evoco, hundido en mi quebranto,

las lágrimas trenzadas se niegan a brotar,

y no tengo el consuelo de poder llorar.

Para colmo de males, “hundido en” su “quebranto” -bellísima expresión-, el hombre no puede llorar. Suele ocurrir, vaya uno a saber por qué. Llorar puede dar algo de alivio, de desahogo, de catarsis. Pero él no puede llorar. Claro que Le Pera no dice que “no puede llorar”, sino que “las lágrimas trenzadas se niegan a brotar”; sus lágrimas no surgen, no salen, no fluyen, sino que están “trenzadas” (retenidas, enroscadas, atascadas) dentro de él.

 

¿Por qué sus alas, tan cruel, quebró la Vida?

¿Por qué esta mueca siniestra de la Suerte?

Quise abrigarla, y más pudo la muerte.

¡Cómo me duele y se ahonda mi herida!

 

En medio de su atroz consternación, el hombre se pregunta por qué ha sucedido esto. ¿Por qué la mujer que amaba y lo amaba ha muerto?; ¿qué razón hay que lo explique o lo justifique?; ¿por qué le ha tocado a él semejante desgracia? ¿Por qué “la Vida” o “la Suerte” -o Dios, o el Destino, o el Azar, o sea cual fuere aquel poder superior que supuestamente rige nuestras existencias- ha tomado esa decisión tan cruel e injusta?; ¿por qué esa potestad que dispone sobre los asuntos humanos juega así con nosotros?; ¿por qué ha determinado, sin misericordia alguna, la muerte de su mujer?; ¿por qué aniquila nuestra felicidad sin motivo alguno?

El hombre se formula estos angustiosos interrogantes sin respuestas de una forma poéticamente espléndida: “¿Por qué sus alas, tan cruel, quebró la Vida?”. ¿Ya dije que Le Pera era un poeta soberbio, no? “Quebró” “sus alas” es una metáfora alucinante. Podríamos suponer, incluso, que su  mujer “tenía” alas porque era como un ángel, un alma elevada que “volaba”.

Inmediatamente, el autor nos regala otra alegoría impresionante: dice, a través del narrador, que la muerte de la mujer de éste ha sido obra de una “mueca siniestra de la Suerte”. El empleo del sustantivo mueca es una perla literaria (también lo usa en Volvió una noche: “con una mueca de mujer vencida”). Y, además, calificar a la “mueca” “de la Suerte” de “siniestra” importa una adjetivación de alta inspiración. “Mueca siniestra de la Suerte”, ¡una genialidad!

Las dos líneas siguientes no tienen mucho material para el análisis, sólo complementan correctamente a las anteriores, así que no hay mucho para decir sobre ellas.

Yo sé que ahora vendrán caras extrañas

con su limosna de alivio a mi tormento.

¡Todo es mentira, mentira es el lamento,

hoy está solo mi corazón!

Ahora el poeta vuelve a deslumbrarnos y, de paso, a demostrarnos también su capacidad de observación de los hombres y de las relaciones humanas.

¿Quién no ha sentido lo que aquí dice Le Pera cuando, en el velatorio de un ser querido, se le acercan personas desconocidas o vagamente conocidas para darle sus condolencias? ¿Y quién que tenga algo de sensibilidad no ha presenciado con desagrado que, pasado cierto tiempo de iniciado un velatorio, los concurrentes, luego de mantener la compostura y fingir tristeza durante un rato, pierden el recato, y charlan y se ríen como si estuvieran en una reunión social? A mí eso siempre me ha chocado muchísimo, y por eso detesto los velatorios; de hecho, pienso disponer que cuando me muera no me velen.

Le Pera logra exponer estas impresiones con su asombroso poder de síntesis y de una forma poética superior. Así, el desconsolado e inconsolable viudo no dice que sabe que se le acercarán personas que no conoce, dice que “vendrán caras extrañas”. Y tampoco dice que esas “caras extrañas” le darán un pésame simulado para cumplir con un rito social; no, dice que le darán una “limosna de alivio a su tormento”; una inigualable manera de transmitir ese disgusto.

Va de suyo que las “caras extrañas” -que, por cierto, también forman parte del “mundo” que “sigue andando”- no lo ayudarán, no compartirán su dolor, no se apenarán por su sufrimiento, no sentirán compasión -o sea, no padecerán junto con él-, sino que, para comportarse de un modo política y socialmente correcto, actuarán por un rato una aflicción que no sienten y lo confortarán sólo externa y formalmente. O sea, le darán un alguito, un pequeño gesto vacío de contenido, una mínima dádiva, como una moneda que se le da a un mendigo, más, quizás, para calmar la conciencia, que por apiadarse de su situación; es sólo un mero trámite que hay que cumplir. Para darle una “limosna de alivio” al “tormento” del deudo, mejor sería que no fueran.

El protagonista de este drama tiene muy en claro todo esto, y no se guarda de decir que esos lamentos de ocasión no son sinceros, son mentira, son falsos, por lo cual, en verdad, él siente -y lo dice- que está solo, pavorosamente solo, con su inmenso dolor. O, mejor dicho, su “corazón” está así de solo.

Como perros de presa, las penas traicioneras,

celando mi cariño, galopaban detrás;

y escondida en las aguas de su mirada buena,

la Suerte, agazapada, marcaba su compás.

En vano yo alentaba, febril, una esperanza.

Clavó en mi carne viva sus garras el dolor.

 

Aquí el hombre rememora la época anterior a la muerte de su mujer. La primera parte de este fragmento -que no es lo que más me gusta de Sus ojos se cerraron-, la que va desde “Como perros de presa” hasta “galopaban detrás”, no es de fácil comprensión; al menos, yo no capto del todo su significado.

Pero luego viene una muy lograda figura -“las aguas de su mirada buena”-, que, aparentemente, se refiere a su mujer, y que, tal vez, aluda al llanto de ella o, quizás, sólo a “su mirada”, que no sólo era “buena”, sino, también, como el agua, limpia, pura, transparente. Es sólo una conjetura, ya que tampoco esta frase es sencilla de entender. 

A renglón seguido, el relator menciona nuevamente a “la Suerte” como una entidad sobrenatural o sobrehumana que desencadenó su desdicha (que sería lo mismo que lo que yo antes he llamado “el Azar”), que, dice, en una feliz expresión poética, “agazapada, marcaba su compás”.

Posteriormente, señala que él “alentaba, febril, una esperanza”, de lo que podría inferirse que su mujer padecía una enfermedad muy grave. Por último, “Clavó en mi carne viva sus garras el dolor” es una muy buena imagen, que indica, con un parangón físico, la magnitud de ese dolor, y apunta al desvanecimiento de aquella “esperanza”.

Y mientras en las calles, en loca algarabía,

el carnaval del mundo gozaba y se reía,

burlándose, el Destino me robó su amor.

 

Acá, volvemos al inicio de la letra. Ahora el “mundo” no sólo “sigue andando”, no sólo es ajeno e indiferente al desgarro interior del narrador; no, ahora es peor, porque mientras él sufre su pérdida irreparable, su angustia y su enorme soledad, los otros, en las calles, están contentos, festejan “en loca algarabía”, ríen, gozan, celebran la vida, están como en carnaval, en un contrapunto con la muerte que resulta lacerante e insoportable.

Finalmente, en la última línea del poema, el hombre vuelve a quejarse de esa fuerza suprema que ha decidido fría e impiadosamente la muerte de su mujer. Pero si antes habló de “la Vida” y de “la Suerte” -a las que yo agregué, como términos más o menos equivalentes, a Dios, al Destino y al Azar-, ahora carga la culpa de su tragedia y de su infelicidad al “Destino”   -confirmando mi presunción sobre la intercambiabilidad de esos poderes personificados-, que con maldad y premeditación le “robó su amor” y, para colmo de males, lo hizo como una burla.

Martín López Olaciregui

CRÍTICA A LA FILOSOFÍA

Antes de abordar el tema del título, debo aclarar que no me estoy refiriendo a toda la filosofía, sino a dos de sus principales ramas, la metafísica u ontología y la gnoseología o teoría del conocimiento, de modo que mi crítica no alcanzará a otras partes de ella, como, por ejemplo, la lógica, la ética, la filosofía de la vida y las filosofías de las ciencias; y tampoco, por cierto, a todos los filósofos de la historia.

Hecha esta salvedad, cabe recordar que la filosofía occidental surgió en la Grecia antigua hacia el siglo VI a.C., cuando los primeros filósofos griegos, los llamados “presocráticos” -es decir, anteriores a Sócrates-, se propusieron desentrañar los grandes misterios del universo y la existencia prescindiendo de las explicaciones inventadas por las religiones y usando solamente su razón. Por ende, de acuerdo con este nacimiento histórico, la filosofía debe ser, por esencia y definición, un saber estrictamente racional.

Pero hete aquí que ya varios de aquellos primeros filósofos desvirtuaron esa identidad original, dado que, lejos de emplear únicamente su inteligencia, apelaron generosamente a su imaginación, con lo cual no se diferenciaron demasiado de las religiones y, además, también como las religiones, buscaron las respuestas a las grandes incógnitas en entes superiores al hombre, “creando”, así, nuevos “dioses”, ya no religiosos, sino “filosóficos”, cuya existencia era tan indemostrable como la de aquéllos. Al respecto, Werner Jaeger dice que “La especulación filosófica con que los griegos aspiraron constantemente a adueñarse de la totalidad de la existencia llevó a cabo una función verdaderamente religiosa, dando origen a una peculiar religión del intelecto”.

Veamos algunos casos. Anaximandro proclamó que había un ser supremo, espacialmente infinito y eterno, al que llamó el “Ápeiron”, creador y gobernador del universo. Anaxágoras dijo que todos los entes naturales estaban compuestos por un número infinito de pequeñas partículas invisibles e infinitamente divisibles, a las que denominó “semillas”, que antes de la formación del cosmos se hallaban mezcladas caóticamente, hasta que un ser perfecto, el “Nous”, las organizó y, de esa manera, generó el universo. Pitágoras creía en el alma humana y en su reencarnación. Jenófanes y Heráclito afirmaron que había un dios único que era pura inteligencia, espacialmente infinito, eterno e inmutable, creador del universo. Parménides observó que todo lo que creemos que es (existe) parece cambiar permanentemente, pero, como lo que cambia no puede ser (existir) -porque antes sería una cosa, ahora otra y después otra-, aseguró que todo eso que percibimos como cambiante no es (no existe), es sólo un engaño de nuestros sentidos; en otras palabras, para Parménides la realidad no existe. De allí saltó a otra conclusión: así las cosas, debe haber algo que no cambie y, por tanto, sí sea (exista). A ese algo lo llamó redondamente el “Ser”, y dijo que era, además de inmutable, único y eterno, atribuyéndole así perfecciones muy similares a las de los dioses de los monoteísmos religiosos. Jaeger dice que “Lo que hizo Parménides fue tomar la forma religiosa de expresión y trasponerla a la esfera de la filosofía”.

Con total acierto, Aristóteles criticó a Parménides y a sus seguidores (Zenón de Elea y Meliso) por haber sostenido que sólo se puede llegar a la verdad por medio del pensamiento, rechazando la validez del conocimiento a través de los sentidos. Al respecto, señaló que “Algunos, pues, y por estas razones, así se han expresado acerca de la verdad. Pero si, considerando los razonamientos, éstas parecen ser las consecuencias que resultan, considerando los hechos, el opinar de esta manera parece ser semejante a la locura”.

Platón fue otro gran autor de ficción. Brillante y prolífico escritor, pero muy poco auténtico filósofo, aunque sea considerado como uno de los más grandes. Entre otras cosas, Platón -que también creía en el alma humana y en su reencarnación- afirmó que las ideas o conceptos (por ejemplo, la idea o concepto de “árbol”) no son un producto de nuestra mente, sino que existen realmente, fuera de ella, en otro mundo, un mundo superior por el que pasan las almas de los hombres cuando mueren, y donde conocen a las ideas, a las que llevan consigo cuando vuelven, reencarnadas, a este mundo. Esta fantasmagórica concepción, conocida como la “Teoría de las Ideas”, es, a todas luces, incomprobable, como también lo son la existencia del alma y la reencarnación. También fue Aristóteles el encargado de impugnarla cuando aseveró que Platón había duplicado innecesariamente el mundo, que no había forma de probar la existencia real de las ideas, que “La única verdad es la realidad”, y que amaba mucho a Platón, pero más amaba a la verdad.

Pues bien, estas desviaciones del propósito inicial de la filosofía se han reiterado a lo largo de su historia, ya que son muchos los filósofos de todos los tiempos que pergeñaron doctrinas tan ilusorias como racionalmente indemostrables, olvidando así estas atinadas palabras de Immanuel Kant: “La razón humana tiene el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por su propia naturaleza, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan sus facultades”. Lástima que esta sabia reflexión no le impidió ser un gran fabulador.

En similar sentido, Carlos Pedro Blaquier ha señalado que “El hombre es incapaz de lo definitivo. Sólo podemos lograr respuestas transitorias. Esto pone de manifiesto el carácter esencialmente menesteroso del espíritu humano. Por eso la filosofía, como saber apodíctico, y por lo tanto definitivo, es una misión imposible”. Y, según Jorge Luis Borges, la filosofía es un “conjunto de dudas, de vacilaciones (…) ¿Cómo va a ser (…) un conocimiento claro y preciso?; es el conocimiento de una serie de dudas”.

Sin embargo, lejos de arredrarse ante la limitación del intelecto, filósofos de gran renombre de distintas épocas postularon respuestas a las inquietudes más profundas del hombre a las que presentaron dogmáticamente como verdades irrefutables, pese a la notoria imposibilidad de probarlas. Se trata, entonces, de teorías que tienen de construcción racional sólo su apariencia, ya que, en el mejor de los casos, no pasan de ser meras conjeturas gratuitas y, en el peor, lisa y llanamente invenciones, cuyo único fundamento es el “perche me piache”, y que, por lo absurdas y fantasiosas, producen estupor, desencanto y hastío. Como también dijo Borges, la filosofía y la teología son las expresiones más notables de la literatura fantástica.

Veamos algunos ejemplos de lo que vengo diciendo en la filosofía moderna. En el siglo XVII, a René Descartes se le ocurrió iniciar una nueva filosofía a partir de dudar de todo. Por empezar, de toda la filosofía anterior a él, porque no lo convencía. Y, no contento con eso, también de su propia existencia y de la del resto de la realidad, porque, dijo, ni los sentidos ni la razón pueden asegurarnos que lo que supuestamente conocemos a través de ellos exista. Los sentidos, porque muchas veces nos engañan; la razón, porque hay todo tipo de opiniones, y porque quizás haya un “genio maligno” que nos induce a creer que la existencia de la realidad es algo evidente, cuando, en verdad, no lo es. Y aquí tenemos el primer despropósito de Descartes, puesto que este argumento del genio maligno es francamente ridículo.

Luego buscó algo de lo que no pudiera dudar. Lo encontró, y lo plasmó en una frase en latín que se hizo célebre: “Cogito, ergo sum”, que se traduce como “Pienso, luego existo”. En efecto, llegó a la conclusión de que lo único indudable era que estaba pensando; y si pensaba, también era indudable que existía. Hasta aquí, todo bien. Pero luego, partiendo de esa primera certeza indiscutible, se las ingenió para deducir de ella, con total arbitrariedad y argumentos forzados, la existencia del alma humana, la de la realidad externa a él y hasta la de Dios. En cuanto a esto último, copió el “argumento ontológico” de san Anselmo, según el cual si puedo pensar en un ser perfecto, dicho ser tiene que existir, algo que es obviamente falso (yo puedo pensar, por ejemplo, en un ser mitológico como el Minotauro, mitad hombre y mitad toro, y no por eso dicho ser existe). Respecto de la realidad externa al sujeto, Descartes sostuvo esta “prueba” increíblemente pueril: como Dios es perfecto e infinitamente bueno, no puede engañarnos ni permitir que nuestros sentidos nos engañen. Y, por si todo esto fuera poco, declaró, muy suelto de cuerpo, que la unión entre el cuerpo y el alma estaba situada exactamente en la glándula pineal; de no creer. Y este hombre es considerado el padre de la filosofía moderna y del racionalismo filosófico. En fin.

En el siglo XVIII, el ya nombrado Kant, también tenido como un gran genio, sostuvo que nuestros sentidos no nos muestran la verdadera realidad, sino lo que él llamó “fenómenos”, que son lo único que conocemos y el resultado de una acción conjunta de nuestros sentidos y de nuestra mente mediante la cual el “sujeto” que conoce (el hombre) “construye” o “configura” el objeto de su conocimiento (los fenómenos)     -poniendo fuera de él, entre otros elementos, el espacio y el tiempo- sobre la base de algo que sí existe realmente pero es imposible de conocer, a lo que llamó “cosa en sí” o “noúmeno”. Algo de verdad hay en todo esto (es cierto que no podemos saber si la realidad es tal como la percibimos los hombres), pero la especulación de Kant es inverificable. Su contemporáneo Johann Herder dijo que la principal obra de Kant, la Crítica de la razón pura, era una “palabrería tan vana como oscura”.

Pero aún falta lo mejor en materia de delirios filosóficos: los elaborados en los siglos XVIII y XIX por los alemanes Johann Gottlieb Fichte, Friedrich Wilhelm Joseph Schelling y Georg Wilhelm Friedrich Hegel, consagrados como verdaderas eminencias de la filosofía; sobre todo, Hegel.

Fichte y Schelling adoptaron básicamente la doctrina de Kant, pero rechazaron la existencia real de la cosa en sí o noúmeno, porque estimaron que era sólo un concepto, una idea. Consecuentemente, sólo quedaron el sujeto que construye o configura el objeto de su conocimiento y el objeto así construido o configurado, no respaldado por nada realmente existente en forma independiente del sujeto. A ese sujeto Fichte y Schelling lo denominaron “yo” o “espíritu” y lo declararon absoluto e infinito.

Hegel, por su parte, sostuvo que el sujeto y el objeto producido o creado por él eran lo mismo; o sea, que el objeto se identificaba con el yo o espíritu del que habían hablado Fichte y Schelling. A ese yo o espíritu Hegel lo llamó “espíritu”, “idea” o “razón”. En consecuencia, según él, la realidad era eso: espíritu, idea o razón. De ahí una recordada frase suya: “Todo lo real es racional y todo lo racional es real”. Por otra parte, el espíritu, idea o razón estaba en un constante despliegue o desarrollo de sí mismo, en una permanente evolución “dialéctica”, que se realizaba mediante la “tesis”, la “antítesis” y la “síntesis” (aunque Hegel no usó esos términos). ¿Qué quiso decir Hegel con esta elucubración que carece de todo significado inteligible? Sólo él y Dios lo saben; o, tal vez, ninguno de los dos.

Sin duda, puestos a inventar y a imaginar, estos filósofos eran insuperables; grandes genios, sí, pero de la ciencia ficción y de la literatura fantástica. Dietrich Schwanitz califica de “novela” a la obra principal de Hegel, la Fenomenología del espíritu. Y Arthur Schopenhauer, contemporáneo de Hegel, despotricaba violentamente contra él y contra sus dislates.

Blaquier señala que “En el Idealismo alemán, cada filósofo, cada filosofillo, teorizó a su gusto sobre el modo de desarrollarse el absoluto del que partía, y se perdieron en sutilezas sin base real alguna, lo que provocó el descrédito de la filosofía. La ciencia miró a la filosofía con desconfianza y hasta con ironía por tratarse de elaboraciones intelectuales que no estaban basadas en datos de la experiencia”.

Que todos estos tipos, desde Descartes hasta Hegel, sean apreciados como grandes pensadores, parece un chiste, y pone de manifiesto que los filósofos y los expertos en filosofía que convalidan tal cosa están completamente locos.

Veamos, por último, el caso de Karl Marx. En el siglo XIX, Marx tomó la teoría de Hegel para construir lo que él denominó “materialismo histórico”, en el cual aplicó la dialéctica hegeliana a lo material y a la historia. Desde ese punto de partida, profetizó la muerte final del capitalismo y su reemplazo primero por la dictadura del proletariado y luego por la sociedad sin clases, una especie de paraíso terrenal donde reinarán la igualdad y la solidaridad. No puede haber tal paraíso mientras haya hombres en él (aunque quizás podríamos exceptuar de esta afirmación a los países escandinavos, que, por cierto, no llegaron a ser lo que son mediante el proceso descripto por Marx), pero Marx presentó este ideal como una doctrina científica. Otro chiflado.

En definitiva, la filosofía está siempre parada en el borde del precipicio en el que moran el divague, el desvarío y el disparate; y muchas veces, como hemos visto, da un paso al frente.

Ahora bien, como dije al inicio de este trabajo, mi crítica no alcanza ni a todas las ramas de la filosofía, ni a todos los filósofos. Por tanto, sigo disfrutando y admirando a hombres como Sócrates, Aristóteles, Demócrito, Protágoras, Epicuro, Schopenhauer y David Hume, entre muchos otros, sobre todo por sus reflexiones sobre aquellas partes de la filosofía que considero valiosas y útiles.

Ello así, porque hay en estos hombres algo totalmente ausente en los anteriores: sentido común, lógica, realismo, sensatez, razonabilidad.

Sócrates se dedicó exclusivamente a la ética, porque a él las cuestiones cosmológicas y metafísicas que habían desvelado a los presocráticos no le interesaban; decía, al respecto, que sobre esos temas nada se podía saber y, por ende, nada se podía afirmar.

Aristóteles, como vimos, se apartó de las ensoñaciones de Platón, y casi todo lo que elaboró en materia de metafísica y gnoseología resulta, al menos, verosímil, lógico y posible; y digo “casi”, porque no se privó de postular una especie de entidad superior, a la que llamó el “Primer Motor Inmóvil”.

Demócrito fue el autor de una serie de geniales reflexiones políticas, sociales, éticas y de filosofía de la vida. Pondré un solo ejemplo: decía que las mujeres tenían más maldad que los hombres, y que no deben hablar; y que ser dominado por una mujer era el mayor ultraje que podía sufrir un varón (observó, sobre el particular, que hay hombres que son dueños de ciudades y esclavos de sus mujeres).

Protágoras fue el gran teórico del “relativismo”. Afirmaba que no hay verdades objetivas y absolutas, sino tan sólo subjetivas y particulares. Señaló, en tal sentido, que “Las cosas son tal como parecen a cada uno” (o sea, algo así como “Todo es según el cristal con que se lo mire”). En ese orden de ideas, sostenía que cada pueblo y cada sociedad tenían valores y creencias diferentes, y que todos eran válidos. Por ejemplo, las nociones de justicia o de belleza no eran las mismas para todo el mundo ni en todas las épocas; y tampoco el bien y el mal eran iguales en todo tiempo y lugar, ya que lo mismo que para algunas comunidades era virtuoso, para otras era aberrante, lo que se derivaba de que cada una establecía lo que era bueno y lo que era malo de acuerdo con un criterio de utilidad y conveniencia.

El gran Epicuro, al igual que Sócrates, se dedicó a la ética, y también al arte del buen vivir. Para él, si la filosofía no servía para vivir mejor, no servía para nada. Carlos García Gual acota que Epicuro consideraba que la filosofía tenía un “objetivo moral y pragmático”, y que “Toda la sabiduría teórica de sus predecesores no habría sido, a sus ojos, desde esa perspectiva moralista, más que una diversión sin conclusiones para la vida”. Y el mismo Epicuro dijo que “Vana es la palabra del filósofo que no remedia el sufrimiento del hombre. Porque así como no es útil la medicina si no suprime las enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía, si no suprime los sufrimientos del alma”.

Schopenhauer escribió un famoso y estupendo libro sobre el arte de saber vivir, Parerga y paralipómena (aunque también otro, El mundo como voluntad y representación, que es incomprensible).

Hume, finalmente, fue un hombre sensato y sincero, que no quiso ir más allá de lo que estimaba empíricamente comprobable, y que se atrevió a decir “no sé” cuando alguna cuestión le resultaba inexplicable. Además, era un individuo muy sociable y divertido, que disfrutaba de los placeres de la vida, y decía que cuando filosofaba a solas en su gabinete y discurría sobre la existencia o inexistencia de la realidad estaba convencido de lo que hacía, pero después, cuando volvía al mundo y a la sociabilidad, todo eso le parecía absurdo y sin sentido.

Martín López Olaciregui

DEL ARTE DE LA ACTUACIÓN

Desde niño me gustaron el cine y la televisión y, más adelante, el teatro (escribo esto en abril de 2017, a mis sesenta y siete años de edad, ya que nací en julio de 1949). Como todos los chicos de clase media de aquella época, veía, sobre todo, películas estadounidenses, y mis actores favoritos eran -y lo siguen siendo- Burt Lancaster y Kirk Douglas (quien, dicho sea de paso, cumplió cien años de edad en diciembre de 2016). Cuando actuaban juntos en la misma película (por ejemplo, Duelo de titanes, Siete días de mayo y El discípulo del Diablo, entre otras), mi felicidad era completa. Actualmente voy al cine y/o al teatro casi todas las semanas, y miro mucha televisión. Además, tengo una colección de películas que supera el número de trescientas, y a las que más me gustan las he visto muchas veces, sin cansarme nunca.

Me fascina el arte de la actuación, pese a que ignoro por completo cómo se adquiere (lo que me genera una gran curiosidad que nunca he podido satisfacer). Por tanto, juzgo la labor de los actores sólo a través de mi simple criterio de espectador frecuente, observador e interesado; y creo que es válido hacerlo, como también lo es apreciar una pintura, una escultura o una obra musical sin saber nada de pintura, escultura o música técnicamente hablando.

Pues bien, sobre tal base, tengo una opinión formada, de la que estoy convencido, que es ésta: los grandes actores son aquéllos que, cuando actúan, logran que no quede nada de su personalidad; es decir, los que se transforman en su personaje, los que dejan de ser ellos mismos para ser otra persona y, por ende, pierden por completo sus propios gestos, modos y formas de expresión.

Hace mucho tiempo que sostengo esta idea, pero la reafirmé y confirmé cuando, a comienzos del año 2012, fui al teatro a ver La última sesión de Freud, escrita por el autor estadounidense Mark St. Germain y protagonizada por Jorge Suárez y Luis Machín. Quedé extasiado. En primer lugar, por la obra, que me pareció excelente; en segundo, y principalmente, por la descollante, antológica y consagratoria actuación de Suárez, a quien, hasta entonces, si bien conocía por haberlo visto en teatro y televisión, tenía tan sólo por un buen actor.

La acción de La última sesión de Freud se sitúa en 1939, año de inicio de la Segunda Guerra Mundial. Sigmund Freud, a sus ochenta y tres años de edad y con un cáncer en la boca que le causa grandes sufrimientos -morirá ese mismo año por esa causa-, ha huido de Viena perseguido por los nazis por su condición de judío, y se ha trasladado a Londres, donde reside en un departamento que es a la vez su vivienda y su consultorio de psicoanalista.

El 3 de septiembre de aquel año -día en el que Inglaterra le declara la guerra a Alemania-, Freud recibe allí la visita de Clive Staples Lewis, escritor británico de cuarenta y un años, autor de El león, la bruja y el ropero -llevado al cine con el título Las crónicas de Narnia-, entre otros libros para niños y jóvenes.

En aquel encuentro (que es ficticio), el anciano y caústico Freud, personificado por Jorge Suárez, y Lewis -representado por ese otro gran actor que es Luis Machín-, entablan un diálogo brillante, erudito, picante y con buenas dosis de humor, sarcasmo e ironía, acerca de temas varios, pero, principalmente, de la cuestión de la existencia de Dios, sobre la cual los dos hombres discuten y se enfrentan, puesto que Lewis era un fervoroso creyente, y Freud, un ateo recalcitrante.

(Aquí cabe acotar que Lewis también aparece en una película extraordinaria, Tierra de sombras, encarnado por el el soberbio Anthony Hopkins, a quien acompaña Debra Winger como la escritora estadounidense Joy Gresham, el gran amor de Lewis, con quien éste se casará cincuentón y aún soltero; en este filme, Lewis, muchos años después de su supuesta entrevista con Freud, cuestiona amargamente a ese Dios en el que cree, a raíz de la muerte prematura de su amada Joy, con quien había encontrado la felicidad) .

Tanto me gustó La última sesión de Freud que la vi cuatro veces y, en la última, en noviembre de 2012, tuve el inmenso honor y el gran placer de conocer personalmente y abrazar a Jorge Suárez, que, además de un colosal actor, es una persona sumamente gentil y amable.

Suárez aparece caracterizado como su personaje: flaco (él no lo era, y debió bajar varios kilos), vestido con un traje gris, con anteojos, y con pelo y barba blancos. Pero, al margen de eso, este actor, que por entonces tenía cuarenta y nueve años de edad, “desaparece” por completo, no queda rasgo alguno de él, y en su lugar está ese Freud viejo y enfermo, con su postura ligeramente encorvada, con los temblores de sus manos, con sus dificultades para caminar, sentarse o levantarse de una silla.

Yo nunca había visto nada igual. Desde entonces, profeso una rendida admiración por Jorge Suárez, porque es, a mi juicio, un genio del arte de la actuación y el mejor actor argentino, dicho esto contra la injusta percepción de críticos y público que creen que los mejores son otros, tales como Ricardo Darín, Federico Luppi, Julio Chávez u Oscar Martínez, por poner sólo algunos ejemplos de intérpretes famosos y reconocidos. Ninguno de ellos podría haber llevado a cabo esa representación de Freud como Suárez; sin ninguna duda, Ricardo Darín no podría haberlo hecho.

Ahora bien, aunque, para mí, Jorge Suárez es el mejor, creo que no es el único que puede actuar de esa manera, ya que, detrás de él están, desde mi punto de vista, Rodrigo de la Serna, Guillermo Francella y Leonardo Sbaraglia. De la Serna supo interpretar tanto al general José de San Martín (en la película El cruce de los Andes) como al marginal de la serie televisiva El puntero, con enorme versatilidad y con las mismas cualidades que he destacado en Suárez. Francella es, a la vez, el mayor capocómico de la actualidad (para mí, el sucesor de Alberto Olmedo) y un estupendo actor dramático, como lo demostró acabadamente en películas como El secreto de sus ojos, Atraco y El clan. Y Sbaraglia ha probado en diversas oportunidades su capacidad para ponerse en la piel de individuos muy diferentes de él (como, por ejemplo, el Duarte de la película El otro hermano). Ah, me olvidaba: Juan Leyrado también es un actorazo (su trabajo teatral en El elogio de la risa es un buen testimonio de ello).

En suma, Jorge Suárez, Rodrigo de la Serna, Guillermo Francella y Leonardo Sbaraglia dejan de ser ellos mismos y pasan a ser sus personajes; son Freud, San Martín, el marginal de El puntero, Arquímedes Puccio y Duarte.

En cambio, Ricardo Darín, Federico Luppi, Julio Chávez y Oscar Martínez -que son, incuestionablemente, muy buenos actores- siempre son ellos mismos haciendo de otro. Darín, en particular, es siempre Darín (salvo, nobleza obliga, en la magnífica película Un cuento chino); su popularidad se debe mucho más a su simpatía y carisma personales que a sus dotes actorales. Y los mismo cabe decir de los otros (excepto, y otra vez nobleza obliga, Martínez en el filme Kóblic). En cuanto a Chávez, sienpre representa al mismo personaje, un sujeto malhumorado y gritón.

Con relación a las actrices, estoy seguro de que Norma Aleandro es la número uno, pero también considero, salvando las distancias, que Griselda Siciliani es fantástica, ya que en la tira televisiva Educando a Nina (2016) compone a dos hermanas gemelas (la bailantera Nina Peralta y la insufrible y malcriada concheta Mara Bruneta) con personalidades tan diametralmente opuestas que uno se olvida por completo de que ambas están interpretadas por la misma persona. Otra actriz superlativa es Alejandra Darín -a quien he visto en teatro en Tierra del Fuego, Un informe sobre la banalidad del amor (ambas del genial Mario Diament) y El hombre equivocado (en esta última pasa continuamenyte de vieja a joven y viceversa)-, que es muy superior a su hermano e infinitamente menos reconocida y apreciada. Y Marta Lubos realiza una labor impresionante personificando a María Moliner en El Diccionario.

En el plano internacional, Daniel Day Lewis fue Abraham Lincoln en la película Lincoln y el brutal jefe gánster del filme Pandillas de Nueva York, sin que en ambos casos fuera posible reconocerlo a él, ya que en Lincoln es Lincoln y en Pandillas de Nueva York es el feroz criminal. Lo mismo cabe decir de Kirk Douglas cuando se transformó en Vincent van Gogh en esa espléndida película que es Van Gogh, sed de vivir, y del ya nombrado Anthony Hopkins en la maravillosa Lo que queda del día. Respecto de las actrices extranjeras, me saco el sombrero ante la grandiosa Meryl Streep.

Martín López Olaciregui

EL REALISMO Y EL IDEALISMO FILOSÓFICOS

¿Qué son el Realismo y el Idealismo filosóficos?

Antes de empezar a responder la pregunta del título, debo advertir que se trata de un asunto extremadamente complejo, al que expondré, con fines didácticos, de una forma simplificada y “traducida” al lenguaje más sencillo posible, con los riesgos que ello conlleva en materia de filosofía.

Hecha esta necesaria salvedad, diré, entonces, que el Realismo y el Idealismo son dos posturas filosóficas divergentes sobre la realidad. Es una de las cuestiones más meneadas y controvertidas de la filosofía; en rigor, de la rama de la filosofía llamada “gnoseología” o “teoría del conocimiento”, aunque también se lo considera como un problema propio de la parte central de la filosofía, la metafísica.

Ahora bien, si de lo que se trata es de teorías disidentes sobre la realidad, sería necesario, antes de explicarlas, definir la realidad. Pero sucede que esto no es factible, porque, justamente, el Realismo y el Idealismo tienen opiniones tan disímiles sobre la realidad -hasta hay una versión del Idealismo que cuestiona su existencia-, que resulta imposible plasmar un concepto único que contenga esas visiones tan diferentes. Por tanto, ante esta dificultad insalvable, me limitaré a decir qué entiendo yo que es la realidad según el Realismo más básico y elemental, al que los filósofos llaman “ingenuo”.

De acuerdo con mi criterio, para el Realismo ingenuo la realidad es el conjunto de los seres, naturales y artificiales, que los hombres conocemos, o podríamos conocer, directa o indirectamente, mediante nuestros sentidos y/o nuestra razón; además, la realidad así entendida existe externa y objetivamente     -es decir, en forma independiente de nuestras percepciones y nuestra razón- y es tal como la conocemos, o podríamos conocer, directa o indirectamente, mediante nuestros sentidos y nuestra razón. O sea, lo que cree la inmensa mayoría de los hombres.

Antes de continuar, es necesario que haga las siguientes aclaraciones sobre lo que acabo de señalar:

a) A partir de ahora, usaré la palabra realidad con el significado que, a mi juicio, le da el Realismo ingenuo.

b) Con los términos ser o seres me he referido, y me referiré en adelante, a lo que para el Realismo ingenuo “es”; o sea, existe externa y objetivamente, y en forma independiente del sujeto humano.

c) Los seres naturales son los que pertenecen a la Naturaleza, y los artificiales, los creados por el hombre. Como ejemplo de los primeros, tenemos a los seres humanos, los animales, las plantas, los minerales, el agua, el aire, la tierra, el fuego, las montañas, los ríos, los mares, los astros, la energía, la electricidad, los átomos, las partículas subatómicas, las ondas de todo tipo, los “agujeros negros”, etcétera, etcétera. Como ejemplo de los segundos, están las casas, los edificios, las esculturas, los monumentos, las calles, los automóviles, los muebles, los utensilios, las armas, los libros, los teléfonos, las máquinas, etcétera, etcétera.

d) Puesto que he empleado el vocablo percepciones, debo advertir que el verbo percibir significa “captar por los sentidos” (decir “percibir por los sentidos” sería una redundancia). Al respecto, no está de más recordar que los sentidos humanos son, según una enumeración tradicional, la vista, el tacto, el gusto, el oído y el olfato; y que el tacto no se refiere solamente a tocar, sino, también, a sentir, es decir, a toda sensación corporal proveniente de fuera de uno mismo (por ejemplo, un golpe, el calor, el frío, el viento, etc.).

e) Si bien considero que para el Realismo ingenuo conocemos la realidad, o podríamos conocerla, directa o indirectamente, mediante nuestros sentidos y/o nuestra razón, conviene que de aquí en más dejemos de lado el conocimiento por medio de la razón y nos atengamos únicamente al conocimiento a través de los sentidos, para no complicar la exposición.

El filósofo realista ingenuo por excelencia fue Aristóteles, quien afirmó, justamente, que la realidad existe y es tal como la percibimos (es más, dijo que la realidad era la única verdad), y se ocupó de detallar de qué manera la racionalizamos a partir de nuestra percepción de ella.

Explicar qué es el Idealismo es mucho más arduo, porque hay varios tipos de Idealismo, y son considerablemente distintos. Así, hay un Idealismo, el más radical, que declara que si bien cada individuo humano puede estar seguro de que tiene percepciones de supuestos seres de la realidad, no se puede demostrar que esas percepciones hayan sido originadas por algo que exista objetiva y externamente, y en forma independiente de ellas (por eso lo de “supuestos seres”); o sea, que la existencia de la realidad no se puede probar. Otro Idealismo sostiene que los hombres no podemos conocer la verdadera y auténtica realidad, a la que llama “realidad en sí” -que existe externa y objetivamente, independientemente de nosotros-, y que lo que conocemos es sólo el “objeto” de nuestro conocimiento, que cada ser humano, como “sujeto” de ese conocimiento, “construye”, “conforma” o “configura” sobre la base de la “realidad en sí” y mediante elementos subjetivos que “pone” en ella. Otro afirma que la realidad es una producción del “yo” o “espíritu humano”. Y otro, finalmente, proclama que la realidad es “espíritu”, “idea” o “razón”. Luego me explayaré con mayor amplitud sobre cada una de estas variantes.

Todos estos Idealismos a lo que me acabo de referir pertenecen, genéricamente, al llamado Idealismo “moderno”, que surgió en el siglo XVII a partir del filósofo francés René Descartes. Moderno, pero no nuevo, porque ya entre los antiguos filósofos griegos se habían dado posiciones más o menos idealistas o cercanas al Idealismo. Veamos sólo algunos ejemplos.

El filósofo presocrático (anterior a Sócrates) Demócrito sostenía que algunas de las cualidades que los hombres percibimos como pertenecientes a los seres de la realidad están efectivamente en ellos, pero hay otras que no, que sólo están en nuestros sentidos. Los también presocráticos Parménides, Zenón de Elea y Meliso aseveraron que todos los aparentes seres de la supuesta realidad cambian permanentemente, pero si algo cambia no “es” (no existe) -porque antes fue una cosa, ahora otra y después otra-, de modo que la realidad no “es” (no existe), sino que se trata de una ilusión, de un engaño de nuestros sentidos (por eso escribí “aparentes seres” y “supuesta realidad”).

El filósofo sofista Protágoras, contemporáneo de Sócrates, opinaba que no es posible saber cómo es verdaderamente la realidad en sí, ya que de lo único que tenemos certeza es de la “impresión” que los seres de la realidad ocasionan en nuestros sentidos. Gorgias, otro filósofo sofista de la misma época, fue mucho más drástico y terminante: afirmó que nada existe; y que si algo existiera, sería imposible conocerlo; y que si existiera y fuera posible conocerlo, no se podría comunicar. Platón, en su vejez, llegó a decir que en el hombre hay algo de los seres de la realidad que percibe y, a la inversa, en esos seres hay algo del hombre que los percibe.

En la era histórica llamada “helenística”, los filósofos griegos denominados “escépticos” afirmaron cosas como éstas: que a través de nuestros sentidos no podemos conocer cómo son en sí los seres de la realidad, sino, solamente, cómo “se nos aparecen”; que, por lo tanto, no es posible asegurar nada sobre lo que está oculto detrás de esas apariencias; y que lo único que estrictamente conocemos son nuestras propias percepciones.

La génesis del Idealismo moderno. Descartes y Locke

Estas elucubraciones de los antiguos griegos no eran conocidas o no fueron tenidas en cuenta por los filósofos posteriores, de modo que hasta la aparición en escena, en el siglo XVII, del ya mencionado René Descartes, primaba en este terreno el Realismo ingenuo de Aristóteles. Pero Descartes, sin llegar a ser idealista, dio el puntapié inicial del Idealismo moderno.

A este hombre se le ocurrió iniciar una nueva filosofía a partir de dudar de todo, haciendo de esa duda un método de análisis filosófico (“la duda metódica”). Así, primero rechazó todo lo que había aprendido, toda la ciencia y toda la filosofía anteriores a él, porque no lo convencían. Y, no contento con eso, también puso en entredicho su propia existencia y la de la realidad, porque, dijo, ni los sentidos ni la razón pueden darnos la seguridad de que lo que creemos que conocemos a través de ellos exista. Los sentidos, porque muchas veces nos engañan; la razón, porque hay todo tipo de opiniones, y porque quizás haya un “genio maligno” que nos induce a aceptar que nuestra propia existencia y la de la realidad son evidentes, cuando, en verdad, no lo son (esto del “genio maligno” es francamente ridículo).

Descartes expuso estas cavilaciones de la siguiente manera en su libro Meditaciones metafísicas: Hace algún tiempo que vengo observando que desde mis primeros años he recibido por verdaderas muchas opiniones falsas que no pueden servir de fundamento sino a lo dudoso e incierto; por ello he decidido deshacerme de todos los conocimientos adquiridos hasta entonces y comenzar de nuevo la labor, a fin de establecer en las ciencias algo firme y seguro. (…) Todo lo que hasta ahora he tenido por verdadero y cierto ha llegado hasta mí por los sentidos; algunas veces he experimentado que los sentidos engañan; y como del que nos engaña una vez no debemos fiarnos, yo no debo fiarme de los sentidos. (…) Cuántas veces he soñado que estaba como ahora, vestido, sentado ante la mesa, junto al fuego, con un papel entre las manos; y, sin embargo, dormía en mi lecho. (…) No hay indicios suficientes por los que podamos distinguir netamente la vigilia del sueño. No los hay, y porque no los hay, me pregunto lleno de extrañeza, ¿será un sueño la vida? (Otro argumento falaz, porque el mismo discurso de Descartes delata que distinguía perfectamente cuándo estaba durmiendo y cuándo estaba despierto).

Aquí cabe hacer una digresión. No sólo Descartes se preguntó si la vida es un sueño; otros hicieron lo mismo, y contestaron que sí, pero no eran filósofos, sino poetas o escritores. Así, Pedro Calderón de la Barca, en su obra La vida es sueño, le hace decir a su personaje central, Segismundo, que … todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende (…). ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción (…), pues toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. Y Edgar Allan Poe afirmó que Todo lo que vemos desfilar ante nuestros ojos no es sino un sueño dentro de otro sueño. Horacio Ferrer y Luis Sierra, al hablar del género teatral llamado “grotesco”, explican que Los elementos del grotesco son tres. Uno filosófico, que está en su raíz misma y que traducimos sucintamente al decir “la vida es un perpetuo desfile de ilusiones”. Y jamás sabemos si soñamos o si vivimos, por lo cual toda verdad está siempre amenazada de ser, en lo más hondo, un espejismo.

Pero volvamos a Descartes. Luego de poner en tela de juicio su propia existencia y la de la realidad, buscó algo de lo que no pudiera dudar, para, desde esa primera certeza, iniciar una nueva ciencia y una nueva filosofía. Lo encontró, y lo plasmó en una frase en latín que se hizo célebre: “Cogito, ergo sum”, que se traduce como “Pienso, luego existo”.

En efecto, Descartes llegó a la conclusión de que lo único indudable era que estaba pensando; y si pensaba, también era indudable que existía. Y, partiendo de esa primera verdad irrefutable, se las ingenió para deducir de ella (con total arbitrariedad y razonamientos forzados) la existencia de la realidad, del alma humana y hasta de Dios (esta última, con el pueril “argumento ontológico” de san Anselmo). Con lo que, finalmente, terminó siendo realista ingenuo. Pero dejó sembrada la duda sobre la existencia de la realidad, y de esa duda nació el Idealismo moderno.

En el mismo siglo que Descartes, el filósofo inglés John Locke, aunque también era básicamente realista, dio otro paso hacia el Idealismo. Observó, como Demócrito, que percibimos distintas cualidades en los seres de la realidad, a las que clasificó en “primarias” y “secundarias”. Luego dijo que las cualidades primarias eran la extensión, la figura, el movimiento y la solidez; y las cualidades secundarias, los colores, los olores, los sonidos y los sabores. Establecido ello, sostuvo que las cualidades primarias están efectivamente en los seres de la realidad, pero las cualidades secundarias no, sino que sólo están en nuestros sentidos.

El Idealismo moderno. Berkeley y Hume

¿Qué pasó después? Carlos Pedro Blaquier dice que para Descartes … el mundo del que no puedo dudar es el mundo inmanente, es el mundo en mí, es el mundo como vivencia mía. Y aquí comienza lo que Heidegger denominó “la filosofía de la subjetividad”, que es el piso sobre el que se asienta toda la filosofía posterior a Descartes. (…) a partir de Descartes el punto de partida de la filosofía es radicalmente diferente: lo único que estoy seguro de que existe soy yo y mis pensamientos (…) por eso, después de Descartes la filosofía no tiene más remedio que partir del yo.

Y así fue nomás. Siguiendo las huellas de Descartes y de Locke, en el siglo XVIII el filósofo y obispo anglicano irlandés George Berkeley comenzó por desestimar la tesis de Locke sobre la separación de las cualidades en primarias y secundarias. Decidió que no eran diferentes y, a renglón seguido, afirmó que todas las supuestas cualidades de los aparentes seres de la presunta realidad, se las llame como se las llame, no están en ellos, sino, únicamente, en nuestros sentidos (a renglón seguido se entenderá por qué he escrito “supuestas cualidades”, “aparentes seres” y “presunta realidad”).

Luego adhirió a la certidumbre primordial de Descartes, la de su propia existencia (en palabras de Berkeley, la existencia de su “alma”). Pero, como no “compró” los argumentos de Descartes sobre la existencia de la realidad, postuló lo siguiente: cuando percibo algo, lo único que puedo asegurar es que tengo una percepción, pero no es posible demostrar que esa percepción haya sido causada u originada por un ser objetiva y externamente existente. Dicho de otra manera, según Berkeley, la existencia objetiva y externa de la realidad, en forma independiente de nuestras percepciones, no se puede probar. Por ejemplo: veo y toco una mesa; lo único que me consta es que tengo una percepción visual y una táctil de una mesa, pero no que exista externa y objetivamente una mesa que las haya ocasionado.

Por eso, Berkeley acuñó en latín una famosa frase: “Esse est percipi”, que significa “Ser es ser percibido”. Con lo que, al parecer, quiso decir que lo único evidentemente cierto es nuestra percepción de los aparentes seres de la realidad, y que éstos sólo “son” y “existen” en la medida en que los percibimos (digo “al parecer”, porque Berkeley es muy confuso y contradictorio).

No obstante, con la misma o mayor ligereza que Descartes, Berkeley aseguró que, además de su alma, también existían las demás almas humanas y Dios. De esta manera incurrió en el absurdo de objetar la existencia de seres de la realidad a los que veía y tocaba, y proclamar la existencia objetiva y externa de Dios y de las almas humanas, a quienes nunca vio ni tocó (pero claro, era obispo, no podía negar a Dios ni al alma humana).

En el mismo siglo que Berkeley, el filósofo escocés David Hume avanzó aún más. Suscribió la filosofía de aquél, pero, como no era obispo y, además, era agnóstico, no aceptó la existencia objetiva y externa de las almas humanas y de Dios.

El Idealismo moderno. Kant

Posteriormente, también en el siglo XVIII, el filósofo prusiano Immanuel Kant concibió una teoría mucho más intrincada que las de Berkeley y Hume, a la que también se considera idealista, aunque, en rigor, es una combinación de Realismo e Idealismo.

En efecto, Kant sostuvo que hay una realidad externa y objetiva que existe en forma independiente de nosotros, pero no podemos conocerla. A esta realidad incognoscible la llamó “realidad en sí” (y también, “cosa en sí” o “noúmeno”). Ello no significa que no conozcamos nada, pero lo que conocemos no es la verdadera realidad (la realidad en sí), sino una creación de nuestros sentidos y nuestra mente, que, como tal, no tiene una existencia totalmente externa, objetiva e independiente del hombre, aunque tampoco es íntegramente subjetiva, ya que esa creación se realiza sobre la base de la realidad en sí.

Kant planteó lo antedicho partiendo del “sujeto” que conoce -el individuo humano- y el “objeto” que conoce. Y dice que lo único que conocemos es ese objeto, al que el mismo sujeto “construye”, “conforma” o “configura”. Al objeto Kant lo llama también “fenómeno” (en oposición a “noúmeno”), término que etimológicamente significa “lo que se aparece”.

De allí lo dicho acerca de que esta doctrina es una mezcla de Realismo e Idealismo. En efecto, Kant era en parte realista (no realista ingenuo, por cierto), en tanto postulaba la existencia objetiva, externa e independiente del hombre de la realidad en sí; pero también era en parte idealista, al predicar la creación por el hombre del objeto de su conocimiento y su imposibilidad de conocer la realidad en sí, dado que, como sabemos, para el Realismo ingenuo la realidad no sólo existe, sino que, además, es tal como la conocemos.

¿Y cómo construye, conforma o configura el sujeto al objeto para conocerlo? Pues, según Kant, con ciertos “datos” que recibe de la realidad en sí y con una serie de elementos de su mente y de sus sentidos que “pone” fuera de sí mismo. Esos elementos son: las “formas de la sensibilidad”, que son el espacio y el tiempo; las “categorías del entendimiento” (que son “unidad”, “pluralidad”, “totalidad”, “realidad”, “negación”, “limitación”, “sustancia”, “accidentes”, “causalidad”, “comunidad o acción recíproca”, “posibilidad”, “imposibilidad”, “existencia”, “no existencia”, “necesidad” y “contingencia”); y las “ideas de la razón” (que son “alma”, “mundo” y “Dios”). Al término de este proceso, el objeto del conocimiento ha quedado construido, conformado o configurado por el sujeto. (Repárese en que, para Kant, el tiempo y el espacio no tienen una existencia externa y objetiva, sino que son aportados por el sujeto).

Lector, ¿todo esto te parece un delirio? ¿Sí? No te preocupes, a mí también. ¿Se entiende? Yo no termino de entenderlo. Además, y para colmo, Kant expuso su teoría de una manera oscura, difícil y abstrusa. Aunque, sin renegar de lo que acabo de decir, reconozco que tiene el mérito de haber instalado la idea de que no podemos saber cómo es la realidad en sí. Abundaré posteriormente sobre este punto.

El Idealismo moderno. Fichte, Schelling y Hegel

En los siglos XVIII y XIX, los filósofos alemanes Johann Gottlieb Fichte, Friedrich Wilhelm Joseph Schelling y Georg Wilhelm Friedrich Hegel concibieron nuevas teorías a las que también se las llama “idealistas” (concretamente, se habla del “Idealismo alemán”), aunque poco o nada tienen que ver con el Idealismo radical de Berkeley y Hume.

Fichte y Schelling adoptaron básicamente la filosofía de Kant, pero rechazaron la existencia externa, objetiva e independiente del sujeto de la realidad en sí, porque consideraron que era sólo un concepto, una idea. Consecuentemente, así eliminada la realidad en sí, sólo quedaron el sujeto y el objeto construido, conformado o configurado por el sujeto. Así, el sujeto pasó a ser directa y totalmente el productor o creador del objeto, es decir, de una “realidad” totalmente subjetiva. A ese sujeto Fichte y Schelling lo llamaron “yo” o “espíritu” y, no satisfechos con haberle dado semejante poder, lo declararon absoluto e infinito.

Para la misma época, Hegel desechó la distinción que habían hecho Fichte y Schelling entre el sujeto y el objeto producido o creado íntegramente por él y, consecuentemente, dijo que el objeto y el yo o espíritu imaginado por Fichte y Schelling eran lo mismo. A ese yo o espíritu Hegel lo llamó “espíritu”, “idea” o “razón”. En consecuencia, la realidad, para Hegel, es eso: espíritu, idea o razón. De ahí una recordada frase suya: Todo lo real es racional y todo lo racional es real (yo, modestamente, creo exactamente lo contrario: que todo lo real no es racional, y que todo lo racional no es real). Por otra parte, según Hegel, el espíritu, idea o razón está en un constante despliegue o desarrollo de sí mismo, en una permanente evolución “dialéctica”, que se realiza mediante la “tesis”, la “antítesis” y la “síntesis” (aunque Hegel no usó esos términos). ¿Qué quiso decir Hegel con todo esto? Sólo él y Dios lo saben; o, tal vez, ninguno de los dos.

Si Kant me resulta incomprensible, lo mismo, pero duplicado, me pasa con Fichte y Schelling y, sobre todo, con Hegel. A lo que se suma que, en cuanto a la claridad, Hegel escribía aún peor que Kant. Sin duda, puestos a inventar y a fantasear, estos filósofos alemanes eran insuperables; genios, , pero de la ciencia ficción. El escritor alemán Dietrich Schwanitz no vacila en calificar de “novela” a la obra principal de Hegel, la Fenomenología del espíritu. Y el filósofo argentino Jorge Luis García Venturini resalta que la doctrina de Hegel … está construida sobre no pocos artificios y arbitrios (…) no son pocos, más bien son multitud los que han denunciado en mayor o menor grado tales circunstancias; (…). Y a ello cabe agregar que deja bastante que desear como escritor por su oscuridad, aridez y otras notas nada edificantes. Si se le compara con Nietzsche o aun con Schelling o hasta con Kant, sale obviamente perdiendo (…) parecería que es hoy, junto con los griegos, el pensador de mayor influencia, aunque no todos lo lean y muchos, quizá, no lo entendamos plenamente. Y si no lo entendió un experto en filosofía como García Venturini, mucho menos lo voy a entender yo.

Blaquier señala que En el Idealismo alemán, cada filósofo, cada filosofillo, teorizó a su gusto sobre el modo de desarrollarse el absoluto del que partía, y se perdieron en sutilezas sin base real alguna, lo que provocó el descrédito de la filosofía. La ciencia miró a la filosofía con desconfianza y hasta con ironía por tratarse de elaboraciones intelectuales que no estaban basadas en datos de la experiencia. A diferencia de Kant, que había partido del hecho incuestionable de la fisicomatemática de Newton, los filósofos románticos del Idealismo alemán partían de un absoluto y, desde allí, desconectados de la experiencia, pretendían dar razón de todo.

Sólo resta acotar, como dato ilustrativo, que Karl Marx tomó la doctrina de Hegel para construir lo que él denominó “materialismo histórico”, en el cual aplicó la dialéctica hegeliana a lo material y a la Historia.

Encuentro claro que el Idealismo de Fichte, Schelling y Hegel no tiene parentesco alguno con el de Berkeley y Hume, ya que aquéllos no se plantearon la existencia o inexistencia de la realidad, ni afirmaron que la existencia de la realidad fuera incomprobable; y tampoco dijeron, como Kant, que la realidad en sí era incognoscible. No obstante, dado que Fichte y Schelling eliminaron la dosis de Realismo que implicaba la realidad en sí de Kant -de modo tal que la realidad pasó a ser una producción exclusiva del sujeto-, y que Hegel declaró que la realidad es puramente racional, los filósofos e historiadores de la filosofía dicen que se trata de un Idealismo absoluto (sin duda, es absoluto: un disparate absoluto).

Sin perjuicio de lo antedicho, es dable destacar que de Descartes a Hegel hay un hilo conductor que va enhebrando o encadenando a los distintos Idealismos. En efecto: Berkeley tomó de Descartes la certeza de la existencia de sí mismo, pero declaró indemostrable la existencia de la realidad; Hume coincidió con Berkeley en este punto; Kant partió de Berkeley y Hume para afirmar que la realidad en sí es incognoscible; Fichte y Schelling aceptaron la teoría de Kant, menos la existencia de la realidad en sí, y proclamaron al sujeto (yo o espíritu) como productor exclusivo del objeto; y Hegel, tras los pasos de Fichte y Schelling, llamó espíritu, idea o razón al yo o espíritu de aquéllos, y lo identificó con el objeto.

Mi opinión

Finalizada esta sencilla, breve y aventurada exposición histórica sobre el Realismo y el Idealismo, me voy a tomar el atrevimiento de verter algunas reflexiones propias sobre estos áridos intríngulis.

Por empezar, yo no puedo aceptar que la realidad no exista, ni que su existencia no se pueda probar (aunque se diga que el argumento de Berkeley es lógicamente irrefutable). Voy a dar algunos ejemplos, tal vez algo extremos, pero, a mi juicio, eficaces, para apuntalar este aserto. Si me atropella un colectivo, si me clavan un cuchillo, si me pegan un tiro o si golpeo mi cabeza contra una pared, nada ni nadie podrá convencerme de que el colectivo, el cuchillo, la bala o la pared no existan. Mis huesos rotos, mi herida sangrante o mi cabeza machucada me corroborarán de manera incontrastable y sin sombra de duda la existencia externa, objetiva e independiente de mí de esos seres. Por eso, la sola idea de la inexistencia de la realidad me resulta inimaginable, inconcebible e impensable.

Tampoco creo en la rebuscada y fantasiosa teoría de Kant. Sin embargo, este filósofo puso sobre el tapete algo que merece ser analizado: que es lícito dudar de que los hombres conozcamos la verdadera realidad, la realidad en sí. En efecto, ¿cómo podemos saber si los seres de la realidad son como nosotros los percibimos o son distintos? Pues, resulta que no podemos saberlo, ya que lo único que podemos saber con certeza es cómo los percibimos, pero no tenemos modo alguno de saber si nuestros sentidos nos los muestran tal cual son. Quizá sean como los percibimos, quizá no.

Para entender mejor esto, recordemos que en el mundo hay otros seres con sentidos, los animales. En líneas generales, y hasta donde yo estoy enterado, no sabemos si ellos captan con sus sentidos lo mismo que los hombres con los nuestros. Sospecho, por ejemplo, que ignoramos si ven la realidad en colores o en blanco y negro, o en otros colores, o si para ellos lo que comen tiene el mismo gusto que para nosotros; aunque sí sabemos, también por ejemplo, que los perros tienen un oído y un olfato más agudos que los nuestros. Si pudiéramos saber cómo perciben la realidad cada una de las especies animales, ¿cómo sería la realidad?: ¿como la percibimos los hombres o como la perciben cada una de esas especies?; ¿o sería diferente de esas percepciones?

Incluso podría haber otros dispositivos de percepción distintos del humano y del de los animales. Supongamos que un buen día se nos aparecen seres extraterrestres. ¿Qué pasaría si ellos tuvieran otro tipo de sentidos, o más sentidos, o menos, o los mismos pero más desarrollados o menos desarrollados, y percibieran la realidad de una manera diferente de la nuestra? Si, en ese hipotético caso, nos enteráramos de que los extraterrestres perciben la realidad de un modo distinto del nuestro, cabe hacerse las mismas preguntas: ¿cómo sería la realidad?: ¿como la percibimos los hombres o como la perciben los extraterrestres?; ¿o sería distinta de ambas percepciones?

Quiero decir, en suma, que si bien no cabe dudar de la existencia de la realidad, los humanos sólo podemos saber cómo se nos presenta a nosotros “filtrada” por nuestros sentidos, pero no tenemos forma de saber si lo que nuestros sentidos nos muestran coincide con la realidad tal como verdaderamente es, con la realidad en sí, porque estamos “encerrados” dentro de nuestro aparato de percepción. Para ponerlo en términos prácticos: yo estoy absolutamente seguro de que la mesa sobre la que estoy escribiendo existe en la realidad, pero no puedo estar seguro de que sea verdaderamente como la veo y la toco.

Por otra parte, es cierto que a veces los sentidos nos engañan, como decía Descartes (lo que no quiere decir que siempre nos engañen). Por ejemplo: nos parece que el Sol se mueve alrededor de la Tierra; los espejismos nos hacen ver agua donde no la hay; vemos que las ruedas de los autos o de los carros, cuando avanzan, giran hacia atrás y, sin embargo, van hacia adelante; vemos que los aviones se mueven despacito, cuando sabemos que andan a 1000 km por hora o más; vemos el cielo azul, pero sabemos que ni es cielo ni es azul; si metemos un palo en el agua, lo vemos doblado; etcétera.

Asimismo, recordemos lo que decían Demócrito y Locke sobre las cualidades de los seres de la realidad, y preguntémonos: los colores, los olores, los sonidos y los sabores, ¿existen realmente en los seres de la realidad o sólo están en nuestros sentidos? ¿Acaso no nos parece que los seres cambian de color según sea la luz que haya? ¿Acaso no los percibimos con otro color si los vemos con anteojos negros? Hay colores que los daltónicos no pueden distinguir; ¿y si todos fuéramos daltónicos? ¿La miel es dulce, o nosotros la sentimos dulce?

Planteémonos otra duda: el tamaño. Pondré algunos ejemplos. ¿Cuál es el tamaño de un insecto, el que parece tener a simple vista o el que presenta cuando lo vemos a través de un microscopio? Vemos al Sol como una esfera no mucho más grande que una pelota de fútbol; sin embargo, sabemos que es inmenso. Las estrellas, a las que vemos como ínfimos puntos luminosos, son tanto o más grandes que el Sol (es más, algunas de las que vemos ya no existen). ¿Cuál es, entonces, el verdadero tamaño de los seres de la realidad?

Analicemos ahora qué hacemos los hombres con la realidad. No sólo la percibimos, también la pensamos. Quiero decir que la racionalizamos, la conceptualizamos, la nombramos, la definimos y la clasificamos con nuestra mente y con nuestro lenguaje. En efecto, somos nosotros quienes decimos qué es cada ser de la realidad; somos nosotros los que le ponemos un nombre a cada uno; somos nosotros quienes les damos sentidos y significados a esos seres. Decimos: esto es aire, esto es agua, esto es tierra, esto es fuego; eso es el Sol, eso es la Luna, esto es la Tierra, ésos son los planetas, ésas son las estrellas; esto es un mar, esto es un río, esto es una montaña, esto es un árbol, esto es un tigre; esto es bello y esto es feo; esto es verdadero y esto es falso; esto es bueno y esto es malo; esto huele mal y esto huele bien; etcétera.

Pero los seres de la realidad no se llaman como nosotros los llamamos, ni tienen los sentidos y significados que les atribuimos. Prácticamente construimos una segunda “realidad”, superpuesta a la realidad, a la que le hemos agregado nuestro “mundo” de ideas y conceptos o, tal vez, de meras palabras.

En la realidad sólo hay seres individuales y concretos, a los que no sólo los definimos, los nombramos y les damos sentidos y significados, sino que, además, los agrupamos mentalmente mediante una idea, concepto o palabra. Pero esa idea, concepto o palabra sólo “existe” en nuestra mente, no en la realidad (he escrito “existe” así, entre comillas, porque considero que, en un sentido estricto, sólo existen los seres de la realidad -que tienen una existencia objetiva, externa e independiente del hombre-, y no los conceptos, las ideas o los pensamientos humanos, que sólo “existen”, metafórica o analógicamente hablando, en nuestra mente; por ejemplo, ni “el mar”, ni “el tigre”, ni “el árbol”, ni “la montaña”, existen realmente).

Esto se ve más claro aún cuando se trata de nociones más abstractas. Todos creemos firmemente que existen el bien y el mal, la justicia, el amor, la belleza, la verdad, la felicidad, etcétera. Lamento tener que decir que nada de eso existe realmente, fuera de nuestra mente. ¿Cómo que no existe? Pues, no, no existe en la realidad. Pregunto: ¿dónde están el bien y el mal, la justicia, el amor, la belleza, la verdad, la felicidad, etcétera? No están en ninguna parte, no los podemos ver ni tocar, son inventos nuestros, sólo “existen” en nuestro cerebro.

Otras creaciones mentales son, por ejemplo y entre muchísimas otras, los continentes, los países y las instituciones. ¿Existe América? No, no existe realmente, es sólo un producto del intelecto y del lenguaje humano; lo que existe es una extensión de tierra a la que llamamos “América” (lo mismo vale para cualquier otro continente). ¿Existe la República Argentina? No, en la realidad solamente existe una porción de tierra a la que le ponemos un límite geográfico y en la que vive un determinado número de personas, y a eso le llamamos “República Argentina” (lo mismo pasa con cualquier otro país). ¿Existe el Congreso de la Nación? Tampoco; existe un edificio al que asisten (de vez en cuando) ciertas personas, pero “el Congreso” es sólo una idea o una palabra (como lo son todas las instituciones).

Veamos otros ejemplos de creaciones humanas mentales: ¿Existe la moneda? Por cierto que no, existen seres artificiales a los que llamamos “monedas” o “billetes”, pero “la moneda” es también un producto de la mente humana. ¿Existen, acaso, los números? No, desde luego que no.

Para entender mejor esto que vengo diciendo, hagamos el ejercicio de imaginar que la especie humana se ha extinguido por completo. Si ello sucediera, todo lo que los hombres le hemos añadido a la realidad desaparecería, y sólo quedaría la realidad “desnuda”, sin alguien que la pensara y la nombrara.

Para terminar, quiero dedicar un par de párrafos al tiempo. ¿Existe realmente el tiempo? ¿O sólo existen el cambio y el movimiento, y los hombres decidimos medirlos con algo que llamamos “tiempo”? ¿No será que el tiempo no es más que una idea, un concepto o una palabra? Nuevamente, imaginemos un mundo sin hombres: en ese mundo no habría ni segundos, ni minutos, ni horas, ni días, ni semanas, ni meses, ni años, ni siglos, ni milenios; sólo habría cambio y movimiento.

El filósofo san Agustín expresó así la perplejidad que le causaba el tiempo: ¿Qué es, entonces, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé (…) el pasado y el futuro, ¿cómo son, puesto que el pasado ya no es, y el futuro no es aún? En cuanto al presente (…). Si se concibe un elemento de tiempo que no pueda dividirse en partes de instantes, por pequeñísimas que sean, eso es lo único que puede llamarse presente. Sin embargo, tan rápidamente vuela del pasado al futuro, que no tiene la menor extensión de duración; porque si se extiende, se divide en pasado y futuro, de modo que el presente no tiene espacio alguno.

Por otra parte, repárese en que el pasado sólo “existe” en nuestra memoria, y el futuro sólo “existe” porque podemos imaginarlo. Ergo, si el hombre no tuviera memoria, no habría pasado; y si no tuviera imaginación, no habría futuro.

Para terminar con el tema del tiempo, no resistiré la tentación de citar al Martín Fierro de José Hernández. En su famosa payada con el moreno (capítulo XXX de la segunda parte), éste le pregunta a Fierro:

Si responde a esta pregunta, téngase por vencedor; doy la derecha al mejor; y respóndame al momento: ¿cuándo formó Dios el tiempo y por qué lo dividió?

Fierro le contesta:

Moreno, voy a decir, sigún mi saber alcanza: el tiempo sólo es tardanza de lo que está por venir; no tuvo nunca principio ni jamás acabará, porque el tiempo es una rueda, y rueda es eternidá; y si el hombre lo divide, sólo lo hace, en mi sentir, por saber lo que ha vivido o le resta por vivir.

Martín López Olaciregui

 

SER Y PARECER

Hace ya unos cuantos años di una conferencia sobre Alejandro Magno en el marco del ciclo de charlas sobre figuras históricas que por entonces había ideado y organizado mi amigo Beltrán Gambier bajo el nombre de “Tertulia Histórica”. En un momento dado de mi exposición, dije lo siguiente:

Como su padre, y aún más que él, Alejandro fue un verdadero genio de la guerra, de la política y del gobierno. No sólo creó un gran imperio; también supo organizarlo y administrarlo con talento y lucidez. Sus tácticas guerreras eran innovadoras y audaces, y casi nunca las repetía. Y, como buen político, era un actor consumado; casi siempre estaba representando un papel. Construyó una imagen de sí mismo para los demás con objetivos políticos, y esa imagen tapaba su verdadera personalidad. En política, nada ni nadie es exactamente lo que parece (en la vida, tampoco). (El resalto no está en el original). Posteriormente, incluí el texto de aquella disertación en el capítulo dedicado a Alejandro Magno de mi libro La Grecia antigua. Historia y filosofía al alcance de todos (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2010); en la página 66 de esa obra puede leerse el párrafo que acabo de transcribir.

Que en política nada ni nadie es exactamente lo que parece no es muy difícil de explicar. Creo que, quien más quien menos, todos sabemos, o sospechamos, que la política es, entre otras cosas, el arte de actuar y de aparentar (como lo hacía Alejandro Magno). (Cristina Fernández de Kirchner es, por ejemplo, una actriz extraordinaria). El general Perón decía que en su vida política había tenido que abrazar a personas que detestaba y maltratar a personas que quería. Casi todo es puro teatro en la política, y los políticos casi siempre mienten, fingen y simulan; de allí que casi todo lo que hacen y dicen tiene una segunda lectura, y que casi todo deba ser decodificado.

Por tanto, esta cuestión no generó dudas en el público; pero no sucedió lo mismo con lo que yo había dicho a continuación -y luego escrito entre paréntesis-, esto es, que también en la vida nada ni nadie es exactamente lo que parece. Fue por eso que al finalizar mi disertación Beltrán Gambier me preguntó qué había querido decir. Yo no supe qué responderle, y salí del paso con unas pocas palabras de ocasión, porque, la verdad sea dicha, ese agregado lo había hecho más intuitivamente que como consecuencia de una reflexión razonada. Aparte de la vergüenza por no haber sabido contestar la pregunta, me quedó la inquietud y la necesidad de tener una respuesta apropiada para el requerimiento de mi amigo.

Por ende, me propuse buscar fundamentos racionales para lo que había afirmado intuitivamente. Lo primero que se me ocurrió en esa búsqueda fue que todos los seres humanos tenemos, por lo menos, dos personalidades: una verdadera y auténtica, y otra “social”.

En efecto, el hecho de que vivamos en sociedad implica, inevitablemente, que adoptemos, impostemos y mostremos una personalidad que no es exactamente igual a nuestra auténtica y verdadera forma de ser; en el mejor de los casos, será esa misma personalidad auténtica y verdadera, pero convenientemente adecuada a nuestra relación con las demás personas.

En este orden de ideas, considérese, por ejemplo, que si todos dijéramos siempre todo lo que pensamos la convivencia social sería imposible. Solo Robinson Crusoe podía ser absolutamente él mismo sin tener desagradables consecuencias (al menos, hasta que apareció Viernes). Los demás mortales, los que vivimos en sociedad, casi siempre actuamos, fingimos, mentimos, callamos, ocultamos o disimulamos (y, también casi siempre, sin siquiera darnos cuenta). No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que al cabo de un día no haya mentido con razón muchas veces, escribió Jorge Luis Borges en Fragmentos de un Evangelio apócrifo.

Y hacemos eso por razones varias. Una de las más comunes es que todos, o casi todos, deseamos que nos quieran, nos aprueben, nos consideren, nos respeten, nos valoren, nos incluyan; queremos agradar a los demás y ser amados por ellos, como expresamente lo confiesa el Leonard Zelig inventado e interpretado por el genial Woody Allen en su película Zelig. También sabemos que decir ciertas cosas no nos conviene, y expresar o aparentar otras, sí. Asimismo, es bastante común que las buenas personas digamos mentiras piadosas; por ejemplo, una amiga me pregunta si me gusta su nuevo peinado o su nuevo vestido, y a mí no me gusta, pero le diré que sí para no hacerla sentir mal. Y así, existen diversos motivos para que callemos lo que pensamos, finjamos no sentir lo que sentimos o no digamos exactamente lo que opinamos. O mostremos lo que creemos que es lo mejor de nosotros y ocultemos lo que creemos que es lo peor (por ejemplo, en una primera cita romántica entre un hombre y una mujer).

Lo cierto es que todos, en mayor o menor medida, desempeñamos un papel y creamos un personaje ante nuestros semejantes. Ya que -como queda dicho- si así no fuera no podríamos vivir en sociedad, el hecho de que todos tengamos una personalidad verdadera y auténtica y otra construida para los demás es normal y aceptable, pero siempre y cuando la diferencia entre una y otra no sea demasiado grande. Si lo es, seguramente estaremos ante una patología psíquica.

Ahora bien, saber qué es lo nuestro auténtico y qué es lo impuesto por la necesidad de la convivencia social no es para nada sencillo. Por eso los griegos antiguos tenían entre sus principales máximas de filosofía de la vida la que reza “Conócete a ti mismo”. Esta frase, atribuida a uno de los Siete Sabios de Grecia, estaba inscripta en la entrada del Oráculo de Delfos y fue adoptada por Sócrates; pero, antes que él, Tales de Mileto había dicho que conocerse a sí mismo era la tarea más difícil del hombre. Leonard Zelig, el ya mencionado personaje creado y actuado por Woody Allen, tenía tanta necesidad de ser aceptado y querido por lo demás y de caerle bien a todo el mundo, que se transformaba físicamente en quienes estaban a su lado: si eran negros, él se ponía negro; si eran indios, él se volvía indio; si eran rabinos, se convertía en un rabino; y así sucesivamente. Su problema era que, de tanto asimilarse a los otros, no tenía la menor idea de quién era él auténticamente (“No sé más quién soy”, como dice la letra del tango Malevaje, de Enrique Santos Discépolo).

En momentos en que escribo estas líneas hay en cartel en la Ciudad de Buenos Aires dos obras de teatro, Perfectos desconocidos y Sin filtro, que me servirán de muy buenos ejemplos de lo que vengo diciendo. La primera es la versión teatral de una reciente película italiana que lleva el mismo título; en ella, en alguna ciudad italiana no especificada, un grupo de amigos de toda la vida, tres matrimonios y un hombre soltero, se reúnen a cenar en casa de uno de los matrimonios; son personas de clase media alta de entre treinta y pico y cincuenta años. En un momento dado de la comida, la dueña de casa pregunta a las demás parejas si guardan secretos entre ellos; obviamente, todos dicen que no. Entonces, la mujer propone un juego: que todos pongan sus teléfonos móviles (celulares) sobre la mesa con la pantalla hacia arriba y, cuando reciban un mensaje, lo muestren a los demás, o, si reciben un llamado, lo contesten y pongan el teléfono en alta voz para que todos lo escuchen. Previsiblemente, cuando los teléfonos comienzan a anunciar mensajes o a recibir llamados, se arman unos líos terribles, porque todos, incluido el soltero, ocultaban grandes, oscuros y terribles secretos; o sea, que esos amigos de toda la vida eran entre ellos unos perfectos desconocidos.

En Sin filtro se trata de un matrimonio de cincuentones, interpretados por Gabriel Goity y Carola Reyna, que recibe en su casa a un viejo amigo de su misma edad (el actor Carlos Santamaría), que se ha separado de su mujer, y trae, para presentarla, a una novia mucho más joven que él (la actriz Muni Seligmann). La originalidad de la obra consiste en que los protagonistas conversan entre sí y, al mismo tiempo, le cuentan al público lo que están pensando, pero no dicen; como no podía ser de otra manera, entre lo que dicen y lo que piensan hay enormes diferencias.

Por último, voy a incurrir nuevamente en la inmodestia de citarme a mí mismo. Hace ya muchos años salió a la luz un pequeño libro de mi autoría titulado El hombre va. Veintitrés poemas, tres reflexiones y un cuento (Biblos, Buenos Aires, 2002). En la página 42 puede encontrarse una de las reflexiones anunciadas en el título, llamada, justamente, CONÓCETE A TI MISMO, que dice así:

Qué cosa, finalmente debo admitir que no soy exactamente lo que parezco; por ende, tampoco parezco exactamente lo que soy.

Hasta aquí, no habría por qué alarmarse demasiado.

Pero ocurre que sólo tengo una idea aproximada sobre lo que parezco; y unas grandes dudas sobre lo que soy.

Si a esto le agregamos que lo que parezco se subdivide entre lo que me parezco a mí mismo y lo que le parezco a los demás, que a su vez se subdivide en lo que le parezco a cada uno de los demás, habrá que convenir en que la cosa se complica bastante.

Sobre todo teniendo en cuenta que yo mismo contribuyo a las distintas visiones de los demás actuando de manera diferente según sea la persona con la que trato (“Yo sólo soy yo cuando estoy solo”, decía un poeta español).

Además, lo que realmente soy sólo yo puedo saberlo, pero -ya lo dije- no lo sé.

Por otra parte, uno es lo que es más lo que le añaden la educación, el medio, la familia, la sociedad, la cultura, etcétera.

Y, por cierto, no soy el mismo que hace cinco, diez o quince años (ni hablar que hace cuarenta); seguramente, tampoco soy el mismo que seré en el futuro.

O sea, que yo soy lo que soy, lo agregado a lo que soy, lo que fui, lo que seré, lo que me parezco a mí mismo y lo que le parezco a cada uno de los demás.

Y también el que ahora está pensando y escribiendo esto.

La verdad, estoy algo desconcertado.

¿Cómo se hace, Sócrates?

En fin, se hace tarde, y todos nosotros tenemos que salir a vivir.    

Martín López Olaciregui